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viernes, 24 de junio de 2011

Vázquez Montalbán




Manuel Vázquez Montalbán nació en Barcelona en 1939 y murió en Tailandia en el 2003. Escribió, sobre todo, novela negra - con el inspector Carvalho como protagonista- y fue un lúcido analista político. En este terreno publicó libros como "Autobiografía del general Franco", "Pasionaria y los siete enanitos", "Un polaco en la corte del rey Juan Carlos", "La aznaridad". Estoy leyendo este último, gracias a la generosidad de un amigo y, como siempre , es una delicia comprobar la lucidez, la fina ironía y la exacta escritura de Vázquez Montalbán, desde su posición izquierdista insobornable, nada que ver con el panfleto o el forofismo estilo "manoloeldelbombo" de tanto ultrasur de la política.


"La aznaridad" analiza los ocho años del gobierno de Aznar, y alrededores, con una inteligente mirada transversal que desnuda a los principales actores políticos de aquellos años. Ahí van algunas perlas de las primeras páginas (qué quies, acabo de empezalo):


"Desde el comienzo, se vio que el presidente de Gobierno, mal aconsejado por su experto en imagen, gastaba la misma sonrisa en los bautizos que en los entierros"... "No representa ningún prototipo asumido en el catálogo de la fauna política ibérica: ni es el ogro comelotodo a lo Fraga, ni el vendedor de burros tuertos a lo González, ni el viejo zorro a lo Carrillo, ni el mensajero sacrificado y providencial a lo Suárez, ni el mesías del futuro como religión representado por Anguita"... "Aznar tenía en 1998 el mismo y respetabilísimo sistema de señales de un inspector de Hacienda o de un novio lento, seguro, con corbata, que va al cine con su novia y el hermano pequeño de su novia, siempre con el hermano pequeño de su novia"... "Tampoco se reía bien Felipe González en la oposición. Es la suya una risa de flan chino El Mandarín"... "Sospecho que cada vez que Madeleine Albright le concedía un baile a Solana, le metía en los bolsillos no el número de su habitación o de teléfono móvil, sino un albarán de pedidos militares...".


¡Qué inmensa nos resulta su ausencia en estos tiempos de porno duro político-financiero! "Cuando las decisiones políticas han de ser objetivamente reaccionarias, ¿no sería más sensato que las aplicara la derecha?". Palabra de Manuel Vázquez Montalbán.

miércoles, 22 de junio de 2011

Escuchar, oir, hablar

"¿Se me escucha desde el fondo?". "Se te escucha, pero no se te oye". Esta anécdota, comentada por el gran Fernando Lázaro Carreter en uno de sus amenos artículos - reunidos luego bajo el título de "El dardo en la palabra"- hace hincapié sobre la necesidad de expresarse con propiedad, sobre el uso correcto de las palabras. "Todo aquel con capacidad de escuchar, se convierte en médico" según el escritor Henry Miller. Para Oscar Wilde, el estilo era el padre del pensamiento: "cómo" lo decimos, es "qué" decimos.
Perdemos la actitud de escuchar al otro bastante antes de extraviar la audición. Los diálogos, tantas veces monólogos de sordos, suelen carecer de la disposición a la escucha, el talante adecuado para cambiar de opinión, y un acuerdo respecto al significado de las palabras empleadas. De ahí a sustituir el argumento por el volumen de voz empleado, sólo hay un paso. Y ese paso en España mide muy pocos centímetros.
El silencio armonioso entre dos personas es su prueba del algodón. El mutismo, algo muy valorado en lejanas culturas (pongamos, por ejemplo, las orientales), tiene mala prensa en estas latitudes. La charlatanería, el vocerío insustancial - basta presenciar un pseudodebate televisivo- suelen sustituir a la charla distendida, creativa, reflexiva y, sobre todo, respetuosa con el otro.
Paradójicamente, la megatecnología invasora, supuesta alfombra para el paso de la comunicación, ejerce en ocasiones de muro efectivo. Veo a tres personas compartiendo viaje en el tren, y, lejos de buscar paisajes comunes de encuentro, cada uno se sumerge en su teléfono, su ordenador portátil, su audio. Somos, en ocasiones, instrumentos de nuestros propios instrumentos. La charla virtual, aquella que no encuentra como aliada a la comunicación no verbal -que no es la que está exenta de verbos-, nunca podrá suplantar a comer pollo al ajillo con unos buenos amigos. Y si son amigas no te digo nada...
Finalmente, este aforismo exquisito del gran Bernard Shaw (Irlanda con su clima etílico y sus mentes privilegiadas): " Ella había perdido el arte de la conversación, pero no la capacidad de hablar".

P. D. Tras estas divagaciones, tres recomendaciones para mis múltiples seguidores de allende los Pirineos: una peli, "Primera plana", de B. Wilder, corrosiva comedia muy adecuada para estos aciagos tiempos; un libro, "Almas grises", de Philip Claudel, excelente novela que vale por todo un tratado de sociología y psicología; un disco, "Born to run", de Bruce Springsteen, con el gran - en todos los sentidos- Clarence Clemons, recientemente fallecido, al saxo.

martes, 21 de junio de 2011

Javier Marías / Un cuento chino



Cada libro de Javier Marías es recibido por la crítica como un acontecimiento de primer orden, algo comparable a la llegada a las librerías de la última obra de un Faulkner, Joyce, Proust, y en este plan. Desde luego, esa misma crítica le considera como el escritor más relevante e inspirado de la actualidad en este país. Ya sé que publica en la editorial Alfaguara, del grupo Prisa, pero a mí me parece que todo tiene un límite.


Estos días finalicé, con mucho esfuerzo, la lectura de su última obra, "Los enamoramientos". Antes de ella, había leído "Corazón tan blanco" y "Todas las almas", y de todas ellas se deriva la misma sensación: una historia aburrida, poco que contar, escrita de forma farragosa, llena de pesadísimas digresiones que hacen que algo que debería ser narrado en 150 hojas ocupe un espacio de cuatrocientas. Y una escritura embarullada, de pésimo escritor. Ahí van algunas perlas, situadas dentro de alguno de los libros citados:


"el cochecito de niño de mi niño nuevo"; "...supe más tarde que sucediera, sucedió cuando..."; "el profesor del Diestro llevaba muy avanzado el conocimiento trabado de su desconocida"; "aún se entretuvo en la sección viril, ahora probó dos aromas en el envés de sus sendas manos, pronto no le quedarían zonas incontaminadas de los perfumes dispares". Terrible. Un fraude que suena a cuento chino.


"Un cuento chino" es el título de una película hispano-argentina recién estrenada, protagonizada por el excelente actor Ricardo Darín. Una comedia amable que narra la relación de un ferretero huraño, solitario, obsesivo y misántropo, con un chino que no sabe una palabra de español. Seguramente la historia podía dar más de lo que se ve en la pantalla, o transitar por terrenos más ásperos y entregar una visión necesariamente ácida sobre el tema de la emigración, pero la película se deja ver con agrado, lo cual es casi un lujo con la cartelera de cine que encontramos habitualmente.


















lunes, 13 de junio de 2011

Teoría del iceberg




El relato corto, el cuento, las narraciones breves en general, son creaciones que conviven en armonía con estos tiempos apresurados y convulsos que vivimos. A diferencia de las novelas de largo aliento, no reclaman del lector su fidelidad ni una concentración prolongada. Si además hablamos de libro de bolsillo, ya tenemos en las manos el volumen ideal para llenar un viaje de media hora en el transporte público.
Utilizando un símil boxístico, diríamos que el escritor de relatos cortos pretende ganar por KO mientras que el novelista intenta hacerlo a los puntos. Algunos de mis favoritos en el arte de la brevedad narrativa son Guy de Maupassant, Juan Rulfo, O. Henry, Julio Ramón Ribeyro, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ambrose Bierce, Flannery O, Connor, Anton Chejov, E.A. Poe, Horacio Quiroga, Saki, R. L. Stevenson, Eduardo Galeano, William Faulkner (éste, por supuesto, también gran novelista), Ray Bradbury, Raymond Carver, Ernest Hemingway...
De éste último parte la teoría del iceberg sobre el relato corto: en su opinión, lo narrado debe de ser sólo una pequeña parte de la historia, y sirve para que el lector "lea" lo que se encuentra sugerido y no expresado. Para García Márquez, "El gato bajo la lluvia" era uno de sus cuentos favoritos. Ahí va:

El gato bajo la lluvia,
Ernest Hemingway

Sólo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar. Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia.El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaban de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha,un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiera acercarse protegida por los aleros. -Voy a buscar ese gatito -dijo ella. - Iré yo, si quieres -se ofreció su marido desde la cama. -No, voy yo. El pobre minino se acurrucaba bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito! El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama. -No te mojes -le advirtió. La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre muy viejo y muy alto. Il piove -expresó la americana. El dueño del hotel le resultaba simpático. -Si, si signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio.Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes.
Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiera acercarse protegida por los aleros.Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada sin duda, por el hotelero. -No debe mojarse- dijo la muchacha en italiano, sonriendo. Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad. -Ha perduto qualque cosa, signora? -Había un gato aquí- contestó la americana. -¿Un gato? -Si, il gatto. -¿Un gato? -la sirvienta se echó a reír -¿Un gato? ¿Bajo la lluvia? -Sí; se había refugiado en el banco -y después- ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener una gatito. Cuando habló en inglés la doncella se puso seria. -Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará. -Me lo imagino- dijo la extranjera. Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama. -¿Y el gato? -preguntó abandonado la lectura. -Se ha ido. -¿Y donde puede haberse ido? -dijo él, descansando un poco la vista. La mujer se sentó en la cama. -¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito.No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.

George se puso a leer de nuevo. Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo en mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello. -¿No te partece que me convendría dejarme crecer el pelo? -le preguntó, volviendo a mirarse de perfil. George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho. -A mí me gusta como está. -¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho. George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar. -¡Caramba! Si estás muy bonita -dijo. La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya. -Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara. -¿Sí? -dijo George. -Y además quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el pelo frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.

-¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? -dijo George reanudando su lectura. Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras. -De todos modos quiero tener un gato -dijo-.Quiero un gato. Quiero un gato. ahora mismo. si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato. George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta -Avanti- dijo george, mirando por encima del libro. En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban. -Con permiso -dijo la muchacha- el padrone me encargó que trajera esto para la signora.


Aun reconociendo la suprema maestría de gente como Borges, posiblemente el autor que más me ha hecho disfrutar en las distancias cortas ha sido Julio Cortázar. Este es un relato suyo tan breve como ingenioso:

Continuidad de los parques,
Julio Cortázar


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.



Finalmente, el "minimicrorrelato" más famoso de la historia, perteneciente al guatemalteco Augusto Monterroso:


El dinosaurio, Augusto Monterroso


Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.



Curiosamente, una vecina le comentó al escritor que este relato le estaba gustando, aunque aún iba por la mitad de su lectura.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Poesía necesaria



Seguramente los más grandes escritores son poetas, aunque algunos escriban en prosa. Consiguen algo muy difícil: expresar lo que quieren decir con las palabras justas; nada sobra ni falta: vocabulario rico sin caer en el barroquismo amanerado, sencillez sin reduccionismo expresivo. Así, García Márquez al referirse a un bar en donde remojaban sus madrugadas juveniles: "Era el desayunadero de los grandes amanecidos". En "Memorias de Adriano", de Marguerite Yourcenar: "Con el paso del tiempo, la máscara se convierte en rostro".
Desafortunadamente, cierta poesía hermética, ininteligible, que parece necesitar códigos secretos para ser interpretada, ha conseguido alejar a muchos lectores potenciales dirigiéndolos a otras lecturas más accesibles.
Ahí van dos ejemplos de una estupenda poesía que huye de la retórica vacía: el catalán Joan Margarit, y la joven gaditana Raquel Lanseros.


"La muchacha del semáforo"
Tienes la misma edad que yo tenía
cuando empezaba a soñar en encontrarte.
No sabía aún, igual que tú
no lo has aprendido aún, que algún día
el amor es esta arma cargada
de soledad y de melancolía
que ahora te está apuntando desde mis ojos.
Tú eres la muchacha que yo estuve buscando
durante tanto tiempo cuando aún no existías.
Y yo soy aquel hombre hacia el cual
querrás un día dirigir tus pasos.
Pero estaré entonces tan lejos de tí
como ahora tú de mí en este semáforo.
Joan Margarit



BEATRIZ ORIETA
Maestra nacional
(1919-1945)

Los niños corren y saltan a la comba.
Beatriz Orieta pasea junto a Dante
sorteando los pupitres
[en medio del camino de la vida...]
Tiene litros de frío mojándole la espalda.
Apenas pueden nada contra él
los míseros tizones del brasero oxidado.

Entran al aula los gritos infantiles,
huelen a tos y a hambre.
Algunas veces,
Beatriz Orieta casi no contiene
las ganas de llorar
y mira las caritas sucias afanándose
en recordar las tildes de las palabras llanas.

Prosigue Dante todo el día musitando
en el oído de Beatriz Orieta
[...amor que mueve el sol y las estrellas].

Ella siente de veras
que otro mundo es posible
al lado de este mundo gris y parco.

Contra el lejano sol
del lejano crepúsculo
dos amantes se miran a los ojos.
Beatriz Orieta está
apoyada en su hombro.
Los álamos susurran las palabras de Dante.
Los amantes son túneles de luz
a través de la niebla.
Los besos puros son las amapolas
de un cuadro de Van Gogh.

Pasa el invierno lento como pasa un poema.

Pasan el frío andrajoso, la fiebre y el esputo
y toman posesión del blanco cuerpo
igual que las hormigas invadiendo
esas migas de pan abandonadas.

Sesenta años después, entre las ruinas verdes
leo un descanse en paz envejecido
sobre la tumba de Beatriz Orieta.

El silencio es de mármol.
El silencio
es la respuesta de todas las preguntas.

Unos metros más lejos, hace sólo dos años
yace también el hombre
que, apoyado en el hombro de Beatriz Orieta,
dibujó un corazón sobre un tiempo de hiel.

¿Qué más puedo decir?
Que la vida separa a los amantes
ya lo dijo Prévert.
Pero a veces la muerte
vuelve a acercar los labios
de los que un día se amaron.
Raquel Lanseros


lunes, 21 de junio de 2010

José Saramago




"El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir": así comenzaba su discurso de recepción del Nobel el escritor portugués José Saramago, refiriéndose a su abuelo. De familia humilde, hijo de campesinos, su sencillez y profunda humanidad se nos mostraba como una especie de "anti-Cela"; el reconocimiento de la academia sueca le sirvió de amplificador para sus ideas siempre comprometidas con las causas de los más desfavorecidos.



Entre sus libros están "El Evangelio según Jesucristo", una obra en la que humaniza la figura de Jesús, y que sufrió la censura del gobierno de su propio país, vetándola en un certamen europeo, lo que desencadenó el exilio de Saramago llevándolo a vivir a Lanzarote; "Ensayo sobre la ceguera", "Todos los nombres" y " El hombre duplicado" -una especie de trilogía casual- sobre el problema de identidad en el ser humano, de tintes kafkianos (un escritor, Kafka, por el que el escritor portugués sentía devoción), "Alzado del suelo", crónica de revueltas campesinas en el Alentejo, "La caverna", en la que incide en la despersonalización del individuo con una historia de artesanos y megacentro comercial, " El año de la muerte de Ricardo Reis", sobre el gran escritor portugués Fernando Pessoa, "La balsa de piedra", "El viaje del elefante", "Caín"...



La mayoría de su obra es de lectura laboriosa, en cuanto a la forma y al fondo: los temas buscan la reflexión del lector y suelen resultar inquietantes y perturbadores; en cuanto a la forma, solía huir de la puntuación y de las letras mayúsculas, lo que en ocasiones puede resultar fatigoso. En definitiva, reclama una lectura atenta y creativa, de diálogo autor- lector, que remueve interiores. De profundas convicciones políticas, solía comentar que "si las circunstancias forman al ser humano, consigamos que las circunstancias sean lo más humanas posibles". Suyo es también el comentario: "¡Qué cantidad de pobres tiene que haber para hacer un rico!".



Compañero desde hacía muchos años de la periodista andaluza Pilar del Río, que ejercía la labor de traductora de sus libros, con su fallecimiento no sólo desaparece un gran escritor, sino una persona honesta y coherente, de las que tan necesitados estamos.



Para iniciarse en su lectura, yo recomendaría el libro "Memorial del convento", una preciosa historia de amor: ambientado en la época medieval, con la Inquisición de por medio, nos presenta la construcción de un convento y el protagonismo del ser humano humilde y sus duras condiciones de vida, una constante en la narrativa de este escritor que recibió como penúltimo elogio el vituperio del Vaticano.






viernes, 28 de mayo de 2010

La abuela Esther




Eduardo Galeano es un excelente escritor uruguayo de quien ya puse algo en este popular blog; ahí va uno de sus relatos, una pequeña joya:






"La abuela Esther"






La última vez que la abuela viajó a Buenos Aires llegó sin un diente, como un recién nacido. Yo hice como que no lo notaba. Graciela me había advertido, por teléfono, desde Montevideo: "Está muy preocupada. Me preguntó: ¿No me encontrará fea Eduardo?".



La abuela estaba hecha un pajarito. Los años iban pasando y la encogían. Salimos abrazados del puerto. Le propuse un taxi. -"No, no- le dije. No es porque crea que te vas a cansar. Yo sé que vos aguantás. Es que el hotel queda muy lejos, ¿entendés?". Pero ella quería caminar.



-"Escuchame, abuela- le dije. Por aquí no vale la pena. El paisaje es feo. Esta es una parte fea de Buenos Aires. Después, cuando hayas descansado, vamos a ir juntos a caminar por los parques". Se detuvo, me miró de arriba a abajo. Me insultó. Y me preguntó, furiosa: "¿Te creés que yo miro el paisaje, cuando camino contigo?". Se colgó de mí. "Me siento agrandada- me dijo- bajo el ala tuya". Me preguntó: " ¿Te acordás cuando me llevabas alzada, en el sanatorio, después de la operación?". Me habló de Uruguay, del silencio y del miedo. "Está todo tan sucio. Está tan sucio todo". Me habló de la muerte: "Yo voy a reencarnar en un abrojo. O en un nieto o bisnieto tuyo, yo voy a aparecer". -"Pero, vieja- le dije-. Si usted va a vivir doscientos años. No me hable de la muerte, que usted tiene para mucho todavía. "No seas perverso" me dijo. Me dijo que estaba harta de su cuerpo. "Dos por tres, le digo a mi cuerpo: no te soporto; y él me contesta: y yo tampoco". "Mirá", me dijo, y se estiró el pellejo del brazo. "¿Te acordás cuando te estaba matando la fiebre en Venezuela, y yo me pasé la noche llorando en Montevideo, sin saber por qué? Todos estos días yo le venía diciendo a Emma: Eduardo no está tranquilo. Y me vine. Y ahora pienso que no estás tranquilo".



La abuela estuvo unos días y se volvió a Montevideo. Al tiempo, le escribí una carta. Le escribí que no se cuide, que no se aburra, que no se canse. Le dije que yo bien sé de dónde viene el barro con que me hicieron. Y después me avisaron que había tenido un accidente. La llamé por teléfono. "Fue culpa mía- me dijo- Me escapé y me fui caminando hasta la Universidad, por el mismo camino que antes hacía para verte. ¿Te acordás?. Yo ya sé que no puedo hacer eso. Cada vez que voy, me caigo. Llegué al pie de la escalera, y dije, en voz alta: Aroma del tiempo, que era el nombre del perfume que una vez me regalaste. Y entonces me caí. Me levantaron y me trajeron aquí. Creyeron que me había roto algún hueso. Pero hoy, no bien me dejaron sola, me levanté de la cama y me escapé. Salí a la calle, y dije: Yo estoy bien viva y loca, como él me quiere".



En los últimos años, la abuela se llevaba cada vez peor con su cuerpo. Su cuerpo, cuerpo de arañita cansada, se negaba a seguirla. "Menos mal que la mente viaja sin boleto", decía. Yo estaba en España, en mi segundo exilio. En Montevideo, la abuela sintió que había llegado la hora de morir. Antes de morir, quiso visitar mi casa. Con cuerpo y todo. Llegó en un avión, acompañada por mi tía Emma. Viajó entre nubes, entre olas, convencida de que iba en barco; y cuando el avión atravesó una tormenta, creyó que andaba en carruaje, a los tumbos, sobre el empedrado. Estuvo un mes en casa. Comía papillas de bebé y robaba caramelos. En plena noche se despertaba y quería jugar al ajedrez o se peleaba con mi abuelo muerto hacía cuarenta años. A veces intentaba alguna fuga hacia la playa, pero se le enredaban las piernas antes de llegar a la escalera. Al final, dijo: "Ahora ya me puedo morir". Me dijo que no iba a morirse en España. Quería evitarme los líos burocráticos, el traslado del cuerpo y todo eso: dijo que ella bien sabía que yo odiaba los trámites. Y se volvió a Montevideo. Visitó a toda la familia, casa por casa, pariente por pariente, para que todos vieran que había regresado de lo más bien y que el viaje no tenía la culpa. Entonces, a la semana de llegar, se acostó y se murió. Los hijos echaron sus cenizas bajo el árbol que ella había elegido.



A veces, la abuela viene a verme en sueños. Yo camino al borde de un río, y ella es un pez que me acompaña deslizándose, suave, suave, por las aguas.






Dan ganas de leer todo lo de este autor que caiga en nuestras manos. Y, por supuesto, de no escribir ni un relato más.












martes, 18 de mayo de 2010

Día de Internet





Hace unos seis años fui por primera vez al telecentro de Candamo a devolver un paraguas. Sigo llamándolo "Telecentro" a pesar de que hace tiempo que estos espacios se llaman de otra forma más complicada, porque a las cosas que queremos les solemos mantener el nombre con el que las conocimos. Por aquellos tiempos, mi estancia en esos lugares devenía tan insólita como la de un libro en un programa de Gran Hermano (título que, por cierto, está sacado de la obra "1984" de George Orwell). No podía imaginar por entonces que la amistad de quien me había hecho el préstamo iba a suponer un paraguas mucho más grande y providencial frente a las tormentas de la vida.




Recordaba esto el domingo pasado mientras celebrábamos el Día de Internet con un recorrido de unos ocho kilómetros por unos paisajes preciosos, mediante el uso del GPS, con paradas estratégicas, adivinanzas para todos (incluídos los más "peques") ... en una actividad conocida como "geocaching" (sí, lo juro). Un trayecto en el que se practicó con estilo el arte de compartir, derribando muros y creando puentes, en el que las diferencias de edad se difuminaban a golpes de generosidad y de respeto. Se trataba de encontrar un tesoro -aunque teníamos claro que el tesoro ya nos acompañaba desde que comenzamos la ascensión-, con un grupo de personas que confirmaban la metáfora de Eduardo Galeano respecto a los patos (unas veces van unos delante, luego otros, y todos son importantes).




El camino, que eventualmente nos distanciaba, reforzaba nuestras coincidencias. Complicidad, simpatía, colaborar en vez de competir: nada nuevo pero, por obvio, muy a menudo olvidado.




Ya estamos deseando repetir la experiencia; esperemos que el sol vuelva a visitarnos (aunque no se pueda vivir sin paraguas).

miércoles, 12 de mayo de 2010

Kafka y la muñeca viajera




Es una anécdota conocida, al menos entre aquellos que estamos poseídos por el "vicio" de la lectura. Parece ser que el gran escritor checo Franz Kafka estaba un día paseando por el parque berlinés de Steglitz acompañado de su pareja, cuando oyeron llorar a una niña. Al preguntarle los motivos de su llanto, ésta les respondió que había perdido su muñeca. "¡Qué va, se ha ido de viaje!", le contestó Kafka. "¿De viajeee...? ¿Y tú cómo lo sabes?". "Porque me ha escrito y me lo ha dicho"."¿Y dónde está la carta?". "La tengo en casa". "Pues tráemela para que pueda leerla". "Ven mañana al parque y te la traeré. La leeremos juntos".
Aquella noche escribió la carta y se la enseñó a la niña al día siguiente. Le contaba que quería ver mundo, y que le perdonase por no habérselo dicho. La niña se mostró interesada en el viaje, haciéndole muchas preguntas. Él siempre le respondía: "Precisamente eso es lo que me cuenta en la carta de hoy". Durante un montón de semanas, hizo viajar a la "niña-muñeca", conocer a otro muñeco guapísimo, que le gustaba mucho....hasta que al pasar el tiempo la niña perdió el interés; entonces, Kafka "casó" a la muñeca y la envió a un país lejano, mientras que avisaba que no escribiría más. Esta anécdota la cuenta Paul Auster en uno de sus libros, creo que en "Brooklyn Follies". También la utiliza el escritor Jordi Sierra i Fabra en su obra juvenil "Kafka y la muñeca viajera".
Los libros de Kafka han sido siempre objeto de múltiples interpretaciones: autor que reflexiona sobre la alienación del ser humano, analista de los entresijos del poder, existencialista....Seguramente la escritura del checo es todas estas cosas y otras más; la anécdota del parque da un toque de ternura a la imagen pública del creador de una obra tan influyente como inquietante.
Para terminar, las recomendaciones del día, para mis lectores de allende el Pacífico: un libro, "El proceso", de Kafka: el individuo, en manos del absurdo poder arbitrario; una música, la canción "River of tears" (qué se va a hacer, uno es genéticamente melancólico) del gran Eric Clapton; finalmente, una película: "Tiempos modernos", una obra genial de un genio, Charles Chaplin: humor, ternura, reflexión, análisis del presente y anticipación del futuro, sensibilidad con mayúsculas, el ser humano cono referencia constante... en definitiva, el no va más. Debería ser de visión obligada en las escuelas.

martes, 2 de marzo de 2010

Refugio











En el refugio

"La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta" G. K. Chesterton.



Noviembre es un mes lleno de lunes: días más cortos, temperaturas más bajas, humedad en el cuerpo y en el alma. En el horizonte, inquietante, asoma la Navidad: alegría bañada en tarjeta de crédito, besos envueltos en papel de regalo, identidad expedida en el centro comercial. Durante unos días, la ternura cotiza en bolsa. Mas, para el frío de las ausencias devastadoras, no hay abrigos a la venta.


Era noviembre y me había trasladado a Candamo, un bello concejo eminentemente rural de gente noble y acogedora. Unos versos demoledores de Ángel González me definían: "...porque en ningún país puede arraigar tu corazón deshabitado. Nunca, y es tan sencillo, podrás abrir una cancela y decir 'buen día, madre' ". Pocos eran los efectos personales. Los afectos menos. Pero había descubierto un refugio.


Cuando llega noviembre, y hay muchos meses que son noviembre porque el tiempo ( la materia de la que está hecho el hombre, según Borges) deviene en estado de ánimo, encuentro un refugio en el telecentro de Candamo. En él, por algún resquicio secreto, un trozo de cielo entra a diario para quedarse. Allí, C. es un espejo tan limpio que en él reflejamos lo mejor de nosotros mismos: con fulgores de cariño, enciende los ojos más apagados, y tomamos apuntes prodigiosos que cicatrizan nuestras heridas; durante el sortilegio pensamos que el mundo no está mal hecho, y la vida cobra sentido. Con magia de la buena, consigue música del instrumento más desafinado.


Hay, además, páginas web solitarias, humildes, con vínculos que llevan a lugares fecundos, como estaciones de tren varadas en el olvido que enlazan con otras luminosas y alegres: seres humanos de existencia anónima y frágil, islas recónditas que no están en el mapa, de ternura volcánica, sin viajero que las visite.


La vida es un viaje que nos obliga al aprendizaje, nos dice Kavafis en su admirable poema "Itaca", y, si la encontramos pobre, nos recomienda sutilmente que improvisemos otras "Itacas": es preciso encontrar el enlace adecuado y continuar el trayecto.


En mi viaje personal, tal vez el señor Alzheimer, ladrón de recuerdos, me visite algún día, escondido en los harapos del Tiempo. Ahora que puedo, necesito decirle que, en un lugar secreto de mi corazón, allí donde guardo lo que más quiero, siempre vivirán C. y nuestro telecentro, inaccesibles a su despojo.


Escribí esto hace cuatro años. No es un espacio de tiempo desdeñable: más que suficiente para que una persona caiga y se levante, reafirme unas amistades, se difuminen otras, cauterice heridas, improvise ilusiones, acepte derrotas, reconozca límites...en fin, arena de playa moldeada por las olas de la vida. Si vuelvo a poner lo que escribí entonces, mínimamente depurado, es porque el corazón lo identifica hoy día con el mismo cariño con que lo interpretó en aquellos momentos.
Mientras finalizo esta entrada, escucho a Patty Griffin, una cantante a la que acabo de descubrir: "Dear Old Friend", dedicada a las víctimas del huracán Katrina. A mis queridos viejos amigos se unen otros nuevos, viviendo en parcelas no urbanizables de mi corazón, adonde no llega la especulación urbanística: gente admirable e imprescindible para protegerse de los devastadores huracanes del alma.

























































lunes, 1 de marzo de 2010

Monadas



Estaba merendando un café con magdalenas cuando, al mirar la televisión, ví a un chimpancé con un teléfono móvil. Comprobé que tenía la tele encendida, y que lo que estaba presenciando no era mi propio reflejo. ¿ O sí? En cualquier caso, presté atención, que es lo único que se puede prestar en estos tiempos de megacrisis, ciclogénesis, pandemias virtuales, terremotos y festival de Eurovisión.


El reportaje - de interés humano, sin duda - contaba cómo unos turistas, en el zoológico de Saint-Paul (Minesota, EE.UU.), se habían acercado a su jaula (la del chimpancé) con la intención de sacarle una foto y, al hacerlo, el móvil les había caído dentro. Por lo visto, la reacción del mono fue la de acercar el aparato a la oreja y emitir una serie de sonidos guturales ( vamos, igual que si se tratase de un participante en Gran Hermano). Lo mejor vino después, cuando intentó - se veía claramente, estos programas de National Geographic son una maravilla- sacar una foto a sus visitantes. Amagó el inicio del enfoque, les miró, movió la cabeza a uno y otro lado con un gesto que parecía desaprobatorio y les lanzó el móvil en una acción más emparentada con la decepción que con el enfado.


Acabé la merienda sacando la conclusión de que un chimpancé con un teléfono móvil, aunque éste sea de última generación, sigue siendo un chimpancé.


"Con la civilización hemos pasado del problema del hombre de las cavernas al problema de las cavernas del hombre" piensa con meridiana lucidez el filósofo francés Edgar Morin. En el fondo, seguimos siendo aquel hombre primitivo, sin respuesta para las grandes preguntas existenciales: ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Dejará de ser hortera Cristiano Ronaldo?


Si me permiten los herederos de Joseph Conrad y la Sgae, yo diría más o menos lo mismo que Edgar Morin con estas otras palabras: "Del corazón de las tinieblas hemos pasado a las tinieblas del corazón".


"Papá, cambia de canal", dijo un niño a su padre cuando vió que la mañana estaba desapacible. Ante la ciclogénesis de hiperinformación y mundos virtuales, quizá sólo quepa como recurso defensivo cerrar las puertas con la sutil llave de una verdadera cultura humanista, en la que el hombre ( y la mujer ) sean los dueños de una desbocada tecnología que debe ser instrumento del ser humano y no su dios.

martes, 23 de febrero de 2010

Fontaneros



Huyendo de San Valentín, tomo el tren y me dirijo a Oviedo. Aceptando ser un romántico empedernido - siempre estoy "a dos velas"- , las celebraciones a golpe de calendario comercial siempre han suscitado en mí un visceral rechazo, quizá no del todo ajeno a mi físico de enigmática belleza: al preguntar a una chica la dirección de una calle ya rozo la violencia de género. Así pues, hago uso de mi medio de transporte favorito - el tren -, y voy hacia el Fontán, "fontanero " por un día buscando remedios para las tuberías dañadas del alma. Hoy, domingo, es día de mercado y conviven en buena vecindad ropa, comestibles, chamarileros, libros usados, cebollas, flores y todo tipo de objetos que imaginamos en una existencia anónima, olvidados en un desván, arrinconados en un baúl. Son viejos.
Y los viejos, a veces, son objetos.
Para el viaje, llevo dos gratas compañías: el libro "Memorias de Adriano", de Marguerite Yourcenar, y la música del cantautor cubano Silvio Rodríguez. De ambos pienso poner algo al final de esta entrada, en un intento de embellecer de algún modo este día "delcorteinglés".
A la llegada a Oviedo me recibe un sol de invierno, tímido y escurridizo, como esas apariciones que uno acoge con alborozo pero que, distantes, refulgen sin calentar. La calle de Uría, espaciosa y altiva, me lleva hasta el mercado en una especie de tránsito de lujo hacia arrabales más humildes y confortables. La plaza del Fontán, remodelada - no sé si con buen sentido o con poco respeto- continúa siendo una zona sumamente acogedora, aun para los nostálgicos lectores de "Tigre Juan" de Pérez de Ayala.
El batiburrillo propio del mercado difumina regocijos y pesadumbres, llevándonos de la mano a un perezoso deambular que, inconscientemente, persigue encontrar algo sin haberlo buscado, como tantas veces sucede en nuestra vida.
En el primer puesto de libros me encuentro con "Adiós a todo eso", de Robert Graves. La temprana autobiografía de un gran escritor a quien se suele relacionar con "Yo Claudio", pero que es mucho más: autor de un montón de libros entretenidísimos sobre mitología clásica, históricos, relatos cortos, poemas..., situó su residencia en Deià (Mallorca), tras la primera guerra mundial y un matrimonio fallido - quizá también podríamos decir tras un matrimonio que fue una guerra, y un mundo fallido - .
Con el libro en el bolsillo, avanzo unos metros para toparme de bruces con la célebre escultura dedicada a las vendedoras; un amanecido iluminado, maltrecho de todas las acometidas de la noche, le regatea precios con la disciplina de un turista en el bazar de Estambul. El surrealismo al lado de un puesto de berzas.
Casa Ramón es un lugar todo lo castizo que reclama su entorno; mientras que reposto allí, oigo gritos acalorados denunciando desde un puesto a una señora emperifollada que pretendía huir con las gafas que decía probarse. Crisis de decencia, gafas posmodernas para gente que no sabe mirar, salvo para hacerlo hacia su ombligo.
En tanto me dirijo al Campillín, que los domingos funciona como prolongación natural del Fontán, un travieso San Valentín me susurra al oído que - Corporación Dermostética al margen- la gente no debería de quererse porque se necesite, sino necesitarse porque se quiera. "Tenía que haberlo pedido con Casera", se me ocurre.
Allí encuentro los objetos más inesperados, envueltos en un concierto de voces discordantes que alaban una mercancía de venta imposible en muchas ocasiones. Todo un arte se desparrama, elogiando artículos de calidad más que dudosa; virtuosos de la charlatanería rivalizan cruzando palabras como espadas en el aire. "No se trata de huir de la soledad - tan fértil, por otro lado-, sino de sentir juntos, mirando en la misma dirección", vuelve a la carga Valen, que se ha puesto cursi. Adelantamos a una pareja de ancianos que, cogidos de la mano, comparten cariños y añoranzas: desarmado en su palabrería, el pelma del santoral desaparece como por arte de brujería. "Pelea feroz contra la rutina, y un pequeño San Valentín cada día", me digo, como si fuese un cardiólogo recetando a sus pacientes enamorados , un acomodador de una sala de cine que mira la película desde la distancia.
Las grandes composiciones suelen brotar de la desdicha, del desamor, del dolor humano en general. De un corazón devastado puede salir arte, de uno satisfecho sólo podemos esperar artificio. Como ejemplo, la letra de una canción de Silvio Rodríguez, sobre un amor imposible:


" Ojalá "


Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan


para que no las puedas convertir en cristal.


Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.


Ojalá que la luna pueda salir sin tí.


Ojalá que la tierra no te bese los pasos.


Ojalá se te acabe la mirada constante,


la palabra precisa, la sonrisa perfecta.


Ojalá pase algo que te borre de pronto:


una luz cegadora, un disparo de nieve.


Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,


para no verte tanto, para no verte siempre


en todos los segundos, en todas las visiones.


Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.


Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.


Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.


Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.


Ojalá el deseo se vaya tras de tí, a tu viejo gobierno de difuntos y flores.


Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.




Dice Silvio: "La compuse para una mujer que fue mi primer amor; fue un amor que tuve cuando estuve en el ejército, haciendo el servicio militar; la conocí cuando tenía 18 años, fue mi primer amor importante en el sentido de que fue el primer amor que me enseñó cosas. Era una muchacha mucho más evolucionada que yo, más inteligente, más culta. Me enseñó, por ejemplo, a César Vallejo. Después nos tuvimos que separar, estaba estudiando medicina y, en fin, no le cuadró. No sé por qué estudió medicina, cosa loca de ella, en realidad siempre fue de letras. Después estudió letras, se fue a su pueblo Camagüey a estudiar eso y yo me quedé solo aquí en La Habana, totalmente desolado. Pasaron los años y el recuerdo de aquel amor tan productivo, tan bonito, tan útil (ojo, no confundir con utilitario), enriquecedor, de aporte a uno...pues estaba obsesionado yo con esa idea. Y porque fue un amor frustrado, tronchado por las circunstancias, por la vida, no fue una cosa que se agotara, pues se me quedó un poco como un fantasma y por eso compuse esta canción en un momento quizá de delirio, de arrebato, de sentimiento un poco desmesurado: ojalá esto.., ojalá lo otro..."
Como anécdota, sólo me queda decir que la singular estrofa "a tu viejo gobierno de difuntos y flores" despistó a muchos, que interpretaron la canción como una proclama contra el infausto general Pinochet.
Lo de M. Yourcenar quedará para otro día, si es posible. Termino esta entrada en el blog con cierto tinte melancólico escuchando al maravilloso Neil Young y su canción "Such a woman": la fragilidad del corazón expuesta con una eficacia que nunca alcanzarán mis torpes palabras.(Está en Youtube).




viernes, 29 de enero de 2010

J. D. Salinger



Hacia mediados del siglo XIX apareció la obra literaria "Bartleby el escribiente", del escritor Herman Melville (autor de "Moby Dick"). En ella, un escribiente, ayudante de abogado, se niega a realizar cualquier labor que le reclame su jefe, mediante la expresión "Preferiría no hacerlo".


Esta actitud nihilista, cínica, pasiva o como queramos considerarla, instauró lo que posteriormente dió en llamarse "el síndrome Bartleby", aplicado en la literatura a todos aquellos autores que, habiendo escrito uno o dos libros valiosos, desaparecen definitivamente de la escena literaria y de la vida pública. Uno de los casos más conocidos es el del mexicano Juan Rulfo, autor de "Pedro Páramo" y "El llano en llamas"; pero, sin duda, el escritor más "bartlebyano" de la historia es J.D. Salinger, fallecido esta semana a la edad de 91 años.



Jerome David Salinger, nacido en el año 1919 en Nueva York y fallecido este miércoles a los 91 años, fue autor de cuatro libros, el primero de los cuales- "El guardián entre el centeno" (1951) - le dio fama universal. Hasta su fallecimiento, escribió otros tres libros de relatos, viviendo en una suerte de clausura personal, en un severo alejamiento de la vida pública que alimentó todo tipo de sórdidos rumores, a los cuales no fue ajena una de sus hijas, que aprovechó para sacar un libro lleno de detalles truculentos que darían para llenar varios programas de esos de teleporquería que tanto abundan.



"El guardián entre el centeno" es una historia de adolescencia contada en primera persona, con sus dosis de rebeldía, inmadurez pero también lúcido escepticismo ante el mundo de los mayores. Salinger acierta de lleno en el tono de la narración y de ahí que millones de lectores de todo el mundo se hayan sentido identificados en su etapa juvenil con el protagonista (curiosamente, suele ser el libro de referencia de muchos asesinos en serie -que nadie se dé por aludido-).



En estos tiempos en los que tanto se diluyen las fronteras de la vida pública y privada, en que los programas televisivos se nutren sin pudor de vísceras domésticas, cadáveres familiares en el armario y carnaza de vivos y muertos, no deja de resultarme atractiva la actitud de quien, habiendo alcanzado la gloria con una primera obra, se retira sigilosa y educadamente de la pasarela mundana. En cuanto a que si me gustaría enterarme de la sombría existencia de J.D. Salinger en plan de anacoreta y sus vicios privados... " preferiría no hacerlo ".

jueves, 17 de diciembre de 2009

Belén Esteban y Proust



Estaba en la tarde de ayer tomando un café con magdalenas, delante del televisor, cuando salió en la pantalla Belén Esteban hablando de Proust. "¿Será posible?" me dije. Me pregunté si la transformación que estaba presenciando era en realidad una alucinación mental propia de mi avanzada edad, si tal vez el programa exhibía un refinado espectáculo del reputado mago D. Copperfield o si, simplemente, el frío de estos días me había llevado a pasarme con las gotas de coñac en el café. Sea como fuere, presté atención: "Prefiero a Stendhal; al principio me resultó más áspero, pero ahora no puedo prescindir de su compañía". "De todas formas, no hay día de paseo por el parque en el que no lleve conmigo a los dos; cada uno tiene su atractivo y, en el fondo, me sirven de apoyo". "Lo que me resulta más duro es quitárselos a mi hija Andrea (la niña de mis ojos); creo que en lo de sensible es igual que su madre".

No salía de mi estupor. "!Seas quien seas, sal de su cuerpo!" me dije, lamentando que mi atávico agnosticismo me impidiese reclamar los servicios del necesario exorcista. "Por lo visto, su nuevo aspecto ha trascendido al interior, proyectando en él una nueva personalidad", pensé boquiabierto (para introducir una magdalena). Tal vez eso es lo que, en el fondo, buscan quienes se meten en los temibles quirófanos a enfrentarse a gratuitas - en la necesidad, no en el bolsillo- operaciones estéticas: dejar de ser quienes son, insatisfechos consigo mismo, incorporando una nueva personalidad a golpe de talonario.

Seguí escuchando: "Y es que mi Alain era muy cariñoso; aburrido, sí, pero la pareja más cariñosa que he tenido en toda mi vida. Si no fuese por esa manía tan rara que tenía de pasarse horas y horas leyendo...Tengo muy buen recuerdo suyo de él: ya ves que hasta le puse el nombre de sus dos escritores favoritos a mis perros, a pesar de que Andrea estaba empeñada en ponerles Kevin y Borja Mari".

Terminé de merendar, dando paso a la digestión, y me dije que la vida , esencialmente, no era la simple acumulación de años sino el adecuado metabolismo de lo que se ha introducido en ellos, y que un rostro que renuncie al mapa de sus vivencias es como una de esas carpetas que tenemos guardadas en nuestro ordenador, vamos al apartado "Documentos", la abrimos... y resulta que está vacía.

martes, 24 de noviembre de 2009

Borges y otros juegos



Hace años, el argentino Jorge Luis Borges editó una biblioteca personal en la que expresaba sus gustos particulares sobre autores y obras; la denominó - no podía ser de otro modo - "la biblioteca de Babel". De Borges, escritor preciso y minucioso donde los haya, de vastísima cultura, creador de mundos metafísicos plagados de laberintos, espejos y tiempo ("el material de que está hecho el hombre", decía), quizá el más grande literato en castellano del siglo XX y lo que llevamos de XXI, cabía esperar una elección teñida por la amenaza del sopor. Sorprendentemente, lo que nos encontramos es diversión, entretenimiento, ligereza no exenta de calidad, en definitiva encanto. "Encanto" es precisamente la palabra que usa Borges para referirse a Oscar Wilde, uno de los publicados, en el prólogo del libro. "No sé si he sido un buen escritor, pero creo que he sido un buen lector", dice en una de las introducciones. O sea, lo que vemos en Borges es, por encima de todo, un sentido lúdico de la lectura.


Y es este sentido lúdico el que a uno le gustaría reivindicar, no sólo en la lectura, sino, en un sentido más amplio, en la vida en general, lo cual no entra en contradicción con la necesaria profesionalidad y el carácter responsable de cada cual. !Que los dioses nos libren de la solemnidad pomposa y vacía de personajes de cartón (reyes, bunburys, etc,..)! . !Qué sería de los próceres del mundo sin el vacío protocolo!.


Volviendo a Wilde: "Adoro los placeres sencillos: son el último refugio de los hombres complejos"; efectivamente, pocas cosas me resultan más placenteras que tres o cuatro buenos amigos dando cuenta de una comida o cena ( no hace falta que sea la más exquisita) y hablando por los codos. Digo esto porque el espejo - una de las fijaciones de Borges- me comunica insistentemente mi complejidad.


Vivimos tiempos de infancia estirada a impulsos de permisibilidad, pero hurtada a golpes de exigencia: ausencia de límites por una parte, búsqueda obsesiva de resultados y éxitos por la otra. Tras las horas de clase, "escuela" de fútbol, "escuela" de ciclismo, "escuela" de tenis, de danza, de ganchillo...; en fin, formalismo alejado del juego por sí mismo que debe caracterizar los años de niñez. Y la sobreocupación del tiempo, con lo educativo que es el aprender a aburrirse y que la "cabecina" nos suministre recursos, como una farmacia ambulante que nos dispensara medicamentos contra el tedio.


Finalmente, para rematar tanta deriva temática, un poema de Borges:




El remordimiento




He cometido el peor de los pecados


que un hombre puede cometer.


No he sido feliz.


Que los glaciares del olvido me arrastren


y me pierdan, despiadados.


Mis padres me engendraron


para el juego arriesgado y hermoso de la vida,


para la tierra, el agua, el aire, el fuego.


Los defraudé. No fui feliz.


Cumplida no fue su joven voluntad.


Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte


que entreteje naderías.


Me legaron valor. No fui valiente.


No me abandona. Siempre está a mi lado


La sombra de haber sido un desdichado.




viernes, 20 de noviembre de 2009

Bertolt Brecht



Bertolt Brecht fue un poeta y dramaturgo alemán que vivió los agitados tiempos del nazismo. Heterodoxo y comprometido, su obra parece en la actualidad un poco olvidada; sin embargo, su vigencia no puede ser discutida en esta época de sombras y gurús vestidos por Armani, de crisis de euros y valores, de desesperanza Aguirre y casinos financieros en el aire, de negocios con la guerra y con el hambre. Recuerdo esto un 20 de noviembre, aniversario en este país del fallecimiento por muerte natural ( la que él no permitió a cientos de miles de españoles) de un general acunado -como siempre- por ese negocio en forma de secta de éxito, la iglesia católica, la misma que se manifiesta en la calle en defensa de la vida.

En días como éste, ahí van dos poemas de Bertolt Brecht:




General, su tanque es un vehículo poderoso


General, tu tanque es más fuerte que un coche.
Arrasa un bosque y aplasta a cien hombres.
Pero tiene un defecto:
necesita un conductor.
General, tu bombardero es poderoso.
Vuela más rápido que la tormenta y carga más que un elefante.
Pero tiene un defecto:
necesita un piloto.
General, el hombre es muy útil.
Puede volar y puede matar.
Pero tiene un defecto:
puede pensar.




Cuando acabó la última guerra
Hubo vencedores y vencidos.


Entre los vencidos,


el pueblo humilde pasó hambre.
Entre los vencedores


el pueblo humilde también pasó hambre.




"Me llena de orgullo y satisfacción" (¿a qué me sonará esto?) comprobar que los diarios -al menos los que miré por alto- no hacen referencia alguna a la efeméride del generalísimo. Pura higiene cívica. Otra cosa es la justa reinvindicación de las víctimas de la contienda: pasar página, pero leyéndola antes.




Por otro lado, la ministra de Economía, Elena Salgado, pronostica un próximo año 2010 aún peor que los anteriores en lo relativo al empleo, que es algo así como si un entrenador de fútbol dice que la próxima temporada la campaña no sólo va a ser tan mala como la pasada, sino peor(con la diferencia de que a éste lo echarían, lógicamente). Otra vez Bertolt Brecht:




Cuando la casa de los poderosos se derrumba
Cuando la casa de los poderosos se derrumba


muchos humildes mueren aplastados.


Los que no comparten la fortuna de los poderosos


a menudo comparten sus desgracias.


El carro que se despeña por el precipicio


arrastra consigo los sudorosos caballos.




Preguntas de un obrero que lee




Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?


En los libros se mencionan los nombres de los reyes.


¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?


Y Babilonia, tantas veces destruida,


¿Quién la construyó otras tantas?


¿En que casas de Lima, la resplandeciente de oro,


vivían los albañiles?


¿Adónde fueron sus constructores


la noche que terminaron la Muralla China?


Roma la magna está llena de arcos de triunfo.


¿Quién los construyó?


¿A quienes vencieron los Césares?


Bizancio, tan loada,


¿Acaso sólo tenía palacios para sus habitantes?


Hasta en la legendaria Atlántida,


la noche que fue devoradapor el mar,


los que se ahogaban clamaban llamando a sus esclavos.


El joven Alejandro conquistó la India.


¿Él sólo?


César venció a los galos;


¿no lo acompañaba siquiera un cocinero


Felipe de España lloró cuando se hundió su flota,


¿Nadie más lloraría?


Federico Segundo venció en la Guerra de Siete Años,


¿Quién más venció?


Cada página una victoria


¿Quién guisó el banquete del triunfo?


Cada década un gran personaje.


¿Quién pagaba los gastos?


A tantas historias, tantas preguntas.




Y para los radicales, inconformistas, exacerbados críticos de un sistema que llevó al hombre a la luna (aunque quizá también lo alejó de sí mismo - nada es perfecto-), en fin, para esa revolucionaria chusma, siempre descontenta, que se atreve a plantear un cambio de sistema, Bertolt Brecht escribió cosas como ésta:




Parábola del Buda y la casa en llamas
Gautama, el Buda, enseñaba la ciencia de la rueda de la codicia,


de la que estamos tejidos,


y recomendaba prescindir de la avidez,


para así entrar sin deseos en la Nada, que él llamaba Nirvana.
Un buen día, un discípulo le preguntó:


-“¿Cómo es la Nada, maestro?


Todos queremos liberarnos de la avidez,


tal como tu predicas,


pero dinos si la Nada a la que iremos


es algo así como fundirse con todo lo creado,


como cuando uno está echado en el agua a mediodía,


con el cuerpo ligero, casi sin pensamientos,


o durmiéndose, apenas notando como uno se acomoda bajo la manta,


hundiéndose rápidamente;


es decir, si esta Nada es una Nada alegre,


una buena Nada o si, por el contrario,


tu Nada sólo es una Nada fría, vacía y sin sentido”.
El Buda permaneció en silencio mucho tiempo


antes de decir alegremente:
-“Vuestra pregunta no tiene respuesta”.
Pero por la tarde, cuando se habían marchado,


el Buda seguía sentado debajo del algarrobo


y contaba a los otros discípulos,


a los que no le habían preguntado, la siguiente parábola:
“Hace poco vi una casa. Estaba ardiendo.


Por el tejado salían llamas.


Me acerqué y vi que todavía había gente dentro.


Le di una patada a la puerta


y grité que había fuego en el tejado,


advirtiendo a los moradores que salieran deprisa.


Pero no parecían tener prisa.


Uno de ellos quería saber,


mientras el fuego ya le chamuscaba una ceja,


cómo era la vida ahí fuera,


si no estaría lloviendo,


si soplaba el viento,


si había otra casa cerca,


y muchas cosas más.


Sin responder volví a salir de la casa.


Esta gente –pensé- tiene que quemarse


antes de dejar de hacer preguntas.


De verdad os digo, amigos,


que no tengo nada que decirle


a los que todavía no tienen el suelo bastante caliente


para cambiarlo por otro y se quedan donde están”.
Así habló Gautama, el Buda.




¿Queda algún ingenuo que se extrañe aún de que en televisión no haya prácticamente programas de literatura?: un rebaño es mucho más fácil de manipular que un montón de individuos.


P.D.: Fijaibos qué cara de simpático tenía B.B. (Bertolt Brecht, no Brigitte Bardot) pa lo que escribía y los tiempos en que lo escribió.


martes, 3 de noviembre de 2009

Eduardo Galeano



Eduardo Galeano es un escritor uruguayo nacido en Montevideo en 1940. Su obra literaria es vasta y atípica; atento siempre al sufrimiento de los más débiles, la mayoría de sus libros son recopilaciones de historias mínimas (no me refiero a que sus protagonistas sean bajos de estatura, sino a que son una especie de microrrelatos) en las que destacan la sensibilidad y el uso exacto del lenguaje. Otros libros suyos en forma de ensayo son: "Las venas abiertas de América Latina" -ya un clásico, de nuevo de actualidad al regalárselo Hugo Chávez a Obama-, en el que analiza el expolio cometido durante el descubrimiento y conquista de América y "Patas arriba. La escuela del mundo al revés", acerca de la situación internacional, sus contradicciones y disparates. Aquí pongo una entrevista suya, que puede servir para conocer un poco mejor al ser humano; es tan linda que apetece coger inmediatamente uno de sus libros y ponerse a leer.






El punto de vista. Entrevista a Eduardo Galeano

Eduardo Galeano: La diversidad pasa por la diversidad de los puntos de vista posibles: desde el punto de vista del Sur, el verano del Norte es invierno. Y desde el punto de vista de un gusano, un plato de fideos es una orgía; donde los hindúes ven una vaca sagrada, otros ven una gran hamburguesa. Desde el punto de vista de Hipócrates, Galeno, Maimónides y Paracelso, existía una enfermedad llamada indigestión, pero no existía una enfermedad llamada hambre. Desde el punto de vista del búho, del murciélago, del bohemio y del ladrón, el crepúsculo es la hora del desayuno. La lluvia es una maldición para el turista y una bendición para el campesino. Desde el punto de vista del nativo, es el turista el pintoresco. Desde el punto de vista de los indios de las islas del Caribe, Cristóbal Colón, con su sombrero de plumas y su capa de terciopelo roja, era un papagayo de dimensiones jamás vistas…


La diversidad hoy parece bajo ataque por la capacidad homogeneizadora de la globalización. ¿Qué pasa entonces con las culturas, con las identidades?



E. G. : En esta civilización que confunde la cantidad con la calidad, la obesidad con la buena alimentación, en la que triunfa la basura disfrazada de comida, la industria está colonizando los paladares del mundo y está destruyendo las tradiciones de las cocinas locales, Los hábitos de la buena cocina que llegan desde lejos. En algunos países, esas tradiciones tienen a sus espaldas milenios de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo, ya que se encuentran en las casas de todos, no sólo sobre la mesa de los ricos. Estas tradiciones, estas señas de identidad cultural, estas fiestas de la vida están siendo aplastadas de manera fulminante por las imposiciones del sabor químico y único. La globalización viola con éxito el derecho a la autodeterminación de la cocina, derecho sagrado, porque la boca es una de las puertas del alma.


¿Qué es para ti la pobreza?
E.G. : Los pobres, los verdaderos pobres, son todos aquellos que no tienen tiempo para perder tiempo. Los verdaderos pobres, son aquellos que no tienen silencio y no pueden comprarlo. Son aquellos que tienen piernas pero se han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas han olvidado volar. Son aquellos que comen basura y la pagan como si fuera comida. Son aquellos que tienen el derecho de respirar mierda como si fuera aire. Son aquellos que tienen sólo la libertad de elegir entre un canal de televisión y otro. Son aquellos que viven dramas pasionales con las máquinas. Son aquellos que estando entre muchos, están siempre solos. Los pobres, los verdaderos pobres, son aquellos que no saben que son pobres.


A menudo tus historias hacen las cuentas con la televisión, que tú definiste de manera sagaz como la "ametralladora televisiva". ¿Qué piensas de los medios de comunicación de masas?
E.G.: La siguiente es un historia verdadera que relató el sultán de Persia miles de años atrás, pero que yo no olvidé, porque es muy poderosa, muy importante. Miles de años atrás dijo el sultán de Persia: "¡Qué maravilla!"; él nunca había probado la berenjena y la estaba comiendo en fetas condimentada con jengibre y hierbas del Nilo. Entonces el poeta de la corte exaltó la berenjena que da placer al paladar y en la cama hace milagros porque para las proezas del amor resulta más estimulante que el polvo de dientes de tigre y que el cuerno rayado del rinoceronte. Un par de bocados después, el sultán dijo: "¡Qué asco!", y entonces el poeta de la corte maldijo la berenjena traidora que retarda la digestión, llena la cabeza de feos pensamientos y empuja a los hombres virtuosos hacia el abismo del delirio y la locura. Alguien malicioso comentó: "Apenas ha elevado a la berenjena al paraíso y ahora la está arrojando al infierno", pero el poeta, que era un profeta de los medios de comunicación de masas, puso las cosas en su lugar: "Yo soy un cortesano del sultán, no un cortesano de la berenjena".


¿Cuándo supo usted que se dedicaría a esto de escribir?


E.G.: Como todos los uruguayos, yo quise ser futbolista. Pero sólo era superestrella del fútbol mientras dormía; de día, era una vergüenza para la patria. Creo que escribí por eso: para hacer con las manos lo que fui incapaz de hacer con los pies.




¿Y empezó pronto?


E.G.: Empecé trabajando en una fábrica de insecticidas, a los 14 años. Antes, mi infancia fue la libertad: todo el día en las calles, en los descampados, en los cañaverales, en bicicleta, en la playa, jugando... Me dan mucha pena hoy los niños en las ciudades: son los más presos de entre los presos. Son rehenes del miedo. Del miedo a la violación, a la intemperie, prisioneros del pánico de la vida moderna.




¿Fue ahí cuando dejó de ser niño, al ponerse a trabajar?


E.G.: Creo que dejé de ser niño el día en que miré de otra manera las piernas de la maestra caminando entre las filas de pupitres.




¿Y por qué se puso usted a trabajar tan temprano?


E.G.: Hubo una crisis en la familia, y yo quise vivir por mi cuenta, ser libre, independiente. Fui también taquígrafo, cobrador de recibos, dibujante, cajero de banco...




No tuvo mucho tiempo de formarse, de estudiar.


E.G.: Sí lo hice, porque iba a los cafés de Montevideo. ¡Soy hijo de esos cafés! Sí: allí escuchaba a veteranos contadores de historias, narradores portentosos.




¿Por qué portentosos?


E.G: Esos narradores logran que lo que ocurrió vuelva a ocurrir mientras ellos lo cuentan. Si en la historia decían que llovía, ¡tú sentías la lluvia! Si contaban que hacía calor, ¡tú sudabas! Te hacían llorar.




¿Existen todavía contadores de historias así?


E.G.: Alguno. Pero por entonces había tiempo para perder tiempo.




De todas las frases que usted ha escrito, salve una de la quema.


E.G.: Escribí la historia real de un cura y una chica del Buenos Aires del siglo XIX, que se enamoraron y huyeron juntos. Les persiguieron y, al final, fueron fusilados. Por delito de amor. En un capítulo, yo tenía que explicar su primera noche de amor juntos, huidos, a solas. Pero contar el amor es como contar un chiste. ¿Cómo contar el amor con palabras? Es algo tan inexplicable, tan inenarrable...




No me ha dicho cuál es la frase.


E.G.: Espere: escribí y escribí, y le di a leer el capítulo a un amigo muy querido, y me dijo: "Corta". Recorté el texto, y me dijo: "¡Aún hay mucha piedra en las lentejas!". Y, al final, dejé sólo una frase para explicar esa noche de amor. Ésta: "Ellos son dos por error que la noche corrige".


Espléndida.


E.G: Gracias.




Qué suerte tener ese amigo implacable, ¿no?


E.G.: Sí. Mi mujer cumple ahora esa función. Es mi principal manía: que no haya una palabra que sobre en un texto, que estén únicamente las palabras estrictamente necesarias.




Si se excede, llegará al silencio.


E.G.: Sí, como le pasó a aquel pescadero que rotuló sobre la entrada de su tienda: "AQUÍ SE VENDE PESCADO FRESCO". Pasó un vecino y le dijo: "Es obvio que es 'aquí', no hace falta escribirlo". Y borró el AQUÍ. Pasó otro vecino y le dijo: "Es innecesario escribir 'se vende', ¿o acaso regala usted el pescado?".




Y borró el SE VENDE, ¿no?


Y sólo quedó PESCADO FRESCO. E.G.: Sí. Y pasó otro vecino y dijo: "¿Acaso cree que alguien piensa que vende pescado podrido, que escribe 'fresco'...?". Y borró FRESCO.




Ya sólo figuraba PESCADO..


E.G.: Así es... hasta que otro vecino pasó y le dijo al pescadero: "¿Por qué escribe 'pescado'? ¿Acaso alguien dudaría de que se vende otra cosa que pescado, con el olor que sale de aquí?".




¿Esto puede pasarle a usted?


E.G.: Sí, es mi temor, dada mi manía de eliminar palabras superfluas de mis textos. Mi norma es recurrir sólo a palabras que mejoren el silencio.

Sabría contarme una historia que explique qué es América?


E.G.: Le sucedió a mi amigo Juan Bustos, abogado chileno, del equipo de Allende, exiliado en Honduras tras el golpe de Pinochet. Se sentía culpable por estar vivo. Deprimido, se internó en el país y llegó a un pueblo, Yoro. Caminaba su melancolía por las calles, cuando se desató una lluvia feroz. Algo comenzó a golpearle en la cabeza: peces vivos. ¡Llovía peces vivos! Pensó que estaba loco. Trastornado, le gritó a un vecino: "¡Están lloviendo peces!" El vecino, tan tranquilo, con naturalidad, respondió: "Sí, aquí llueven peces". ¡Eso es América!




Lo real maravilloso.


E.G.: La hermosa locura de América. América te golpea con esa belleza violenta. ¡Yo he tenido la suerte de nacer allí!




¿Esa anécdota es real?


E.G.: Sí, sí. Es un fenómeno que se da: un tifón absorbe huevas de peces de la superficie del mar y, desde las alturas, caen crecidos. La realidad golpeó de tal modo a mi amigo Juan Bustos... que salió de su depresión.




¿Y qué debería hacer América para mejorar su futuro?


Ser ella misma. Tiene que elegir entre ser cara o ser caricatura. Si quiere copiar al norte, se convierte en caricatura, en una grotesca imitación del otro




O sea, debería recuperar su identidad.


E.G.: Eso es: ser. Juntarse sus países, afirmar su identidad perdida. Lula y Kirchner lo han sabido ver: es de sentido común. Hay que cooperar, como los patos




¿Los patos?


E.G.: Fíjese en cómo vuelan los patos. Forman un vértice, vuelan en grupo, en forma de punta de flecha. Eso les permite avanzar, eso hace posible su vuelo. Si no lo hicieran así, no lo conseguirían. ¡Ellos tienen más sentido común que nosotros!




Buen símil.


E.G.: Además, nadie se siente "subpato" por volar en la parte de atrás, porque luego pasa hacia adelante, y el de delante, que se cansa más, pasa hacia atrás. Sentido comunitario: sentido común.




Aboga usted por el grupo, por la colectividad.


E.G.: Es que estamos condenados a la ayuda mutua. ¡Sólo eso nos hizo posibles como especie! Si no, no hubiéramos durado ni un cuarto de hora. Deje a un bebé humano solo y no durará mucho. Somos tan frágiles... Para ilustrar esto que dice, Galeano me remite al primer texto de su libro "Bocas del tiempo" (un compendio de breves ¿relatos?, ¿artículos?, ¿historias?, ¿cuentos?... Todo eso son), que empieza así: "Oriol Vall, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien".




Entendido. Pero alguien podría decirle: ¿no es eso una utopía?


E.G.: Sí, pero utopía es ese lugar hacia el que caminas sin jamás llegar a él, porque es como la línea del horizonte: avanzas hacia ella diez pasos, y ella se corre otros diez pasos.




¿Y para qué sirve la utopía?


Para caminar.






miércoles, 30 de septiembre de 2009

Afinidades electivas



Hace unos días me dirigí a un hospital para visitar a un chavalín muy majo ( y gran lector). Ví una peluquería de paso y, como me sobraba tiempo, entré. Era el único cliente, y el peluquero, seguramente con antepasados ingleses -dado su sentido del humor- aplaudió cuando me vió llegar: "efectos de la crisis", apuntó. Posteriormente, con una parsimonia digna de un experto en budismo zen, pasó a ejercer su profesión. "Llevo cuarenta años de profesión y nunca había visto una cabeza tan complicada"; "!Pues si la ves por dentro...!", respondí. Pasamos luego a conversar sobre frivolidades de todo tipo: la caída del cabello -"lo mejor para evitarla es ponerse a un lado" dijo con entonación de experto-, la importancia del pelo - "si fuera muy importante iría por dentro de la cabeza, como las ideas", sentenció, y, para coronar su particular filosofía peluquera me estimuló con esta frase: "al paso que vas, cuando vuelvas por aquí ya tendrás poco y sólo te cobraré la mitad". A todo esto, llevaba allí sentado una hora y diez minutos, y el asunto no tenía visos de finalizar. "Me interesaba ver hoy el informativo de Iñaqui Gabilondo", sugerí (en ese momento eran las doce y diez de la mañana). Finalmente me quitó el trapo que tenía por encima, cobró, me hizo una reverencia y me pidió un autógrafo: "cosas de la crisis", volvió a decir.

Marché para el hospital. Llevaba en la mano un libro de un autor relativamente poco conocido -Saki-. Nada más entrar, localicé al chaval a quien iba a ver, en brazos de una enfermera que le estaba suministrando una dosis de cariño, ese suplemento vitamínico que a veces no tenemos en cuenta. "!Saki, me encanta!", dijo la enfermera en cuanto vió el libro. En la vida uno tiene que relacionarse durante años con infinidad de gente con la que es evidente que tiene poco que ver, y unos minutos bastan para distinguir a alguien con nuestro mismo sistema de valores.

Y, hablando de afinidades, aprovecho para indicar discretamente que en el día de hoy, 30 de septiembre, cumple años una chica muy salada que, junto a su pareja y sus dos niñas, en un tiempo récord, han conquistado una parcela no urbanizable de mi corazón.

!!Felicidades!!.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

En medio de la mitad de la noche



En el fondo, creo que somos todos supervivientes en un naufragio, sea la balsa de oro o de rústicos maderos. Hace años, en una de mis numerosas visitas a un hospital, coincidí con un hombre que iba allí a visitar a su hermana; se hallaba ésta en una situación de postración absoluta, tras varias trombosis sucesivas. Su cuerpo era un mapa de vendajes que ocultaban apenas un montón de magulladuras. Su estado era, prácticamente, vegetativo.


Como todo el mundo sabe, las coincidencias entre los visitantes de enfermos suelen establecer necesarios lazos de complicidad ("¿Cómo está hoy tu hermana?; ¿Qué tal pasó la noche tu madre?, Toma, traje zumo de naranja; Ahí tenéis el periódico de hoy..."), una isla emocional desprotegida en medio de la ciudad, en donde las mentiras piadosas son obligatorias y la sinceridad a ultranza está prohibida. "Pues yo a tu hermana la encuentro mejor; cualquier día a tu madre le dan el alta".


En esos sitios, los minutos son paquidermos ; las horas, un espejismo incierto. Se puede y se necesita hablar. Así es como conocí la historia de aquella enferma (y víctima), contada por su hermano:


"Somos de Mieres. Mi hermana tenía dieciséis años cuando estalló la guerra civil y estaba locamente enamorada -quizá no debería expresarlo así- de un rapaz de El Entrego que trabajaba en la mina. Total que ya hablaban de la futura boda, cuando a él le tocó coger el fusil y marchar para el frente. Pasaron más de dos años sin que supiéramos nada de su situación, sólo rumores... que si estaba en tal sitio, en tal otro, que si estaba preso, que si lo habían fusilao. Finalmente, a finales del treinta y ocho, llegó una carta oficial, notificando su fallecimiento.


A partir de ahí, mi hermana puede decirse que dejó de existir: el dolor pudo más que ella. Estaba en el mundo sin estar. En aquellos tiempos, la palabra depresión no existía en la medicina, al menos en aquella España: mi hermana deambuló de un manicomio a otro, convirtiéndose cada vez más en un despojo humano. Al final de su vida, tuvimos que ingresarla en alguna institución gestionada por monjas (por cierto, las magulladuras no me gustan nada), en donde ya no la quieren después de las últimas trombosis. Y ahí la ves, en estado vegetativo."


Pensé para mí que aquel sucinto relato explicaba mejor la España de la guerra y la posguerra que muchos documentales de la época.


Dije: "Pues yo hoy la encuentro mejor".


Sin llegar a alcanzar el grado de inmensa tragedia individual -dentro de la espantosa tragedia colectiva- que narra el episodio anterior, en el primer mundo del "corteinglés" y del sobreconfort habitan tristezas soterradas que, bajo un manto de sonrisas postizas, perseveran en eternizarse.


Veo a una antigua amiga de Trubia y, como amigo, no sólo le pregunto: "¿Qué tal?", sino que me paro a escuchar su respuesta. "Mejor", me dice; lleva puesto un chaleco muy guapo, que me hace recordar a otra amiga que elogia esta prenda diciendo que "abriga sin oprimir". Se lo digo: "ese chaleco tan lindo que llevas- haciendo juego contigo- es mi metáfora sobre las relaciones humanas ideales: abrigar sin oprimir".


Empieza a desgranarme su estrategia para "salir, del pozo en el que estaba, a la calle" ("mira que detrás de los adoquines está la playa", le dije un día recordando mayo del 68):


"Ante todo, pensé que debía dedicarme todos los días algo de tiempo a mí misma; ya estaba bien de vivir vitalmente a remolque de los demás. Así que una hora para caminar, que es muy bueno, y durante el paseo ver de verdad lo que miraba: a veces, pasas todos los días por un sitio, ves el árbol de todos los días, y no te fijas de qué color son las hojas , igual que a veces uno no se entera de la gente que tiene al lao aunque esté desangrándose.


Siempre me gustó la música, leer un rato, ver cine... ¿qué hacía yo viendo en la tele a Belén Esteban, diciendo que ponía a su hijo por testigo de que nunca utilizaría a su hijo?


Siempre me había gustado la pintura, y no me acordaba cuántos años pasaran desde la última vez que había ido a una exposición. Y lo mismo digo del cine. Así que cogí a Luis y !a la calle!" .


A veces hasta me "autoobligaba" un poco, porque lo que había planeado llegaba el momento y parecía que dejaba de interesarme. Y algo más, intentaba hacer lo del día con la mayor dedicación posible: en el trabajo de la tienda, ser lo más profesional que pudiese (a pesar de alguna clienta que otra un poco "plastas"), en casa, si cocinaba algo, -aunque esto lo hace mejor Luis-poniendo interés y cariño, a ver si me salía la mejor paella del mundo...!Qué quieres, tengo un marido estupendo, tenemos una niña preciosa...y , para colmo, unos amigos que sé que me quieren y me saben escuchar!" En este momento, al darme por aludido, me puse algo colorao, por lo que comentó "Veo que sigues poniéndote rojo"; " Sí , y no están los tiempos para ello, contesté".


Se despidió de mí dándome dos besos - uno por mejilla-, pese a mis protestas alegando antepasados franceses (concretamente, el Marqués de Sade), mientras yo recordaba una de tantas frases a tener en cuenta de ese sabio llamado José Luis Sampedro: "Llega uno a cierta edad en la que más que vivir para qué, uno se pregunta vivir para quién".