jueves, 16 de septiembre de 2010

"El pisito"



Estaba en una sidrería de la calle Gascona de Oviedo, ventilando un poco el alma, cuando entró Pepe Vinyuela; llevaba un libro bajo el brazo ("Las correcciones", de Jonathan Franzen) y se sentó a comer. En un principio, dudé de que pudiese hacerlo con calma, dada la popularidad que la televisión otorga a quienes tienen en ella alguna serie de éxito, pero la gente se comportó con un tacto exquisito, y sólo le solicitó fotos y autógrafos cuando Vinyuela se disponía a marchar. Como derrochó simpatía y amabilidad, decidí ir a ver la obra que representaba en el teatro Filarmónica.


Se trata de la adaptación de un trabajo de Rafael Azcona, "El pisito", que había llevado al cine el director Marco Ferreri. En la película (año 1958), José Luis López Vázquez, ante la imposibilidad de comprar un piso en propiedad, decide casarse con su anciana casera, esperando que ésta fallezca pronto para así heredar. Envuelto en un manto de comedia, el relato esconde, como todos los de Azcona, una visión ácida y plena de lucidez de la realidad social del país. Pepe Vinyuela hace el papel de López Vázquez y la entrañable Asunción Balaguer (viuda del gran Paco Rabal ) el de la anciana.



El teatro estaba lleno y lo pasamos muy bien con un espectáculo enemistado con las segundas tomas y los efectos especiales.


martes, 27 de julio de 2010

La caída del imperio americano



Que todos los imperios terminan desapareciendo es algo de sobra conocido; los españoles somos unos de los beneficiados por ese acto justiciero de la Historia. Aunque las señas de identidad de estos engendros sean comunes: expolio, rapiña, genocidio, aniquilación de culturas, en definitiva todas esas maravillas que hacían decir a Pablo Neruda "sucede que me canso de ser hombre", pocos como el actual imperio americano han exhibido una prepotencia ignorante tan ilimitada. Al menos los romanos eran conscientes de la altura cultural de los griegos y obraban en consecuencia, poniendo a éstos al frente de la educación de sus hijos (con lo cual no sólo reconocían la valía de los dominados, sino que demostraban respeto por la cultura).


Los síntomas que nos hacen presagiar la inminente caída del imperio de las hamburguesas y cocacolas no los encuentra uno en los atolladeros de Wall Street (a estas alturas de la megacrisis, está claro que nadie sabe una palabra de economía), ni en la confusa política exterior del bienintencionado Obama, ni tampoco en las predicciones del pulpo Paul.


La evidencia la hallamos en la foto de arriba, de unos soldados americanos en Afganistán: contemplemos el uniforme de campaña del soldado de la izquierda, con esos luminosos calzoncillos, y su colega de al lado, en su relajada postura apoyando lateralmente la zapatilla de deporte.


Aunque no somos escritores, que saben de la importancia del detalle, ni filósofos, que consiguen ver la idea en el fenómeno, tenemos claro que la pérdida de las formas es el comienzo de la decadencia de todo lo demás.


Y es que las guerras ya no son lo que eran, que diría el añorado Gila.

martes, 29 de junio de 2010

Maestro Llach


La música, la lectura y el cine forman una trinidad cultural y laica sin las que no podría sobrevivir. Poco antes de padecer el lamentable servicio militar -algo que a los jóvenes, afortunadamente, les sonará a chino- tuve la suerte de conocer la existencia de un músico catalán llamado Lluís Llach. Por aquellos tiempos, el simple hecho de cantar en tu lengua materna era motivo de prohibiciones, persecución y, como en el caso de este cantautor, frecuentes exilios. Salidas obligatorias de un país que, en el fondo, eran certificados de buena conducta (algo así como los vituperios del Vaticano respecto a Saramago). De aquella época en la que manejé un fusil y una ametralladora - una imagen simétrica a la del Papa con una pala y una carretilla-, es el disco de Llach "Campanades a morts", inspirado en el asesinato de unos obreros, reunidos en una iglesia de Vitoria, a manos de la policia; un asesinato, por cierto, todavía no resuelto en esta mascarada de democracia que habitamos.
La música siempre me ha llegado por canales irracionales, fuera de circuitos lógicos, de ahí su gran capacidad para transmitirme sensaciones, emociones, potenciar estados de ánimo, mitigar tristezas, exacerbar euforias, con una sutilidad para llegar a lo más recóndito de nuestro interior que difícilmente logran otras disciplinas artísticas. De ahí que lo que más valoro cuando oigo un disco es lo puramente musical, por encima de las letras de las canciones. En el caso de Llach, encontré una gran sensibilidad, apoyada en una voz plena de fuerza y matices, que tan pronto susurraba ternuras como rugía huracanada, con una gran base musical y una actitud ética irreprochable; un músico capaz de entonar pegadizos himnos antifranquistas tanto como melodías de inspirado lirismo.
De sus primeros años es esta preciosa canción de amor (como afortunadamente no la voy a tararear, pongo la letra):


QUE TENGAMOS SUERTE
(QUE TINGUEM SORT)

Si me dices adiós
quiero que el día sea limpio y claro,
que ningún pájaro
rompa la armonía de su canto.

Que tengas suerte
y que encuentres
lo que te ha faltado en mí.

Si me dices te quiero
que el sol haga el día mucho más largo,
y así robar
tiempo al tiempo de un reloj parado.

Que tengamos suerte,
que encontremos
todo lo que nos faltó ayer.

Que mañana faltará el fruto de cada paso
para ganar lo que todos hemos
esperado estos años.
Cada paso nos acerca más al mañana
y por esto a pesar de la niebla, hay que andar.

Si vienes conmigo
no pidas un camino llano
ni estrellas de plata
ni una mañana llena de promesas,
solamente
un poco de suerte
y que la vida nos dé un camino
bien largo.

Es bien sabido que los catalanes son los habitantes del Estado Español más vilipendiados: avaros, separatistas, egoístas, instigadores del asesinato de Kennedy...incluso desde autonomías como la nuestra, en la que el grandonismo nos lleva a afirmar que "España ye Asturias, y lo demás tierra conquistada". A partir de un nacionalismo centralista, que quiere negar todas las ricas diversidades - aunque, eso sí, idolatrando un país tan federalista como EE.UU.- se llega al absurdo de censurar que un catalán hable la lengua catalana en Cataluña. De los primeros tiempos es esta otra canción:


VENIMOS DEL NORTE, VENIMOS DEL SUR...
(VENIM DEL NORD, VENIM DEL SUD...)

Venimos del norte
venimos del sur
de tierra adentro
de allende el mar
y no creemos en fronteras
si un compañero está detrás
con sus dos manos abiertas
a una mañana liberado.
Y caminamos para poder ser
y queremos ser para caminar.

Venimos del norte
venimos del sur
de tierra adentro
de allende el mar
y no nos conduce ninguna bandera
que no se llame libertad,
la libertad de vida plena
que es libertad para los míos.
Y queremos ser para caminar
y caminar para poder ser.

Venimos del norte
venimos del sur
de tierra adentro
de allende el mar
y no sabemos himnos triunfales
ni marcar el paso con el vencedor,
que si el combate es sangriento
nos avergonzaremos de la sangre vertida.
Y queremos ser para caminar
y caminar para poder ser.

Venimos del norte
venimos del sur
de tierra adentro
de allende el mar
serán inútiles las cadenas
de un poder siempre esclavizante
porque es la vida misma
la que nos obliga a dar cada paso.
Y caminamos para poder ser
y queremos ser para caminar.

Finalmente, una obra maestra absoluta: "Viatge a Itaca", basada en un poema de Constantino Kavafis. La re-evolución personal como motor de vida. La letra de la primera parte es de Kavafis, la segunda y tercera de Llach:




ITACA


I
Cuando salgas para hacer el viaje hacia Itaca
has de rogar que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
Has de rogar que sea largo el camino,
que sean muchas las madrugadas
en las que entres en un puerto que tus ojos ignoraban,
que vayas a ciudades a aprender de los que saben.
Ten siempre en el corazón la idea de Itaca.

Has de llegar a ella, es tu destino
pero no fuerces nada la travesía.
Es preferible que dure muchos años
que seas viejo cuando fondees en la isla
rico de todo lo que habrás ganado haciendo el camino
sin esperar a que dé más riquezas
Itaca te ha dado el bello viaje
sin ella no habrías salido.
Y si la encuentras pobre, no es que Itaca
te haya engañado.
Sabio como muy bien te has hecho
sabrás lo que significan las Itacas.

II

Más lejos, tenéis que ir más lejos
de los árboles caídos que os aprisionan.
Y cuando lo hayáis conseguido
tened bien presente no deteneros.

Más lejos, siempre id más lejos,
más lejos del presente que ahora os encadena.
Y cuando estéis liberados
volved a emprender nuevos pasos.

Más lejos, siempre mucho más lejos,
más lejos del mañana que ya se acerca.
Y cuando creáis que habéis llegado,
sabed encontrar nuevas sendas.

III

Buen viaje para los guerreros
que a su pueblo son fieles
favorezca el Dios de los vientos
el velamen de su barco
y a pesar de su viejo combate
tengan placer de los cuerpos más amantes,

Llenen redes de queridos luceros
llenos de aventuras, llenos de conocimiento.
Buen viaje para los guerreros
si a su pueblo son fieles
y a pesar de su viejo combate
el amor llene su cuerpo generoso
encuentren los caminos de viejos anhelos
llenos de aventuras, llenos de conocimiento.

lunes, 21 de junio de 2010

José Saramago




"El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir": así comenzaba su discurso de recepción del Nobel el escritor portugués José Saramago, refiriéndose a su abuelo. De familia humilde, hijo de campesinos, su sencillez y profunda humanidad se nos mostraba como una especie de "anti-Cela"; el reconocimiento de la academia sueca le sirvió de amplificador para sus ideas siempre comprometidas con las causas de los más desfavorecidos.



Entre sus libros están "El Evangelio según Jesucristo", una obra en la que humaniza la figura de Jesús, y que sufrió la censura del gobierno de su propio país, vetándola en un certamen europeo, lo que desencadenó el exilio de Saramago llevándolo a vivir a Lanzarote; "Ensayo sobre la ceguera", "Todos los nombres" y " El hombre duplicado" -una especie de trilogía casual- sobre el problema de identidad en el ser humano, de tintes kafkianos (un escritor, Kafka, por el que el escritor portugués sentía devoción), "Alzado del suelo", crónica de revueltas campesinas en el Alentejo, "La caverna", en la que incide en la despersonalización del individuo con una historia de artesanos y megacentro comercial, " El año de la muerte de Ricardo Reis", sobre el gran escritor portugués Fernando Pessoa, "La balsa de piedra", "El viaje del elefante", "Caín"...



La mayoría de su obra es de lectura laboriosa, en cuanto a la forma y al fondo: los temas buscan la reflexión del lector y suelen resultar inquietantes y perturbadores; en cuanto a la forma, solía huir de la puntuación y de las letras mayúsculas, lo que en ocasiones puede resultar fatigoso. En definitiva, reclama una lectura atenta y creativa, de diálogo autor- lector, que remueve interiores. De profundas convicciones políticas, solía comentar que "si las circunstancias forman al ser humano, consigamos que las circunstancias sean lo más humanas posibles". Suyo es también el comentario: "¡Qué cantidad de pobres tiene que haber para hacer un rico!".



Compañero desde hacía muchos años de la periodista andaluza Pilar del Río, que ejercía la labor de traductora de sus libros, con su fallecimiento no sólo desaparece un gran escritor, sino una persona honesta y coherente, de las que tan necesitados estamos.



Para iniciarse en su lectura, yo recomendaría el libro "Memorial del convento", una preciosa historia de amor: ambientado en la época medieval, con la Inquisición de por medio, nos presenta la construcción de un convento y el protagonismo del ser humano humilde y sus duras condiciones de vida, una constante en la narrativa de este escritor que recibió como penúltimo elogio el vituperio del Vaticano.






viernes, 28 de mayo de 2010

La abuela Esther




Eduardo Galeano es un excelente escritor uruguayo de quien ya puse algo en este popular blog; ahí va uno de sus relatos, una pequeña joya:






"La abuela Esther"






La última vez que la abuela viajó a Buenos Aires llegó sin un diente, como un recién nacido. Yo hice como que no lo notaba. Graciela me había advertido, por teléfono, desde Montevideo: "Está muy preocupada. Me preguntó: ¿No me encontrará fea Eduardo?".



La abuela estaba hecha un pajarito. Los años iban pasando y la encogían. Salimos abrazados del puerto. Le propuse un taxi. -"No, no- le dije. No es porque crea que te vas a cansar. Yo sé que vos aguantás. Es que el hotel queda muy lejos, ¿entendés?". Pero ella quería caminar.



-"Escuchame, abuela- le dije. Por aquí no vale la pena. El paisaje es feo. Esta es una parte fea de Buenos Aires. Después, cuando hayas descansado, vamos a ir juntos a caminar por los parques". Se detuvo, me miró de arriba a abajo. Me insultó. Y me preguntó, furiosa: "¿Te creés que yo miro el paisaje, cuando camino contigo?". Se colgó de mí. "Me siento agrandada- me dijo- bajo el ala tuya". Me preguntó: " ¿Te acordás cuando me llevabas alzada, en el sanatorio, después de la operación?". Me habló de Uruguay, del silencio y del miedo. "Está todo tan sucio. Está tan sucio todo". Me habló de la muerte: "Yo voy a reencarnar en un abrojo. O en un nieto o bisnieto tuyo, yo voy a aparecer". -"Pero, vieja- le dije-. Si usted va a vivir doscientos años. No me hable de la muerte, que usted tiene para mucho todavía. "No seas perverso" me dijo. Me dijo que estaba harta de su cuerpo. "Dos por tres, le digo a mi cuerpo: no te soporto; y él me contesta: y yo tampoco". "Mirá", me dijo, y se estiró el pellejo del brazo. "¿Te acordás cuando te estaba matando la fiebre en Venezuela, y yo me pasé la noche llorando en Montevideo, sin saber por qué? Todos estos días yo le venía diciendo a Emma: Eduardo no está tranquilo. Y me vine. Y ahora pienso que no estás tranquilo".



La abuela estuvo unos días y se volvió a Montevideo. Al tiempo, le escribí una carta. Le escribí que no se cuide, que no se aburra, que no se canse. Le dije que yo bien sé de dónde viene el barro con que me hicieron. Y después me avisaron que había tenido un accidente. La llamé por teléfono. "Fue culpa mía- me dijo- Me escapé y me fui caminando hasta la Universidad, por el mismo camino que antes hacía para verte. ¿Te acordás?. Yo ya sé que no puedo hacer eso. Cada vez que voy, me caigo. Llegué al pie de la escalera, y dije, en voz alta: Aroma del tiempo, que era el nombre del perfume que una vez me regalaste. Y entonces me caí. Me levantaron y me trajeron aquí. Creyeron que me había roto algún hueso. Pero hoy, no bien me dejaron sola, me levanté de la cama y me escapé. Salí a la calle, y dije: Yo estoy bien viva y loca, como él me quiere".



En los últimos años, la abuela se llevaba cada vez peor con su cuerpo. Su cuerpo, cuerpo de arañita cansada, se negaba a seguirla. "Menos mal que la mente viaja sin boleto", decía. Yo estaba en España, en mi segundo exilio. En Montevideo, la abuela sintió que había llegado la hora de morir. Antes de morir, quiso visitar mi casa. Con cuerpo y todo. Llegó en un avión, acompañada por mi tía Emma. Viajó entre nubes, entre olas, convencida de que iba en barco; y cuando el avión atravesó una tormenta, creyó que andaba en carruaje, a los tumbos, sobre el empedrado. Estuvo un mes en casa. Comía papillas de bebé y robaba caramelos. En plena noche se despertaba y quería jugar al ajedrez o se peleaba con mi abuelo muerto hacía cuarenta años. A veces intentaba alguna fuga hacia la playa, pero se le enredaban las piernas antes de llegar a la escalera. Al final, dijo: "Ahora ya me puedo morir". Me dijo que no iba a morirse en España. Quería evitarme los líos burocráticos, el traslado del cuerpo y todo eso: dijo que ella bien sabía que yo odiaba los trámites. Y se volvió a Montevideo. Visitó a toda la familia, casa por casa, pariente por pariente, para que todos vieran que había regresado de lo más bien y que el viaje no tenía la culpa. Entonces, a la semana de llegar, se acostó y se murió. Los hijos echaron sus cenizas bajo el árbol que ella había elegido.



A veces, la abuela viene a verme en sueños. Yo camino al borde de un río, y ella es un pez que me acompaña deslizándose, suave, suave, por las aguas.






Dan ganas de leer todo lo de este autor que caiga en nuestras manos. Y, por supuesto, de no escribir ni un relato más.












martes, 18 de mayo de 2010

Día de Internet





Hace unos seis años fui por primera vez al telecentro de Candamo a devolver un paraguas. Sigo llamándolo "Telecentro" a pesar de que hace tiempo que estos espacios se llaman de otra forma más complicada, porque a las cosas que queremos les solemos mantener el nombre con el que las conocimos. Por aquellos tiempos, mi estancia en esos lugares devenía tan insólita como la de un libro en un programa de Gran Hermano (título que, por cierto, está sacado de la obra "1984" de George Orwell). No podía imaginar por entonces que la amistad de quien me había hecho el préstamo iba a suponer un paraguas mucho más grande y providencial frente a las tormentas de la vida.




Recordaba esto el domingo pasado mientras celebrábamos el Día de Internet con un recorrido de unos ocho kilómetros por unos paisajes preciosos, mediante el uso del GPS, con paradas estratégicas, adivinanzas para todos (incluídos los más "peques") ... en una actividad conocida como "geocaching" (sí, lo juro). Un trayecto en el que se practicó con estilo el arte de compartir, derribando muros y creando puentes, en el que las diferencias de edad se difuminaban a golpes de generosidad y de respeto. Se trataba de encontrar un tesoro -aunque teníamos claro que el tesoro ya nos acompañaba desde que comenzamos la ascensión-, con un grupo de personas que confirmaban la metáfora de Eduardo Galeano respecto a los patos (unas veces van unos delante, luego otros, y todos son importantes).




El camino, que eventualmente nos distanciaba, reforzaba nuestras coincidencias. Complicidad, simpatía, colaborar en vez de competir: nada nuevo pero, por obvio, muy a menudo olvidado.




Ya estamos deseando repetir la experiencia; esperemos que el sol vuelva a visitarnos (aunque no se pueda vivir sin paraguas).

lunes, 17 de mayo de 2010

13.266.126,12


La cifra del título no corresponde al sorteo de la primitiva. Tampoco es el número de teléfono de Elsa Pataky. Se trata- pasmémonos, si aún no hemos perdido esa capacidad- de la partida presupuestaria mensual destinada a financiar a la Iglesia, en un país gobernado o así por un partido que se pretende socialista y de izquierdas, al cual hostigan, con habitual regularidad, jerarcas de esa secta mediante algarabías callejeras, agarrados del brazo de la oposición.

Machismo, homofobia, reaccionarismo, tibieza en la condena de la pederastia interna, riqueza escandalosa, son algunas de las lindezas de esta institución, que convoca la resignación en los excluídos durante su estancia en el más acá con la promesa de ser premiados en un más allá incierto.
Una secta que al triunfar pretende convertirse en guardián de todas las esencias y vigilante estricto de la moral privada, con una biografía lamentable de imposición de dogmas y vergonzoso compadreo con el poder por más siniestro que éste sea.

Su delirante pretensión de tener línea exclusiva (supongo que a cobro revertido) con el Todopoderoso - no me refiero a Florentino Pérez- y de ejercer su representación en la Tierra es un disparate análogo a otorgar el puesto de Directora de la Biblioteca Nacional a Belén Esteban.

Curiosamente, no hay noticia de que el gobierno piense reducir el déficit mediante ajuste alguno en este apartado. Salarios, pensiones, cultura, sanidad, el llamado estado de bienestar se va al garete antes que tocar los privilegios de este grupo que hace de las cuestiones espirituales una inversión en Bolsa.