lunes, 10 de octubre de 2011

Amor a la lectora





El escritor argentino Ricardo Piglia cuenta estas dos anécdotas ante unos cientos de estudiantes entregados: a la edad de tres años, cogió un libro de la nutrida biblioteca de su abuelo y aparentó leerlo, sentado en el porche de su casa...hasta que uno de los viandantes le indicó que lo tenía al revés. Y Piglia se pregunta: "en cierto modo, ¿no es eso lo que solemos hacer, leer al revés?". Mi reflexión se dirige en otro sentido: con su actitud, Ricardo demostró una curiosa precocidad; él desarrolló a los tres años una capacidad que Bush Jr. tardó décadas en dominar.
La segunda anécdota me parece preciosa -achácalo a mi enfermizo romanticismo si quieres-. Cuenta el escritor que tenía unos 16 años cuando se interesó por una muchacha que era especialmente lectora, mientras que a él simplemente le interesaba el fútbol. Cuando ella le preguntó qué estaba leyendo él improvisó como respuesta "La peste" de Camus, que acababa de ver en un escaparate. El asunto se complicó cuando ella le pidió que se lo prestase, con lo que no tuvo más remedio que comprar el libro y leerlo en una noche para llevárselo al día siguiente.
Aquí no estamos ante un caso de amor a la lectura, sino más bien de amor a la lectora, de lectura por amor; nada extraño, si pensamos que uno de los "efectos colaterales" del hecho de leer suele ser el mejor conocimiento y comprensión de los otros y de uno mismo: al fin y al cabo, un acto de amor.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Los puentes de Madison






"Los puentes de Madison", película dirigida por Clint Eastwood, está basada en una novela corta y prescindible del escritor Robert James Waller. En muchas ocasiones, la lectura previa de una obra nos lleva directamente a la decepción al ver su transcripción a la pantalla; por el contrario, en otras -pongamos por ejemplo el caso de Alfred Hitchock- lo que vemos en el cine supera con mucho el original literario. Un ejemplo de adaptación fallida: "El amor en los tiempos del cólera", de García Márquez; otras, correctas, "Los santos inocentes" (Mario Camus) del original de Miguel Delibes, "El nombre de la rosa" (Jean Jacques Annaud) de la novela de Umberto Eco...; algunas más, correctísimas: como modelo, la película "Blade Runner" (Ridley Scott), basada en "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" de Philip K. Dick. (Juro que ese es el título de la novela). Es cierto que el lenguaje cinematográfico no es lo mismo que el literario, y que el director de cine debe partir del libro para, apoyándose en él, hacer "otra cosa".


La película citada de C. Eastwood supera con creces el original. En ella, Francesca (excelente Meryl Streep) es un ama de casa italiana, casada con un soldado estadounidense y emigrada a EE.UU. Su vida es previsible, sin sobresaltos, de días repetidos, desapasionada. Sus hijos le cambian el dial de radio en el que ella escucha sus añoradas canciones italianas. La llegada, mientras su familia se encuentra en una feria de ganado, de un fotógrafo de Nathional Geographic, Robert Kincaid (estupendo Clint Eastwood), desencadenará una tormenta en el interior de Francesca; él ofrece todo aquello que ella echa de menos: la aventura, la improvisación, el apasionamiento...

También, posiblemente, la inestabilidad.

El proceso de enamoramiento está descrito con la necesaria morosidad -los protagonistas ya no son unos adolescentes- y elegancia. Añádase a ello la visita al pueblo, uno de esos lugares en los que sus habitantes tienen como pasión única el rastreo de las vidas ajenas.

El gran inconveniente o estorbo de la película lo encuentro en la existencia de los antipáticos hijos, que no aportan nada a la narración, y que sólo sirven para rebajar el gran calado emocional de una de las escenas finales, aquella en la que Clint aguarda bajo la lluvia mientras Meryl echa mano a la manilla de la furgoneta en la que va con su marido: al introducir a los hijos en la historia, el espectador sabe ya que Meryl no se va.

No me explico que Eastwood, con lo listo que es, no corrigiera esto. Con todo, una película que considero excelente; la melodía central, muy sensible, es obra del propio Clint.

Finalmente, decir que el escritor John Steinbeck tiene un relato corto titulado "Los crisantemos" que parece claramente la inspiración de lo que años más tarde escribió Robert James Waller.


Aunque soy tan celoso de mi vida privada que no la tengo, he de confesar que la peli de la que hablo no me trae recuerdos demasiado agradables: en un desesperado intento de enmendar el cúmulo de intemperies sentimentales que azotan mi devastado corazón, durante un viaje en el tren intenté utilizar esta película con un dvd portátil, con la peregrina idea de que alguna moza, cinéfila, romántica y poco exigente, se sentase a mi lado para verla juntos y lo que surgiese (tal vez, en el paroxismo del romanticismo, comprar un queso de afuegalpitu en el Fontán). Con la fortuna que me caracteriza, a los cinco minutos - no habíamos llegado a la estación de Sandiche, mira en el "guguelmás"- se acercó el revisor del tren y, al ver el protagonista, exclamó: "¡Hostias, clinisguo!" y de allí ya no le movió ni la necesidad de picar billetes, ni una señora a quien no le dio tiempo a bajarse en la estación de Vega (más "guguelmás" pal lector), "Que coja en Trubia el tren de regreso", dijo mi acompañante sin mover el bigote, ni la pregunta de un viajero acerca de los horarios: "Pregunte al conductor, que lleva más tiempo en la empresa", le soltó sin inmutarse.


Así que llegamos a la estación de Oviedo viendo en la pantalla los títulos de crédito, y poco antes de que yo pusiese en la oficina de "Atención al viajero" la primera queja por el boicot a unos planes románticos tan elaborados.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Collage




En la vastísima mitología griega, Pigmalión esculpía obsesivamente mujeres en las que buscaba la perfección; la diosa Afrodita se apiadó de él, y a una de ellas le insufló vida. El dramaturgo irlandés Bernard Shaw se inspiró en este mito para crear su obra "Pigmalión", en la que dos amigos apuestan acerca de la posibilidad de convertir a una rústica muchacha en una refinada moza. Más tarde sería llevada al cine como musical con el título de "My fair lady", con la encantadora Audrey Hepburn.
La tendencia a modelar a la otra persona es uno de los frecuentes accidentes de tantas y tantas parejas ("parece ser que en los tríos hay más respeto democrático"). Por otra parte, el ser humano no es otra cosa que material frágil y maleable que la vida, cual Pigmalión travieso y escurridizo, moldea a su antojo, mientras aguardamos en vano la llegada de una providencial Afrodita que nos infunda el alma. En esa vana espera, acumulamos certidumbres de andar por casa, dudas magistrales, ausencias devastadoras, balsámicos olvidos, aciertos y errores, el mundo en una mirada, la vida en una presencia, el estruendo en un silencio...en una suerte de "collage": marionetas, al fin, de una obra de autor desconocido, en la que se nos escapa la figura que organiza el guiñol.


jueves, 7 de julio de 2011

Marihuana augusta








La fecha del 11 de septiembre solemos relacionarla con esas espectaculares imágenes en las que unos aviones impactaban contra las Torres Gemelas de Nueva York. Fueron publicitadas hasta la extenuación, en un ejercicio de manipulación de la conciencia colectiva encaminado a conseguir que el rebaño aceptase de forma resignada e incluso complaciente lo que vendría después: represión, cárceles clandestinas, tortura, Guantánamo, invasión de Irak... en definitiva, parodiando el título de aquella película, "Petróleo, mentiras y cintas de vídeo".

"Habitando en el olvido", que diría Cernuda, tenemos otro 11 de septiembre, mucho más sangriento: ese día, en 1973 (no nos estamos remontando a la Edad Media), Augusto Pinochet, apoyado por EE.UU., da en Chile un golpe de estado con miles de desaparecidos, asesinados (entre ellos Salvador Allende, el presidente legítimamente elegido), torturados.. y la represión posterior, instalando una dictadura muy bien recibida por las multinacionales estadounidenses.

Pues bien, encuentro en el periódico de hoy esta noticia surrealista: "Hallada una plantación de marihuana sobre la tumba de Pinochet". La realidad, una vez más, superando la ficción. Quién nos iba a decir que aquel asesino en serie, aquel loco paranoico que arrebató la vida a tantas personas y torturó a tantas otras, iba a resultar, una vez instalado en el más allá, el benéfico promotor de una fértil fábrica de sueños. Habrá quien diga que es un intento de pagar sus culpas, repartiendo un poco de felicidad entre los fumadores. Pero uno sospecha que se trata, más bien, de sembrar una nube tóxica de amnesia histórica colectiva ( como hoy aún no he fumado ningún porro, recuerdo que la amnesia es uno de los efectos nocivos que se atribuyen a la marihuana), en busca de ese olvido que tanto le gusta a la derecha, poco dada a remordimientos y a que le recuerden sus gustos musicales en cuanto a ruido de sables golpistas.


Y en eso "Spain" no "is different":


Por si acaso, permanezcamos atentos al Valle de los Caídos.

martes, 28 de junio de 2011

Lo suyo (Poema de amor)




LO SUYO


El Gran Inquisidor Rouco Varela,

azote de las almas descarriadas,

no ve bien las acampadas

ni el rock, que lo suyo es la zarzuela

de botines, talantes y peperos,

cobijándose en obsceno concordato

-alejado del utópico insensato-

a la diestra del padre, Don Dinero.

Mercader del negocio del pecado,

flagelo obstinado de conciencias,

tres veces negando al desahuciado;

compañero de viaje de Eminencias

que rezan con fervor al dios Mercado:

lo suyo -compañero- es la indecencia.



viernes, 24 de junio de 2011

Vázquez Montalbán




Manuel Vázquez Montalbán nació en Barcelona en 1939 y murió en Tailandia en el 2003. Escribió, sobre todo, novela negra - con el inspector Carvalho como protagonista- y fue un lúcido analista político. En este terreno publicó libros como "Autobiografía del general Franco", "Pasionaria y los siete enanitos", "Un polaco en la corte del rey Juan Carlos", "La aznaridad". Estoy leyendo este último, gracias a la generosidad de un amigo y, como siempre , es una delicia comprobar la lucidez, la fina ironía y la exacta escritura de Vázquez Montalbán, desde su posición izquierdista insobornable, nada que ver con el panfleto o el forofismo estilo "manoloeldelbombo" de tanto ultrasur de la política.


"La aznaridad" analiza los ocho años del gobierno de Aznar, y alrededores, con una inteligente mirada transversal que desnuda a los principales actores políticos de aquellos años. Ahí van algunas perlas de las primeras páginas (qué quies, acabo de empezalo):


"Desde el comienzo, se vio que el presidente de Gobierno, mal aconsejado por su experto en imagen, gastaba la misma sonrisa en los bautizos que en los entierros"... "No representa ningún prototipo asumido en el catálogo de la fauna política ibérica: ni es el ogro comelotodo a lo Fraga, ni el vendedor de burros tuertos a lo González, ni el viejo zorro a lo Carrillo, ni el mensajero sacrificado y providencial a lo Suárez, ni el mesías del futuro como religión representado por Anguita"... "Aznar tenía en 1998 el mismo y respetabilísimo sistema de señales de un inspector de Hacienda o de un novio lento, seguro, con corbata, que va al cine con su novia y el hermano pequeño de su novia, siempre con el hermano pequeño de su novia"... "Tampoco se reía bien Felipe González en la oposición. Es la suya una risa de flan chino El Mandarín"... "Sospecho que cada vez que Madeleine Albright le concedía un baile a Solana, le metía en los bolsillos no el número de su habitación o de teléfono móvil, sino un albarán de pedidos militares...".


¡Qué inmensa nos resulta su ausencia en estos tiempos de porno duro político-financiero! "Cuando las decisiones políticas han de ser objetivamente reaccionarias, ¿no sería más sensato que las aplicara la derecha?". Palabra de Manuel Vázquez Montalbán.

miércoles, 22 de junio de 2011

Escuchar, oir, hablar

"¿Se me escucha desde el fondo?". "Se te escucha, pero no se te oye". Esta anécdota, comentada por el gran Fernando Lázaro Carreter en uno de sus amenos artículos - reunidos luego bajo el título de "El dardo en la palabra"- hace hincapié sobre la necesidad de expresarse con propiedad, sobre el uso correcto de las palabras. "Todo aquel con capacidad de escuchar, se convierte en médico" según el escritor Henry Miller. Para Oscar Wilde, el estilo era el padre del pensamiento: "cómo" lo decimos, es "qué" decimos.
Perdemos la actitud de escuchar al otro bastante antes de extraviar la audición. Los diálogos, tantas veces monólogos de sordos, suelen carecer de la disposición a la escucha, el talante adecuado para cambiar de opinión, y un acuerdo respecto al significado de las palabras empleadas. De ahí a sustituir el argumento por el volumen de voz empleado, sólo hay un paso. Y ese paso en España mide muy pocos centímetros.
El silencio armonioso entre dos personas es su prueba del algodón. El mutismo, algo muy valorado en lejanas culturas (pongamos, por ejemplo, las orientales), tiene mala prensa en estas latitudes. La charlatanería, el vocerío insustancial - basta presenciar un pseudodebate televisivo- suelen sustituir a la charla distendida, creativa, reflexiva y, sobre todo, respetuosa con el otro.
Paradójicamente, la megatecnología invasora, supuesta alfombra para el paso de la comunicación, ejerce en ocasiones de muro efectivo. Veo a tres personas compartiendo viaje en el tren, y, lejos de buscar paisajes comunes de encuentro, cada uno se sumerge en su teléfono, su ordenador portátil, su audio. Somos, en ocasiones, instrumentos de nuestros propios instrumentos. La charla virtual, aquella que no encuentra como aliada a la comunicación no verbal -que no es la que está exenta de verbos-, nunca podrá suplantar a comer pollo al ajillo con unos buenos amigos. Y si son amigas no te digo nada...
Finalmente, este aforismo exquisito del gran Bernard Shaw (Irlanda con su clima etílico y sus mentes privilegiadas): " Ella había perdido el arte de la conversación, pero no la capacidad de hablar".

P. D. Tras estas divagaciones, tres recomendaciones para mis múltiples seguidores de allende los Pirineos: una peli, "Primera plana", de B. Wilder, corrosiva comedia muy adecuada para estos aciagos tiempos; un libro, "Almas grises", de Philip Claudel, excelente novela que vale por todo un tratado de sociología y psicología; un disco, "Born to run", de Bruce Springsteen, con el gran - en todos los sentidos- Clarence Clemons, recientemente fallecido, al saxo.