
viernes, 24 de junio de 2011
Vázquez Montalbán

miércoles, 22 de junio de 2011
Escuchar, oir, hablar
"¿Se me escucha desde el fondo?". "Se te escucha, pero no se te oye". Esta anécdota, comentada por el gran Fernando Lázaro Carreter en uno de sus amenos artículos - reunidos luego bajo el título de "El dardo en la palabra"- hace hincapié sobre la necesidad de expresarse con propiedad, sobre el uso correcto de las palabras. "Todo aquel con capacidad de escuchar, se convierte en médico" según el escritor Henry Miller. Para Oscar Wilde, el estilo era el padre del pensamiento: "cómo" lo decimos, es "qué" decimos. Perdemos la actitud de escuchar al otro bastante antes de extraviar la audición. Los diálogos, tantas veces monólogos de sordos, suelen carecer de la disposición a la escucha, el talante adecuado para cambiar de opinión, y un acuerdo respecto al significado de las palabras empleadas. De ahí a sustituir el argumento por el volumen de voz empleado, sólo hay un paso. Y ese paso en España mide muy pocos centímetros.
El silencio armonioso entre dos personas es su prueba del algodón. El mutismo, algo muy valorado en lejanas culturas (pongamos, por ejemplo, las orientales), tiene mala prensa en estas latitudes. La charlatanería, el vocerío insustancial - basta presenciar un pseudodebate televisivo- suelen sustituir a la charla distendida, creativa, reflexiva y, sobre todo, respetuosa con el otro.
Paradójicamente, la megatecnología invasora, supuesta alfombra para el paso de la comunicación, ejerce en ocasiones de muro efectivo. Veo a tres personas compartiendo viaje en el tren, y, lejos de buscar paisajes comunes de encuentro, cada uno se sumerge en su teléfono, su ordenador portátil, su audio. Somos, en ocasiones, instrumentos de nuestros propios instrumentos. La charla virtual, aquella que no encuentra como aliada a la comunicación no verbal -que no es la que está exenta de verbos-, nunca podrá suplantar a comer pollo al ajillo con unos buenos amigos. Y si son amigas no te digo nada...
Finalmente, este aforismo exquisito del gran Bernard Shaw (Irlanda con su clima etílico y sus mentes privilegiadas): " Ella había perdido el arte de la conversación, pero no la capacidad de hablar".
P. D. Tras estas divagaciones, tres recomendaciones para mis múltiples seguidores de allende los Pirineos: una peli, "Primera plana", de B. Wilder, corrosiva comedia muy adecuada para estos aciagos tiempos; un libro, "Almas grises", de Philip Claudel, excelente novela que vale por todo un tratado de sociología y psicología; un disco, "Born to run", de Bruce Springsteen, con el gran - en todos los sentidos- Clarence Clemons, recientemente fallecido, al saxo.
martes, 21 de junio de 2011
Javier Marías / Un cuento chino

lunes, 13 de junio de 2011
Teoría del iceberg

Utilizando un símil boxístico, diríamos que el escritor de relatos cortos pretende ganar por KO mientras que el novelista intenta hacerlo a los puntos. Algunos de mis favoritos en el arte de la brevedad narrativa son Guy de Maupassant, Juan Rulfo, O. Henry, Julio Ramón Ribeyro, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ambrose Bierce, Flannery O, Connor, Anton Chejov, E.A. Poe, Horacio Quiroga, Saki, R. L. Stevenson, Eduardo Galeano, William Faulkner (éste, por supuesto, también gran novelista), Ray Bradbury, Raymond Carver, Ernest Hemingway...
De éste último parte la teoría del iceberg sobre el relato corto: en su opinión, lo narrado debe de ser sólo una pequeña parte de la historia, y sirve para que el lector "lea" lo que se encuentra sugerido y no expresado. Para García Márquez, "El gato bajo la lluvia" era uno de sus cuentos favoritos. Ahí va:
El gato bajo la lluvia, Ernest Hemingway
Sólo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar. Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia.El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaban de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha,un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiera acercarse protegida por los aleros. -Voy a buscar ese gatito -dijo ella. - Iré yo, si quieres -se ofreció su marido desde la cama. -No, voy yo. El pobre minino se acurrucaba bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito! El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama. -No te mojes -le advirtió. La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre muy viejo y muy alto. Il piove -expresó la americana. El dueño del hotel le resultaba simpático. -Si, si signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio.Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes.
Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiera acercarse protegida por los aleros.Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada sin duda, por el hotelero. -No debe mojarse- dijo la muchacha en italiano, sonriendo. Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad. -Ha perduto qualque cosa, signora? -Había un gato aquí- contestó la americana. -¿Un gato? -Si, il gatto. -¿Un gato? -la sirvienta se echó a reír -¿Un gato? ¿Bajo la lluvia? -Sí; se había refugiado en el banco -y después- ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener una gatito. Cuando habló en inglés la doncella se puso seria. -Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará. -Me lo imagino- dijo la extranjera. Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama. -¿Y el gato? -preguntó abandonado la lectura. -Se ha ido. -¿Y donde puede haberse ido? -dijo él, descansando un poco la vista. La mujer se sentó en la cama. -¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito.No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.
George se puso a leer de nuevo. Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo en mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello. -¿No te partece que me convendría dejarme crecer el pelo? -le preguntó, volviendo a mirarse de perfil. George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho. -A mí me gusta como está. -¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho. George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar. -¡Caramba! Si estás muy bonita -dijo. La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya. -Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara. -¿Sí? -dijo George. -Y además quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el pelo frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.
-¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? -dijo George reanudando su lectura. Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras. -De todos modos quiero tener un gato -dijo-.Quiero un gato. Quiero un gato. ahora mismo. si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato. George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta -Avanti- dijo george, mirando por encima del libro. En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban. -Con permiso -dijo la muchacha- el padrone me encargó que trajera esto para la signora.
Continuidad de los parques, Julio Cortázar
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Poesía necesaria

Desafortunadamente, cierta poesía hermética, ininteligible, que parece necesitar códigos secretos para ser interpretada, ha conseguido alejar a muchos lectores potenciales dirigiéndolos a otras lecturas más accesibles.
Ahí van dos ejemplos de una estupenda poesía que huye de la retórica vacía: el catalán Joan Margarit, y la joven gaditana Raquel Lanseros.
Tienes la misma edad que yo tenía
cuando empezaba a soñar en encontrarte.
No sabía aún, igual que tú
no lo has aprendido aún, que algún día
el amor es esta arma cargada
de soledad y de melancolía
que ahora te está apuntando desde mis ojos.
Tú eres la muchacha que yo estuve buscando
durante tanto tiempo cuando aún no existías.
Y yo soy aquel hombre hacia el cual
querrás un día dirigir tus pasos.
Pero estaré entonces tan lejos de tí
como ahora tú de mí en este semáforo.
Joan Margarit
BEATRIZ ORIETA
Maestra nacional
(1919-1945)
Los niños corren y saltan a la comba.
Beatriz Orieta pasea junto a Dante
sorteando los pupitres
[en medio del camino de la vida...]
Tiene litros de frío mojándole la espalda.
Apenas pueden nada contra él
los míseros tizones del brasero oxidado.
Entran al aula los gritos infantiles,
huelen a tos y a hambre.
Algunas veces,
Beatriz Orieta casi no contiene
las ganas de llorar
y mira las caritas sucias afanándose
en recordar las tildes de las palabras llanas.
Prosigue Dante todo el día musitando
en el oído de Beatriz Orieta
[...amor que mueve el sol y las estrellas].
Ella siente de veras
que otro mundo es posible
al lado de este mundo gris y parco.
Contra el lejano sol
del lejano crepúsculo
dos amantes se miran a los ojos.
Beatriz Orieta está
apoyada en su hombro.
Los álamos susurran las palabras de Dante.
Los amantes son túneles de luz
a través de la niebla.
Los besos puros son las amapolas
de un cuadro de Van Gogh.
Pasa el invierno lento como pasa un poema.
Pasan el frío andrajoso, la fiebre y el esputo
y toman posesión del blanco cuerpo
igual que las hormigas invadiendo
esas migas de pan abandonadas.
Sesenta años después, entre las ruinas verdes
leo un descanse en paz envejecido
sobre la tumba de Beatriz Orieta.
El silencio es de mármol.
El silencio
es la respuesta de todas las preguntas.
Unos metros más lejos, hace sólo dos años
yace también el hombre
que, apoyado en el hombro de Beatriz Orieta,
dibujó un corazón sobre un tiempo de hiel.
¿Qué más puedo decir?
Que la vida separa a los amantes
ya lo dijo Prévert.
Pero a veces la muerte
vuelve a acercar los labios
de los que un día se amaron.
Raquel Lanseros
lunes, 21 de junio de 2010
José Saramago

viernes, 28 de mayo de 2010
La abuela Esther

martes, 18 de mayo de 2010
Día de Internet
Recordaba esto el domingo pasado mientras celebrábamos el Día de Internet con un recorrido de unos ocho kilómetros por unos paisajes preciosos, mediante el uso del GPS, con paradas estratégicas, adivinanzas para todos (incluídos los más "peques") ... en una actividad conocida como "geocaching" (sí, lo juro). Un trayecto en el que se practicó con estilo el arte de compartir, derribando muros y creando puentes, en el que las diferencias de edad se difuminaban a golpes de generosidad y de respeto. Se trataba de encontrar un tesoro -aunque teníamos claro que el tesoro ya nos acompañaba desde que comenzamos la ascensión-, con un grupo de personas que confirmaban la metáfora de Eduardo Galeano respecto a los patos (unas veces van unos delante, luego otros, y todos son importantes).
El camino, que eventualmente nos distanciaba, reforzaba nuestras coincidencias. Complicidad, simpatía, colaborar en vez de competir: nada nuevo pero, por obvio, muy a menudo olvidado.
Ya estamos deseando repetir la experiencia; esperemos que el sol vuelva a visitarnos (aunque no se pueda vivir sin paraguas).
miércoles, 12 de mayo de 2010
Kafka y la muñeca viajera

Los libros de Kafka han sido siempre objeto de múltiples interpretaciones: autor que reflexiona sobre la alienación del ser humano, analista de los entresijos del poder, existencialista....Seguramente la escritura del checo es todas estas cosas y otras más; la anécdota del parque da un toque de ternura a la imagen pública del creador de una obra tan influyente como inquietante.
Para terminar, las recomendaciones del día, para mis lectores de allende el Pacífico: un libro, "El proceso", de Kafka: el individuo, en manos del absurdo poder arbitrario; una música, la canción "River of tears" (qué se va a hacer, uno es genéticamente melancólico) del gran Eric Clapton; finalmente, una película: "Tiempos modernos", una obra genial de un genio, Charles Chaplin: humor, ternura, reflexión, análisis del presente y anticipación del futuro, sensibilidad con mayúsculas, el ser humano cono referencia constante... en definitiva, el no va más. Debería ser de visión obligada en las escuelas.
martes, 2 de marzo de 2010
Refugio
"La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta" G. K. Chesterton.
Mientras finalizo esta entrada, escucho a Patty Griffin, una cantante a la que acabo de descubrir: "Dear Old Friend", dedicada a las víctimas del huracán Katrina. A mis queridos viejos amigos se unen otros nuevos, viviendo en parcelas no urbanizables de mi corazón, adonde no llega la especulación urbanística: gente admirable e imprescindible para protegerse de los devastadores huracanes del alma.
lunes, 1 de marzo de 2010
Monadas

martes, 23 de febrero de 2010
Fontaneros

Para el viaje, llevo dos gratas compañías: el libro "Memorias de Adriano", de Marguerite Yourcenar, y la música del cantautor cubano Silvio Rodríguez. De ambos pienso poner algo al final de esta entrada, en un intento de embellecer de algún modo este día "delcorteinglés".
A la llegada a Oviedo me recibe un sol de invierno, tímido y escurridizo, como esas apariciones que uno acoge con alborozo pero que, distantes, refulgen sin calentar. La calle de Uría, espaciosa y altiva, me lleva hasta el mercado en una especie de tránsito de lujo hacia arrabales más humildes y confortables. La plaza del Fontán, remodelada - no sé si con buen sentido o con poco respeto- continúa siendo una zona sumamente acogedora, aun para los nostálgicos lectores de "Tigre Juan" de Pérez de Ayala.
El batiburrillo propio del mercado difumina regocijos y pesadumbres, llevándonos de la mano a un perezoso deambular que, inconscientemente, persigue encontrar algo sin haberlo buscado, como tantas veces sucede en nuestra vida.
En el primer puesto de libros me encuentro con "Adiós a todo eso", de Robert Graves. La temprana autobiografía de un gran escritor a quien se suele relacionar con "Yo Claudio", pero que es mucho más: autor de un montón de libros entretenidísimos sobre mitología clásica, históricos, relatos cortos, poemas..., situó su residencia en Deià (Mallorca), tras la primera guerra mundial y un matrimonio fallido - quizá también podríamos decir tras un matrimonio que fue una guerra, y un mundo fallido - .
Con el libro en el bolsillo, avanzo unos metros para toparme de bruces con la célebre escultura dedicada a las vendedoras; un amanecido iluminado, maltrecho de todas las acometidas de la noche, le regatea precios con la disciplina de un turista en el bazar de Estambul. El surrealismo al lado de un puesto de berzas.
Casa Ramón es un lugar todo lo castizo que reclama su entorno; mientras que reposto allí, oigo gritos acalorados denunciando desde un puesto a una señora emperifollada que pretendía huir con las gafas que decía probarse. Crisis de decencia, gafas posmodernas para gente que no sabe mirar, salvo para hacerlo hacia su ombligo.
En tanto me dirijo al Campillín, que los domingos funciona como prolongación natural del Fontán, un travieso San Valentín me susurra al oído que - Corporación Dermostética al margen- la gente no debería de quererse porque se necesite, sino necesitarse porque se quiera. "Tenía que haberlo pedido con Casera", se me ocurre.
Allí encuentro los objetos más inesperados, envueltos en un concierto de voces discordantes que alaban una mercancía de venta imposible en muchas ocasiones. Todo un arte se desparrama, elogiando artículos de calidad más que dudosa; virtuosos de la charlatanería rivalizan cruzando palabras como espadas en el aire. "No se trata de huir de la soledad - tan fértil, por otro lado-, sino de sentir juntos, mirando en la misma dirección", vuelve a la carga Valen, que se ha puesto cursi. Adelantamos a una pareja de ancianos que, cogidos de la mano, comparten cariños y añoranzas: desarmado en su palabrería, el pelma del santoral desaparece como por arte de brujería. "Pelea feroz contra la rutina, y un pequeño San Valentín cada día", me digo, como si fuese un cardiólogo recetando a sus pacientes enamorados , un acomodador de una sala de cine que mira la película desde la distancia.
Las grandes composiciones suelen brotar de la desdicha, del desamor, del dolor humano en general. De un corazón devastado puede salir arte, de uno satisfecho sólo podemos esperar artificio. Como ejemplo, la letra de una canción de Silvio Rodríguez, sobre un amor imposible:
Lo de M. Yourcenar quedará para otro día, si es posible. Termino esta entrada en el blog con cierto tinte melancólico escuchando al maravilloso Neil Young y su canción "Such a woman": la fragilidad del corazón expuesta con una eficacia que nunca alcanzarán mis torpes palabras.(Está en Youtube).
viernes, 29 de enero de 2010
J. D. Salinger

Esta actitud nihilista, cínica, pasiva o como queramos considerarla, instauró lo que posteriormente dió en llamarse "el síndrome Bartleby", aplicado en la literatura a todos aquellos autores que, habiendo escrito uno o dos libros valiosos, desaparecen definitivamente de la escena literaria y de la vida pública. Uno de los casos más conocidos es el del mexicano Juan Rulfo, autor de "Pedro Páramo" y "El llano en llamas"; pero, sin duda, el escritor más "bartlebyano" de la historia es J.D. Salinger, fallecido esta semana a la edad de 91 años.
Jerome David Salinger, nacido en el año 1919 en Nueva York y fallecido este miércoles a los 91 años, fue autor de cuatro libros, el primero de los cuales- "El guardián entre el centeno" (1951) - le dio fama universal. Hasta su fallecimiento, escribió otros tres libros de relatos, viviendo en una suerte de clausura personal, en un severo alejamiento de la vida pública que alimentó todo tipo de sórdidos rumores, a los cuales no fue ajena una de sus hijas, que aprovechó para sacar un libro lleno de detalles truculentos que darían para llenar varios programas de esos de teleporquería que tanto abundan.
"El guardián entre el centeno" es una historia de adolescencia contada en primera persona, con sus dosis de rebeldía, inmadurez pero también lúcido escepticismo ante el mundo de los mayores. Salinger acierta de lleno en el tono de la narración y de ahí que millones de lectores de todo el mundo se hayan sentido identificados en su etapa juvenil con el protagonista (curiosamente, suele ser el libro de referencia de muchos asesinos en serie -que nadie se dé por aludido-).
En estos tiempos en los que tanto se diluyen las fronteras de la vida pública y privada, en que los programas televisivos se nutren sin pudor de vísceras domésticas, cadáveres familiares en el armario y carnaza de vivos y muertos, no deja de resultarme atractiva la actitud de quien, habiendo alcanzado la gloria con una primera obra, se retira sigilosa y educadamente de la pasarela mundana. En cuanto a que si me gustaría enterarme de la sombría existencia de J.D. Salinger en plan de anacoreta y sus vicios privados... " preferiría no hacerlo ".
jueves, 17 de diciembre de 2009
Belén Esteban y Proust

No salía de mi estupor. "!Seas quien seas, sal de su cuerpo!" me dije, lamentando que mi atávico agnosticismo me impidiese reclamar los servicios del necesario exorcista. "Por lo visto, su nuevo aspecto ha trascendido al interior, proyectando en él una nueva personalidad", pensé boquiabierto (para introducir una magdalena). Tal vez eso es lo que, en el fondo, buscan quienes se meten en los temibles quirófanos a enfrentarse a gratuitas - en la necesidad, no en el bolsillo- operaciones estéticas: dejar de ser quienes son, insatisfechos consigo mismo, incorporando una nueva personalidad a golpe de talonario.
Seguí escuchando: "Y es que mi Alain era muy cariñoso; aburrido, sí, pero la pareja más cariñosa que he tenido en toda mi vida. Si no fuese por esa manía tan rara que tenía de pasarse horas y horas leyendo...Tengo muy buen recuerdo suyo de él: ya ves que hasta le puse el nombre de sus dos escritores favoritos a mis perros, a pesar de que Andrea estaba empeñada en ponerles Kevin y Borja Mari".
Terminé de merendar, dando paso a la digestión, y me dije que la vida , esencialmente, no era la simple acumulación de años sino el adecuado metabolismo de lo que se ha introducido en ellos, y que un rostro que renuncie al mapa de sus vivencias es como una de esas carpetas que tenemos guardadas en nuestro ordenador, vamos al apartado "Documentos", la abrimos... y resulta que está vacía.
martes, 24 de noviembre de 2009
Borges y otros juegos

viernes, 20 de noviembre de 2009
Bertolt Brecht

En días como éste, ahí van dos poemas de Bertolt Brecht:
Arrasa un bosque y aplasta a cien hombres.
Pero tiene un defecto:
necesita un conductor.
General, tu bombardero es poderoso.
Vuela más rápido que la tormenta y carga más que un elefante.
Pero tiene un defecto:
necesita un piloto.
General, el hombre es muy útil.
Puede volar y puede matar.
Pero tiene un defecto:
puede pensar.
Hubo vencedores y vencidos.
Entre los vencedores
Cuando la casa de los poderosos se derrumba
Gautama, el Buda, enseñaba la ciencia de la rueda de la codicia,
Un buen día, un discípulo le preguntó:
El Buda permaneció en silencio mucho tiempo
-“Vuestra pregunta no tiene respuesta”.
Pero por la tarde, cuando se habían marchado,
“Hace poco vi una casa. Estaba ardiendo.
Así habló Gautama, el Buda.
martes, 3 de noviembre de 2009
Eduardo Galeano

Eduardo Galeano: La diversidad pasa por la diversidad de los puntos de vista posibles: desde el punto de vista del Sur, el verano del Norte es invierno. Y desde el punto de vista de un gusano, un plato de fideos es una orgía; donde los hindúes ven una vaca sagrada, otros ven una gran hamburguesa. Desde el punto de vista de Hipócrates, Galeno, Maimónides y Paracelso, existía una enfermedad llamada indigestión, pero no existía una enfermedad llamada hambre. Desde el punto de vista del búho, del murciélago, del bohemio y del ladrón, el crepúsculo es la hora del desayuno. La lluvia es una maldición para el turista y una bendición para el campesino. Desde el punto de vista del nativo, es el turista el pintoresco. Desde el punto de vista de los indios de las islas del Caribe, Cristóbal Colón, con su sombrero de plumas y su capa de terciopelo roja, era un papagayo de dimensiones jamás vistas…
E. G. : En esta civilización que confunde la cantidad con la calidad, la obesidad con la buena alimentación, en la que triunfa la basura disfrazada de comida, la industria está colonizando los paladares del mundo y está destruyendo las tradiciones de las cocinas locales, Los hábitos de la buena cocina que llegan desde lejos. En algunos países, esas tradiciones tienen a sus espaldas milenios de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo, ya que se encuentran en las casas de todos, no sólo sobre la mesa de los ricos. Estas tradiciones, estas señas de identidad cultural, estas fiestas de la vida están siendo aplastadas de manera fulminante por las imposiciones del sabor químico y único. La globalización viola con éxito el derecho a la autodeterminación de la cocina, derecho sagrado, porque la boca es una de las puertas del alma.
E.G. : Los pobres, los verdaderos pobres, son todos aquellos que no tienen tiempo para perder tiempo. Los verdaderos pobres, son aquellos que no tienen silencio y no pueden comprarlo. Son aquellos que tienen piernas pero se han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas han olvidado volar. Son aquellos que comen basura y la pagan como si fuera comida. Son aquellos que tienen el derecho de respirar mierda como si fuera aire. Son aquellos que tienen sólo la libertad de elegir entre un canal de televisión y otro. Son aquellos que viven dramas pasionales con las máquinas. Son aquellos que estando entre muchos, están siempre solos. Los pobres, los verdaderos pobres, son aquellos que no saben que son pobres.
E.G.: La siguiente es un historia verdadera que relató el sultán de Persia miles de años atrás, pero que yo no olvidé, porque es muy poderosa, muy importante. Miles de años atrás dijo el sultán de Persia: "¡Qué maravilla!"; él nunca había probado la berenjena y la estaba comiendo en fetas condimentada con jengibre y hierbas del Nilo. Entonces el poeta de la corte exaltó la berenjena que da placer al paladar y en la cama hace milagros porque para las proezas del amor resulta más estimulante que el polvo de dientes de tigre y que el cuerno rayado del rinoceronte. Un par de bocados después, el sultán dijo: "¡Qué asco!", y entonces el poeta de la corte maldijo la berenjena traidora que retarda la digestión, llena la cabeza de feos pensamientos y empuja a los hombres virtuosos hacia el abismo del delirio y la locura. Alguien malicioso comentó: "Apenas ha elevado a la berenjena al paraíso y ahora la está arrojando al infierno", pero el poeta, que era un profeta de los medios de comunicación de masas, puso las cosas en su lugar: "Yo soy un cortesano del sultán, no un cortesano de la berenjena".
Sabría contarme una historia que explique qué es América?
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Afinidades electivas

Marché para el hospital. Llevaba en la mano un libro de un autor relativamente poco conocido -Saki-. Nada más entrar, localicé al chaval a quien iba a ver, en brazos de una enfermera que le estaba suministrando una dosis de cariño, ese suplemento vitamínico que a veces no tenemos en cuenta. "!Saki, me encanta!", dijo la enfermera en cuanto vió el libro. En la vida uno tiene que relacionarse durante años con infinidad de gente con la que es evidente que tiene poco que ver, y unos minutos bastan para distinguir a alguien con nuestro mismo sistema de valores.
Y, hablando de afinidades, aprovecho para indicar discretamente que en el día de hoy, 30 de septiembre, cumple años una chica muy salada que, junto a su pareja y sus dos niñas, en un tiempo récord, han conquistado una parcela no urbanizable de mi corazón.
!!Felicidades!!.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
En medio de la mitad de la noche

