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viernes, 24 de junio de 2011

Vázquez Montalbán




Manuel Vázquez Montalbán nació en Barcelona en 1939 y murió en Tailandia en el 2003. Escribió, sobre todo, novela negra - con el inspector Carvalho como protagonista- y fue un lúcido analista político. En este terreno publicó libros como "Autobiografía del general Franco", "Pasionaria y los siete enanitos", "Un polaco en la corte del rey Juan Carlos", "La aznaridad". Estoy leyendo este último, gracias a la generosidad de un amigo y, como siempre , es una delicia comprobar la lucidez, la fina ironía y la exacta escritura de Vázquez Montalbán, desde su posición izquierdista insobornable, nada que ver con el panfleto o el forofismo estilo "manoloeldelbombo" de tanto ultrasur de la política.


"La aznaridad" analiza los ocho años del gobierno de Aznar, y alrededores, con una inteligente mirada transversal que desnuda a los principales actores políticos de aquellos años. Ahí van algunas perlas de las primeras páginas (qué quies, acabo de empezalo):


"Desde el comienzo, se vio que el presidente de Gobierno, mal aconsejado por su experto en imagen, gastaba la misma sonrisa en los bautizos que en los entierros"... "No representa ningún prototipo asumido en el catálogo de la fauna política ibérica: ni es el ogro comelotodo a lo Fraga, ni el vendedor de burros tuertos a lo González, ni el viejo zorro a lo Carrillo, ni el mensajero sacrificado y providencial a lo Suárez, ni el mesías del futuro como religión representado por Anguita"... "Aznar tenía en 1998 el mismo y respetabilísimo sistema de señales de un inspector de Hacienda o de un novio lento, seguro, con corbata, que va al cine con su novia y el hermano pequeño de su novia, siempre con el hermano pequeño de su novia"... "Tampoco se reía bien Felipe González en la oposición. Es la suya una risa de flan chino El Mandarín"... "Sospecho que cada vez que Madeleine Albright le concedía un baile a Solana, le metía en los bolsillos no el número de su habitación o de teléfono móvil, sino un albarán de pedidos militares...".


¡Qué inmensa nos resulta su ausencia en estos tiempos de porno duro político-financiero! "Cuando las decisiones políticas han de ser objetivamente reaccionarias, ¿no sería más sensato que las aplicara la derecha?". Palabra de Manuel Vázquez Montalbán.

miércoles, 22 de junio de 2011

Escuchar, oir, hablar

"¿Se me escucha desde el fondo?". "Se te escucha, pero no se te oye". Esta anécdota, comentada por el gran Fernando Lázaro Carreter en uno de sus amenos artículos - reunidos luego bajo el título de "El dardo en la palabra"- hace hincapié sobre la necesidad de expresarse con propiedad, sobre el uso correcto de las palabras. "Todo aquel con capacidad de escuchar, se convierte en médico" según el escritor Henry Miller. Para Oscar Wilde, el estilo era el padre del pensamiento: "cómo" lo decimos, es "qué" decimos.
Perdemos la actitud de escuchar al otro bastante antes de extraviar la audición. Los diálogos, tantas veces monólogos de sordos, suelen carecer de la disposición a la escucha, el talante adecuado para cambiar de opinión, y un acuerdo respecto al significado de las palabras empleadas. De ahí a sustituir el argumento por el volumen de voz empleado, sólo hay un paso. Y ese paso en España mide muy pocos centímetros.
El silencio armonioso entre dos personas es su prueba del algodón. El mutismo, algo muy valorado en lejanas culturas (pongamos, por ejemplo, las orientales), tiene mala prensa en estas latitudes. La charlatanería, el vocerío insustancial - basta presenciar un pseudodebate televisivo- suelen sustituir a la charla distendida, creativa, reflexiva y, sobre todo, respetuosa con el otro.
Paradójicamente, la megatecnología invasora, supuesta alfombra para el paso de la comunicación, ejerce en ocasiones de muro efectivo. Veo a tres personas compartiendo viaje en el tren, y, lejos de buscar paisajes comunes de encuentro, cada uno se sumerge en su teléfono, su ordenador portátil, su audio. Somos, en ocasiones, instrumentos de nuestros propios instrumentos. La charla virtual, aquella que no encuentra como aliada a la comunicación no verbal -que no es la que está exenta de verbos-, nunca podrá suplantar a comer pollo al ajillo con unos buenos amigos. Y si son amigas no te digo nada...
Finalmente, este aforismo exquisito del gran Bernard Shaw (Irlanda con su clima etílico y sus mentes privilegiadas): " Ella había perdido el arte de la conversación, pero no la capacidad de hablar".

P. D. Tras estas divagaciones, tres recomendaciones para mis múltiples seguidores de allende los Pirineos: una peli, "Primera plana", de B. Wilder, corrosiva comedia muy adecuada para estos aciagos tiempos; un libro, "Almas grises", de Philip Claudel, excelente novela que vale por todo un tratado de sociología y psicología; un disco, "Born to run", de Bruce Springsteen, con el gran - en todos los sentidos- Clarence Clemons, recientemente fallecido, al saxo.

martes, 21 de junio de 2011

Javier Marías / Un cuento chino



Cada libro de Javier Marías es recibido por la crítica como un acontecimiento de primer orden, algo comparable a la llegada a las librerías de la última obra de un Faulkner, Joyce, Proust, y en este plan. Desde luego, esa misma crítica le considera como el escritor más relevante e inspirado de la actualidad en este país. Ya sé que publica en la editorial Alfaguara, del grupo Prisa, pero a mí me parece que todo tiene un límite.


Estos días finalicé, con mucho esfuerzo, la lectura de su última obra, "Los enamoramientos". Antes de ella, había leído "Corazón tan blanco" y "Todas las almas", y de todas ellas se deriva la misma sensación: una historia aburrida, poco que contar, escrita de forma farragosa, llena de pesadísimas digresiones que hacen que algo que debería ser narrado en 150 hojas ocupe un espacio de cuatrocientas. Y una escritura embarullada, de pésimo escritor. Ahí van algunas perlas, situadas dentro de alguno de los libros citados:


"el cochecito de niño de mi niño nuevo"; "...supe más tarde que sucediera, sucedió cuando..."; "el profesor del Diestro llevaba muy avanzado el conocimiento trabado de su desconocida"; "aún se entretuvo en la sección viril, ahora probó dos aromas en el envés de sus sendas manos, pronto no le quedarían zonas incontaminadas de los perfumes dispares". Terrible. Un fraude que suena a cuento chino.


"Un cuento chino" es el título de una película hispano-argentina recién estrenada, protagonizada por el excelente actor Ricardo Darín. Una comedia amable que narra la relación de un ferretero huraño, solitario, obsesivo y misántropo, con un chino que no sabe una palabra de español. Seguramente la historia podía dar más de lo que se ve en la pantalla, o transitar por terrenos más ásperos y entregar una visión necesariamente ácida sobre el tema de la emigración, pero la película se deja ver con agrado, lo cual es casi un lujo con la cartelera de cine que encontramos habitualmente.


















lunes, 13 de junio de 2011

Teoría del iceberg




El relato corto, el cuento, las narraciones breves en general, son creaciones que conviven en armonía con estos tiempos apresurados y convulsos que vivimos. A diferencia de las novelas de largo aliento, no reclaman del lector su fidelidad ni una concentración prolongada. Si además hablamos de libro de bolsillo, ya tenemos en las manos el volumen ideal para llenar un viaje de media hora en el transporte público.
Utilizando un símil boxístico, diríamos que el escritor de relatos cortos pretende ganar por KO mientras que el novelista intenta hacerlo a los puntos. Algunos de mis favoritos en el arte de la brevedad narrativa son Guy de Maupassant, Juan Rulfo, O. Henry, Julio Ramón Ribeyro, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ambrose Bierce, Flannery O, Connor, Anton Chejov, E.A. Poe, Horacio Quiroga, Saki, R. L. Stevenson, Eduardo Galeano, William Faulkner (éste, por supuesto, también gran novelista), Ray Bradbury, Raymond Carver, Ernest Hemingway...
De éste último parte la teoría del iceberg sobre el relato corto: en su opinión, lo narrado debe de ser sólo una pequeña parte de la historia, y sirve para que el lector "lea" lo que se encuentra sugerido y no expresado. Para García Márquez, "El gato bajo la lluvia" era uno de sus cuentos favoritos. Ahí va:

El gato bajo la lluvia,
Ernest Hemingway

Sólo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar. Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia.El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaban de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha,un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiera acercarse protegida por los aleros. -Voy a buscar ese gatito -dijo ella. - Iré yo, si quieres -se ofreció su marido desde la cama. -No, voy yo. El pobre minino se acurrucaba bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito! El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama. -No te mojes -le advirtió. La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre muy viejo y muy alto. Il piove -expresó la americana. El dueño del hotel le resultaba simpático. -Si, si signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio.Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes.
Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiera acercarse protegida por los aleros.Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada sin duda, por el hotelero. -No debe mojarse- dijo la muchacha en italiano, sonriendo. Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad. -Ha perduto qualque cosa, signora? -Había un gato aquí- contestó la americana. -¿Un gato? -Si, il gatto. -¿Un gato? -la sirvienta se echó a reír -¿Un gato? ¿Bajo la lluvia? -Sí; se había refugiado en el banco -y después- ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener una gatito. Cuando habló en inglés la doncella se puso seria. -Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará. -Me lo imagino- dijo la extranjera. Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama. -¿Y el gato? -preguntó abandonado la lectura. -Se ha ido. -¿Y donde puede haberse ido? -dijo él, descansando un poco la vista. La mujer se sentó en la cama. -¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito.No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.

George se puso a leer de nuevo. Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo en mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello. -¿No te partece que me convendría dejarme crecer el pelo? -le preguntó, volviendo a mirarse de perfil. George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho. -A mí me gusta como está. -¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho. George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar. -¡Caramba! Si estás muy bonita -dijo. La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya. -Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara. -¿Sí? -dijo George. -Y además quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el pelo frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.

-¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? -dijo George reanudando su lectura. Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras. -De todos modos quiero tener un gato -dijo-.Quiero un gato. Quiero un gato. ahora mismo. si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato. George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta -Avanti- dijo george, mirando por encima del libro. En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban. -Con permiso -dijo la muchacha- el padrone me encargó que trajera esto para la signora.


Aun reconociendo la suprema maestría de gente como Borges, posiblemente el autor que más me ha hecho disfrutar en las distancias cortas ha sido Julio Cortázar. Este es un relato suyo tan breve como ingenioso:

Continuidad de los parques,
Julio Cortázar


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.



Finalmente, el "minimicrorrelato" más famoso de la historia, perteneciente al guatemalteco Augusto Monterroso:


El dinosaurio, Augusto Monterroso


Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.



Curiosamente, una vecina le comentó al escritor que este relato le estaba gustando, aunque aún iba por la mitad de su lectura.

lunes, 1 de marzo de 2010

Monadas



Estaba merendando un café con magdalenas cuando, al mirar la televisión, ví a un chimpancé con un teléfono móvil. Comprobé que tenía la tele encendida, y que lo que estaba presenciando no era mi propio reflejo. ¿ O sí? En cualquier caso, presté atención, que es lo único que se puede prestar en estos tiempos de megacrisis, ciclogénesis, pandemias virtuales, terremotos y festival de Eurovisión.


El reportaje - de interés humano, sin duda - contaba cómo unos turistas, en el zoológico de Saint-Paul (Minesota, EE.UU.), se habían acercado a su jaula (la del chimpancé) con la intención de sacarle una foto y, al hacerlo, el móvil les había caído dentro. Por lo visto, la reacción del mono fue la de acercar el aparato a la oreja y emitir una serie de sonidos guturales ( vamos, igual que si se tratase de un participante en Gran Hermano). Lo mejor vino después, cuando intentó - se veía claramente, estos programas de National Geographic son una maravilla- sacar una foto a sus visitantes. Amagó el inicio del enfoque, les miró, movió la cabeza a uno y otro lado con un gesto que parecía desaprobatorio y les lanzó el móvil en una acción más emparentada con la decepción que con el enfado.


Acabé la merienda sacando la conclusión de que un chimpancé con un teléfono móvil, aunque éste sea de última generación, sigue siendo un chimpancé.


"Con la civilización hemos pasado del problema del hombre de las cavernas al problema de las cavernas del hombre" piensa con meridiana lucidez el filósofo francés Edgar Morin. En el fondo, seguimos siendo aquel hombre primitivo, sin respuesta para las grandes preguntas existenciales: ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Dejará de ser hortera Cristiano Ronaldo?


Si me permiten los herederos de Joseph Conrad y la Sgae, yo diría más o menos lo mismo que Edgar Morin con estas otras palabras: "Del corazón de las tinieblas hemos pasado a las tinieblas del corazón".


"Papá, cambia de canal", dijo un niño a su padre cuando vió que la mañana estaba desapacible. Ante la ciclogénesis de hiperinformación y mundos virtuales, quizá sólo quepa como recurso defensivo cerrar las puertas con la sutil llave de una verdadera cultura humanista, en la que el hombre ( y la mujer ) sean los dueños de una desbocada tecnología que debe ser instrumento del ser humano y no su dios.

martes, 23 de febrero de 2010

Fontaneros



Huyendo de San Valentín, tomo el tren y me dirijo a Oviedo. Aceptando ser un romántico empedernido - siempre estoy "a dos velas"- , las celebraciones a golpe de calendario comercial siempre han suscitado en mí un visceral rechazo, quizá no del todo ajeno a mi físico de enigmática belleza: al preguntar a una chica la dirección de una calle ya rozo la violencia de género. Así pues, hago uso de mi medio de transporte favorito - el tren -, y voy hacia el Fontán, "fontanero " por un día buscando remedios para las tuberías dañadas del alma. Hoy, domingo, es día de mercado y conviven en buena vecindad ropa, comestibles, chamarileros, libros usados, cebollas, flores y todo tipo de objetos que imaginamos en una existencia anónima, olvidados en un desván, arrinconados en un baúl. Son viejos.
Y los viejos, a veces, son objetos.
Para el viaje, llevo dos gratas compañías: el libro "Memorias de Adriano", de Marguerite Yourcenar, y la música del cantautor cubano Silvio Rodríguez. De ambos pienso poner algo al final de esta entrada, en un intento de embellecer de algún modo este día "delcorteinglés".
A la llegada a Oviedo me recibe un sol de invierno, tímido y escurridizo, como esas apariciones que uno acoge con alborozo pero que, distantes, refulgen sin calentar. La calle de Uría, espaciosa y altiva, me lleva hasta el mercado en una especie de tránsito de lujo hacia arrabales más humildes y confortables. La plaza del Fontán, remodelada - no sé si con buen sentido o con poco respeto- continúa siendo una zona sumamente acogedora, aun para los nostálgicos lectores de "Tigre Juan" de Pérez de Ayala.
El batiburrillo propio del mercado difumina regocijos y pesadumbres, llevándonos de la mano a un perezoso deambular que, inconscientemente, persigue encontrar algo sin haberlo buscado, como tantas veces sucede en nuestra vida.
En el primer puesto de libros me encuentro con "Adiós a todo eso", de Robert Graves. La temprana autobiografía de un gran escritor a quien se suele relacionar con "Yo Claudio", pero que es mucho más: autor de un montón de libros entretenidísimos sobre mitología clásica, históricos, relatos cortos, poemas..., situó su residencia en Deià (Mallorca), tras la primera guerra mundial y un matrimonio fallido - quizá también podríamos decir tras un matrimonio que fue una guerra, y un mundo fallido - .
Con el libro en el bolsillo, avanzo unos metros para toparme de bruces con la célebre escultura dedicada a las vendedoras; un amanecido iluminado, maltrecho de todas las acometidas de la noche, le regatea precios con la disciplina de un turista en el bazar de Estambul. El surrealismo al lado de un puesto de berzas.
Casa Ramón es un lugar todo lo castizo que reclama su entorno; mientras que reposto allí, oigo gritos acalorados denunciando desde un puesto a una señora emperifollada que pretendía huir con las gafas que decía probarse. Crisis de decencia, gafas posmodernas para gente que no sabe mirar, salvo para hacerlo hacia su ombligo.
En tanto me dirijo al Campillín, que los domingos funciona como prolongación natural del Fontán, un travieso San Valentín me susurra al oído que - Corporación Dermostética al margen- la gente no debería de quererse porque se necesite, sino necesitarse porque se quiera. "Tenía que haberlo pedido con Casera", se me ocurre.
Allí encuentro los objetos más inesperados, envueltos en un concierto de voces discordantes que alaban una mercancía de venta imposible en muchas ocasiones. Todo un arte se desparrama, elogiando artículos de calidad más que dudosa; virtuosos de la charlatanería rivalizan cruzando palabras como espadas en el aire. "No se trata de huir de la soledad - tan fértil, por otro lado-, sino de sentir juntos, mirando en la misma dirección", vuelve a la carga Valen, que se ha puesto cursi. Adelantamos a una pareja de ancianos que, cogidos de la mano, comparten cariños y añoranzas: desarmado en su palabrería, el pelma del santoral desaparece como por arte de brujería. "Pelea feroz contra la rutina, y un pequeño San Valentín cada día", me digo, como si fuese un cardiólogo recetando a sus pacientes enamorados , un acomodador de una sala de cine que mira la película desde la distancia.
Las grandes composiciones suelen brotar de la desdicha, del desamor, del dolor humano en general. De un corazón devastado puede salir arte, de uno satisfecho sólo podemos esperar artificio. Como ejemplo, la letra de una canción de Silvio Rodríguez, sobre un amor imposible:


" Ojalá "


Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan


para que no las puedas convertir en cristal.


Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.


Ojalá que la luna pueda salir sin tí.


Ojalá que la tierra no te bese los pasos.


Ojalá se te acabe la mirada constante,


la palabra precisa, la sonrisa perfecta.


Ojalá pase algo que te borre de pronto:


una luz cegadora, un disparo de nieve.


Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,


para no verte tanto, para no verte siempre


en todos los segundos, en todas las visiones.


Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.


Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.


Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.


Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.


Ojalá el deseo se vaya tras de tí, a tu viejo gobierno de difuntos y flores.


Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.




Dice Silvio: "La compuse para una mujer que fue mi primer amor; fue un amor que tuve cuando estuve en el ejército, haciendo el servicio militar; la conocí cuando tenía 18 años, fue mi primer amor importante en el sentido de que fue el primer amor que me enseñó cosas. Era una muchacha mucho más evolucionada que yo, más inteligente, más culta. Me enseñó, por ejemplo, a César Vallejo. Después nos tuvimos que separar, estaba estudiando medicina y, en fin, no le cuadró. No sé por qué estudió medicina, cosa loca de ella, en realidad siempre fue de letras. Después estudió letras, se fue a su pueblo Camagüey a estudiar eso y yo me quedé solo aquí en La Habana, totalmente desolado. Pasaron los años y el recuerdo de aquel amor tan productivo, tan bonito, tan útil (ojo, no confundir con utilitario), enriquecedor, de aporte a uno...pues estaba obsesionado yo con esa idea. Y porque fue un amor frustrado, tronchado por las circunstancias, por la vida, no fue una cosa que se agotara, pues se me quedó un poco como un fantasma y por eso compuse esta canción en un momento quizá de delirio, de arrebato, de sentimiento un poco desmesurado: ojalá esto.., ojalá lo otro..."
Como anécdota, sólo me queda decir que la singular estrofa "a tu viejo gobierno de difuntos y flores" despistó a muchos, que interpretaron la canción como una proclama contra el infausto general Pinochet.
Lo de M. Yourcenar quedará para otro día, si es posible. Termino esta entrada en el blog con cierto tinte melancólico escuchando al maravilloso Neil Young y su canción "Such a woman": la fragilidad del corazón expuesta con una eficacia que nunca alcanzarán mis torpes palabras.(Está en Youtube).




viernes, 29 de enero de 2010

J. D. Salinger



Hacia mediados del siglo XIX apareció la obra literaria "Bartleby el escribiente", del escritor Herman Melville (autor de "Moby Dick"). En ella, un escribiente, ayudante de abogado, se niega a realizar cualquier labor que le reclame su jefe, mediante la expresión "Preferiría no hacerlo".


Esta actitud nihilista, cínica, pasiva o como queramos considerarla, instauró lo que posteriormente dió en llamarse "el síndrome Bartleby", aplicado en la literatura a todos aquellos autores que, habiendo escrito uno o dos libros valiosos, desaparecen definitivamente de la escena literaria y de la vida pública. Uno de los casos más conocidos es el del mexicano Juan Rulfo, autor de "Pedro Páramo" y "El llano en llamas"; pero, sin duda, el escritor más "bartlebyano" de la historia es J.D. Salinger, fallecido esta semana a la edad de 91 años.



Jerome David Salinger, nacido en el año 1919 en Nueva York y fallecido este miércoles a los 91 años, fue autor de cuatro libros, el primero de los cuales- "El guardián entre el centeno" (1951) - le dio fama universal. Hasta su fallecimiento, escribió otros tres libros de relatos, viviendo en una suerte de clausura personal, en un severo alejamiento de la vida pública que alimentó todo tipo de sórdidos rumores, a los cuales no fue ajena una de sus hijas, que aprovechó para sacar un libro lleno de detalles truculentos que darían para llenar varios programas de esos de teleporquería que tanto abundan.



"El guardián entre el centeno" es una historia de adolescencia contada en primera persona, con sus dosis de rebeldía, inmadurez pero también lúcido escepticismo ante el mundo de los mayores. Salinger acierta de lleno en el tono de la narración y de ahí que millones de lectores de todo el mundo se hayan sentido identificados en su etapa juvenil con el protagonista (curiosamente, suele ser el libro de referencia de muchos asesinos en serie -que nadie se dé por aludido-).



En estos tiempos en los que tanto se diluyen las fronteras de la vida pública y privada, en que los programas televisivos se nutren sin pudor de vísceras domésticas, cadáveres familiares en el armario y carnaza de vivos y muertos, no deja de resultarme atractiva la actitud de quien, habiendo alcanzado la gloria con una primera obra, se retira sigilosa y educadamente de la pasarela mundana. En cuanto a que si me gustaría enterarme de la sombría existencia de J.D. Salinger en plan de anacoreta y sus vicios privados... " preferiría no hacerlo ".

martes, 24 de noviembre de 2009

Borges y otros juegos



Hace años, el argentino Jorge Luis Borges editó una biblioteca personal en la que expresaba sus gustos particulares sobre autores y obras; la denominó - no podía ser de otro modo - "la biblioteca de Babel". De Borges, escritor preciso y minucioso donde los haya, de vastísima cultura, creador de mundos metafísicos plagados de laberintos, espejos y tiempo ("el material de que está hecho el hombre", decía), quizá el más grande literato en castellano del siglo XX y lo que llevamos de XXI, cabía esperar una elección teñida por la amenaza del sopor. Sorprendentemente, lo que nos encontramos es diversión, entretenimiento, ligereza no exenta de calidad, en definitiva encanto. "Encanto" es precisamente la palabra que usa Borges para referirse a Oscar Wilde, uno de los publicados, en el prólogo del libro. "No sé si he sido un buen escritor, pero creo que he sido un buen lector", dice en una de las introducciones. O sea, lo que vemos en Borges es, por encima de todo, un sentido lúdico de la lectura.


Y es este sentido lúdico el que a uno le gustaría reivindicar, no sólo en la lectura, sino, en un sentido más amplio, en la vida en general, lo cual no entra en contradicción con la necesaria profesionalidad y el carácter responsable de cada cual. !Que los dioses nos libren de la solemnidad pomposa y vacía de personajes de cartón (reyes, bunburys, etc,..)! . !Qué sería de los próceres del mundo sin el vacío protocolo!.


Volviendo a Wilde: "Adoro los placeres sencillos: son el último refugio de los hombres complejos"; efectivamente, pocas cosas me resultan más placenteras que tres o cuatro buenos amigos dando cuenta de una comida o cena ( no hace falta que sea la más exquisita) y hablando por los codos. Digo esto porque el espejo - una de las fijaciones de Borges- me comunica insistentemente mi complejidad.


Vivimos tiempos de infancia estirada a impulsos de permisibilidad, pero hurtada a golpes de exigencia: ausencia de límites por una parte, búsqueda obsesiva de resultados y éxitos por la otra. Tras las horas de clase, "escuela" de fútbol, "escuela" de ciclismo, "escuela" de tenis, de danza, de ganchillo...; en fin, formalismo alejado del juego por sí mismo que debe caracterizar los años de niñez. Y la sobreocupación del tiempo, con lo educativo que es el aprender a aburrirse y que la "cabecina" nos suministre recursos, como una farmacia ambulante que nos dispensara medicamentos contra el tedio.


Finalmente, para rematar tanta deriva temática, un poema de Borges:




El remordimiento




He cometido el peor de los pecados


que un hombre puede cometer.


No he sido feliz.


Que los glaciares del olvido me arrastren


y me pierdan, despiadados.


Mis padres me engendraron


para el juego arriesgado y hermoso de la vida,


para la tierra, el agua, el aire, el fuego.


Los defraudé. No fui feliz.


Cumplida no fue su joven voluntad.


Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte


que entreteje naderías.


Me legaron valor. No fui valiente.


No me abandona. Siempre está a mi lado


La sombra de haber sido un desdichado.




lunes, 27 de julio de 2009

Mi amigo el mar



Adoro a las mujeres desde aquel día lejano en el que, con pantalón corto y dirigiéndome a hacer los recados, una señora me abordó y me dijo : "Nun te preocupes, Paquín, que la belleza ta en el interior".

Nací a muy corta edad, tanto que mi primera vivienda de alquiler fue una incubadora ; había un cristal ahumado, para no herir la sensibilidad del espectador. De ahí, al hogar; la situación económica- bastante generalizada en el país- no permitía disfrutar del típico carricoche: eminentes sociólogos teorizan acerca de que nuestra generación fue la inventora del auto-stop. Así nos desplazábamos, aún con el chupete en la boca.


Recuerdo que en casa había una habitación con dos armarios y sendos espejos, a la que yo tenía rigurosamente prohibido el acceso. "Todavía no está preparado", oía decir a mi alrededor.


Afortunadamente, eran tiempos de inviernos rigurosos, con nevadas, ventiscas, grandes tormentas en las que era frecuente que marchase la luz. "Ahora soy uno más", pensaba cuando eso sucedía.


La primera comunión fue algo inolvidable, no por la liturgia en sí - la gente, al verme con los demás, me señalaban diciendo "¿qué es eso que va ahí?"- sino porque gracias a ella cumplí mi gran sueño: ver el mar. Las lecturas precoces de Stevenson, Salgari, Melville, London....(Conrad llegaría más tarde) me habían abierto el hambre de visitar el mar, en aquella época en la que, para un niño de siete años, ir de su pueblo hasta Avilés era como ir a Nueva York.


Iba, lógicamente, vestido de marino; fue el momento que mis padres aprovecharon para la prueba de fuego: ponerme un espejo delante. "Mira y hazte un hombre", me dijeron. Yo no tenía ni idea de quién había sido Darwin. Quedé pasmado.

Como compensación, me llevaron a ver el mar. Por el camino iba rumiando mi traumática confusión. Acababa de estudiar en el catecismo que " Dios nos había hecho a su imagen y semejanza". "Lo lleva claro conmigo", pensé. Fue uno de mis momentos transcendentales: decidí ser "ateo, gracias a Dios", como decía el gran Luis Buñuel. Y del Sporting. ¿Por qué?: porque tien mar.


Vida, literatura y otras soledades



Sándor Márai es un excelente escritor húngaro de quien se está editando toda su obra. A la preciosa biblioteca que tenemos en este pueblín acaba de llegar "Diarios 1984-1989", en donde el autor nos relata sus últimos años: decrepitud física, hundimiento anímico, una persona devastada por la vida (libro no aconsejable para leer cuando uno está en el pozo). Después de haber sufrido los embates del nazismo primero y del comunismo después, Sándor se encuentra exiliado en San Diego, donde se dedica a cuidar a su mujer enferma y a una serie de lecturas recurrentes: poetas húngaros, Cervantes, Esquilo, Sófocles. En el lapso de unos pocos años, fallecen sus hermanos menores; el declive de su esposa se acentúa, y sucumbe tras una larga agonía; también muere, repentinamente, un hijo a quien el matrimonio Márai había adoptado. El propio escritor se encuentra medio ciego y casi imposibilitado para caminar...Sus reflexiones acerca de la vida son de una amargura absoluta: Sándor Marai se siente estafado. Finalmente, compra un revólver y, dos años después de adquirirlo, le da el uso que pretendía : se suicida pegándose un tiro.

Cambio de tema (o no tanto). La decepción de Sándor Márai ante la vida me lleva a recordar un poema de Constantino Kavafis, poeta de Alejandría:




Cuando emprendas tu viaje a Itaca pide que el camino sea largo,


lleno de aventuras, lleno de experiencias.


No temas a los Lestrigones ni a los Cíclopes*,


ni al colérico Poseidón,


seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado,


si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.


Ni a los Lestrigones ni a los Cíclopes ni al salvaje Poseidón encontrarás,


si no lo llevas dentro de tu alma, si no los yergue tu alma ante tí.


Pide que el camino sea largo. Que sean muchas las mañanas de verano


en que llegues -¡con qué placer y alegría!-a puertos antes nunca vistos.


Detente en los emporios de Fenicia y hazte con hermosas mercancías,


nácar y coral, ámbar y ébano y toda suerte de perfumes voluptuosos,


cuantos más abundantes perfumes voluptuosos puedas.


Ve a muchas ciudades egipcias a aprender de sus sabios.


Ten siempre a Itaca en tu pensamiento. Tu llegada allí es tu destino.


Mas no apresures nunca el viaje: mejor que dure muchos años


y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino


sin aguardar a que Itaca te enriquezca. Itaca te brindó tan hermoso viaje.


Sin ella no habrías emprendido el camino. Pero no tiene ya nada que darte.


Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.


Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,


entenderás ya qué significan las Itacas.


*Eso son monstruos mitológicos.




Y, como dicen de las cerezas, una cosa lleva a otra; después de Kavafis, me da por pensar en la poesía y su carácter minoritario dentro de la literatura. Si leer, al menos en este país, no se puede considerar como algo masivo, leer poesía es más raro que ceder el asiento en un transporte público (el ingenioso -y obeso- escritor inglés G. K. Chesterton decía que había cedido el asiento en el metro, y que lo habían ocupado tres señoras).


En el epílogo de su libro "Cálculo de estructuras", el poeta catalán Joan Margarit comenta, entre otras cosas: "a la poesía no le quedan más características que la diferencien de la prosa que la concisión y la exactitud. Un poema ha de entenderse. Lo que no puede ser es que a una persona que lleva años leyendo se le diga que no entiende un poema porque la poesía es difícil....una especie de ceremonia de autodestrucción de algunos intelectuales que parecen aspirar a una poesía que no dice nada leída por nadie. Escribir un mal poema que no se entienda es lo más fácil. Esta absurda posición ha provocado el alejamiento de la poesía de muchos lectores y lectoras".


Finalmente, dos poemas de este autor, en los que se ve que predica con el ejemplo (en el primero, es importante saber que una hija se le murió muy joven):






NOCHE DE JUNIO




Cuando salí del cine ya había oscurecido.


En aquel viejo parking, sin luz,


iba subiendo la rampa áspera y sucia


porque había aparcado en la terraza.


Dentro de mí también era dura la cuesta:


eran aquellos días, los primeros sin ti.


Pero al llegar arriba, en la intemperie había un cálido silencio


envolviendo la sombra de algún coche:


las baldosas rojizas, las barandas de hierro, delicadas y sencillas,


y latas con hortensias. De repente, al salir a cielo abierto,


un velo se rasgó y surgió la noche de un patio


con sus limpias galerías y sus iluminadas cristaleras


Me detuve sintiéndote muy cerca.


Y sintiendo que ya, en cualquier instante


podría hacer surgir tesoros de la muerte.






EL PRICE, 1948


Por la mañana, los domingos,


íbamos con mi padre. Me sentía perdido


entre la multitud que rugía, implacable,


alrededor del cuadrilátero.


Un luchador le daba una paliza al otro.


en el último asalto, sin embargo,


este se revolvía y lo arrojaba


desde el ring por encima de las cuerdas.




Era una función casi religiosa.


Dentro de mí aquel niño vive aún


entre el mismo fragor, pero hoy endurecido


como los luchadores. Igual que ellos,


ha debido aprender una estrategia:


saber que, en ocasiones, ha de ser abatido.


Que del fracaso y el dolor no salvan


la inteligencia ni la lucidez.


Que el final será siempre un mal final.




Sándor Márai, Constantino Kavafis, Joan Margarit... y tantos otros: antídotos contra la soledad, espejos para encontrarse a uno mismo.

P.D. : El de la foto de arriba es Sándor Márai.

viernes, 10 de julio de 2009

Una gran escritora



Ahora que entramos de lleno en el verano, y parece que por ello disponemos de algo más de tiempo para dedicar a la lectura, me gustaría reivindicar la figura de una escritora, para mi gusto excepcional. Se trata de Flannery O, Connor. En el sur de Estados Unidos, son muchos los genios de la literatura que podemos contemplar: Mark Twain, William Faulkner, Carson Mc Cullers, Truman Capote, Erskine Caldwell, Tennesee Williams, Harper Lee, John Steinbeck... y alguno más que mi incipiente alzheimer me impide recordar. Flannery retrata de manera magistral un mundo sórdido, de personajes turbios y desesperanzados; un mundo gobernado por el racismo, el peso agobiante de la religión, la pobreza material y la miseria moral, y todo ello aderezado con una fina ironía emparentada con el humor negro. Hay una edición de bolsillo de sus Cuentos Completos, baratina y muy chula. Pa mí, imprescindible.


Lástima que muriese con menos de cuarenta años (!lo que podría haber escrito!)

lunes, 29 de junio de 2009

Flores en el lodazal



Elizabeth Eidenbenz, nacida en Zurich (Suiza), maestra y enfermera, decidió no cruzarse de brazos y, durante la segunda guerra mundial, convirtió un palacete de Elna - sudeste de Francia- en casa de maternidad. Allí, con una voluntad de hierro e inmensa ternura, salvó la vida de unos seiscientos niños, cuyas madres embarazadas huían de la España de la guerra civil y del nazismo. Esta historia se puede leer en la novela "Los niños de Elisabeth" de Helene Legrais. Independientemente de su calidad literaria, es un relato imprescindible en cualquier época.
La foto que incorporo es auténtica, y ninguna palabra estaría a su altura, por lo que me callo ya.

martes, 9 de junio de 2009

"Desde el jardín"



El escritor estadounidense de origen polaco Jerzy Kosinski escribió esta sátira mordaz sobre el mundo de la política: un humilde jardinero trabaja en una mansión, totalmente desconectado del mundo exterior. Cuando tiene que dejar su trabajo, consigue llegar a las más altas esferas sociales, simplemente hablando de lo único que sabe, su actividad de jardinero, en un discurso que empresarios, medios de comunicación y políticos consideran metafórico. De este modo, sin pretenderlo, mediante obviedades y simplezas, logra el aplauso generalizado, hablando de cultivos, regadíos, siembras,etc. (más o menos, como muchos políticos actuales).
Esta novela fue llevada al cine, y protagonizada por Peter Sellers. Parece oportuno recordarla en estos tiempos de incertidumbre, idóneos para la aparición de tantos oportunistas iluminados.

lunes, 1 de junio de 2009

Ángeles y demonios



Se detuvo delante de una librería. Un título le llamó la atención: "Mañana no será lo que Dios quiera". En la cubierta del libro, un niño sonriente desplegaba una mirada ilusionada. De pronto, alguien le saludó; llevaba un pequeño sobre sus hombros. Pese a los muchos años transcurridos, reconoció a su antiguo compañero de colegio, Luis González.
"¿Quién es, papá?"- "Un amigo". Al instante, una manita acarició su rostro con suavidad infinita, como un cheque con fondos de ternura que pagaba tantos exámenes copiados hacía tanto tiempo.
Miró al niño y le preguntó: "¿Cómo te llamas?"- "Ángel".