lunes, 4 de marzo de 2013

Elogio de la locura*



Mientras que todo está patas arriba, mientras que un tsunami se ha llevado por delante cualquier sistema de valores, mientras que el logopeda de Rajoy se ha recluido en un monasterio budista, el sentido común sigue gozando de un prestigio desmesurado. Vale, si el paso de peatones está en rojo, y viene lanzado un tráiler, es sensato no ponerse a cruzar. Por lo demás, uno cree que el tan promocionado sentido común es un agente secreto -otro más, como el miedo- del sistema para mantenernos a todos a la distancia adecuada, y no molesten que les señalo con el foco de los apestados por salirse del rebaño.
En definitiva, el sentido común, ese impostor, es ese carcelero disfrazado de mayordomo que nos sirve, ceremonioso y convencional, una dieta restrictiva que nos impide devorar la vida.


Lo expresaba muy bien el poeta de Alejandría, K. Kavafis, en su poema "Un viejo", una reivindicación del "Carpe diem":
                                                  
                                                              
En el fondo de un bullicioso café
inclinado sobre la mesa, está sentado un viejo:
con un periódico delante, sin compañía.

Y en el abandono de su triste vejez
medita cuán poco gozó  de los años
en que aún tenía vigor, verbo y belleza.
Sa be que ha envejecido mucho; lo siente, lo ve.
                                                  Y, sin embargo, el tiempo en que fue joven le parece ayer.
                                                      ¡Qué poco tiempo hace, qué poco tiempo!
                                                        Ve cómo de él se burló la Sensatez;
                                                       y cómo en ella confió siempre -¡qué locura!-
                                                que falaz decía: "Mañana. Tienes mucho tiempo".
                                         Recuerda impulsos que contuvo
                                             y tanto gozo como sacrificó.
                                      Cada ocasión perdida se burla ahora
                                           de su sensatez sin seso....
 
                                         Pero de tanto pensar y recordar,
                                                               el viejo cae aturdido. Y se duerme
                                                                   apoyado en la mesa del café.
 
 El poema fue musicado por el ampurdanés Lluís Llach en esta versión, titulada "A la taverna del mar":


 
 
 
Para insistir en este linchamiento de la pareja de hecho posibilismo/sentido común, añadiré unas bellas palabras de Eduardo Galeano sobre la utopía:
 
Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos,
ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte
se corre diez pasos más para allá.

Por mucho que camine,
nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la Utopía?
Para eso sirve: Para caminar.
 
 
*Para Helena, claro.
 


 

jueves, 28 de febrero de 2013

Lecturas y Rodríguez


El escritor Jesús Ferrero decía hace tiempo en una entrevista, que lectores, lo que se dice lectores, en España había unos diez mil. El resto, hasta completar unos cuantos millones, ya era otra cosa. Es un comentario que puede parecer elitista, incluso pedante; sin embargo, no puedo estar más de acuerdo. Paso por una librería, y miro la lista de libros más vendidos. En el apartado de ficción, la trilogía porno-ligth de "Cincuenta sombras de Grey", junto a  ese escritor llamado Jorge Javier Vázquez, acaparando los cinco primeros puestos. Entre los libros de no ficción, Ratzinger y su "Infancia de Jesús", al lado de las Memorias de Aznar (por cierto...¿qué hace este libro clasificado como "no ficción"?, y una biografía de Sergio Ramos,  jugador del Real Madrid.
Soy de los que creen que, en la infancia,  cualquier cosa que se lea sirve (incluso las memorias del logopeda de Rajoy) para coger la postura, para generar un hábito. Y que hay autores que son visitables en cualquier momento de la vida (Stevenson, London..y tantos otros). Pero si de adulto tu umbral de lectura es el mismo que el que tenías con doce años, algo falla en tu comprensión lectora. Y es que sucede que hay quien no se mueve de Ruiz Zafón.
No pretendo que la masa lea a Borges, pero, por si algún despistado pasa por este blog, aquí recomiendo alguno de los libros que últimamente me han gustado, en general encontrados en librerías de viejo (no es que prohiban la entrada a menores de cincuenta años):
"Las voces del Pamano", del catalán Jaume Cabré. Una novela excelente sobre la posguerra española, que vale por un montón de libros de historia; víctimas y verdugos, Iglesia, maestro, falangistas y potentados, en una obra muy bien escrita.
"Suite francesa", de Irene Némirovsky. La huida en masa de los franceses, particularmente su burguesía, ante la invasión nazi. Una escritora de gran fuerza narrativa, asesinada en Auswitchz, de quien se está rescatando ahora en España toda su obra.
"Tierra desacostumbrada", de Jhumpa Lahiri. Un conjunto de relatos de esta escritora americana de origen bengalí que, con la característica sutileza oriental, describe el desarraigo y la incomunicación generacional.
"1.280 almas", de Jhim Thompson. Antiguo guionista de cine ("Senderos de gloria", de S. Kubrick), una mezcla de Erskine Caldwell y el Eduardo Mendoza de "El misterio de la cripta embrujada", Thompson logra aquí un libro muy divertido y bien escrito.
"De vidas ajenas", de Emmanuel Carrère. Un libro durísimo que rebosa vida; tsunami asiático, cáncer...y, pese a todo, ganas de devorar la vida. Si estás en horas bajas, no lo leas.
Bueno, y como me siento generoso, aquí va una recomendación musical: un cantautor a quien está redescubriendo un documental actual. Se trata del americano de origen mexicano Sixto Rodríguez, un ídolo en Sudáfrica, que en EE.UU. no vendió un disco ni a su madre ( y no era huérfano). Por ello, de músico derivó a trabajador de la construcción. Quizá un híbrido  de Bob Dylan y Don Mc Lean, el de "American Pie".
Lo cual no es decir poco en su favor.
Sixto Rodríguez, "Crucify your mind", quizá un título muy apropiado para estos tiempos.
 
 

martes, 19 de febrero de 2013

Promesas y deberes

"...Bueno, en eso consiste mi deber -contesté-. En no hacer nada, quiero decir. Por eso me votan los electores." ("1.280 almas", Jim Thompson).
El libro de referencia, cuyo autor semeja un híbrido de Erskine Caldwell y Eduardo Mendoza, pone en boca de su protagonista esa frase, que curiosamente define de un plumazo la personalidad, la valía y la catadura moral de Mariano Rajoy, el chico de los recados de Ángela Merkel. Vale, admitamos también que no quedan muy bien parados aquellos que, llevados por el forofismo o por una cogorza alcohólica monumental, votan a cierta gentuza.
"No he cumplido mis promesas, pero he cumplido mi deber", ha dicho el ínclito, cuyas intervenciones han devenido inesperadamente en un remedo caricaturesco de Groucho Marx. Uno, con el ingenuo empleo de la lógica en estos tiempos caóticos, pensaba que el deber de un presidente de gobierno digno de tal nombre, era cumplir sus promesas, es decir aplicar el programa con el que se había presentado a las elecciones, un contrato ante sus votantes.
Habíamos olvidado que, para estos impresentables, la palabra dada tiene el valor de un poema en la cabeza de un chimpancé.

jueves, 24 de enero de 2013

Neandertales

En mi pueblo hay una cueva prehistórica. Estaba dando un día un paseo, mientras meditaba sobre la fascinante complejidad de la vida, capaz de entregarnos personas tan dispares como Brad Pitt y Cristóbal Montoro, cuando un coche, matrícula de Madrid, paró a mi lado y me interpeló: "Oiga, ¿usted viene de la cueva?" - así, sin "buenos días", ni nada-. "No. Yo tuve un virus de pequeño", respondí.
El filósofo francés Edgar Morin dice que, con la civilización, hemos pasado del hombre de las cavernas al problema de las cavernas del hombre. El gran Joseph Conrad tituló uno de sus libros imprescindibles "El corazón de las tinieblas" o, tal vez, "Corazón de tinieblas". El paso del primer título al segundo equivale a lo que, con otras palabras, explicaba Morin.
Uno, con una filosofía más de andar por casa, piensa que la evolución del ser humano ha hecho que pasemos del hombre de las cavernas al hombre de las tabernas.
Y ahora tenemos a un genetista intentando reproducir neandertales. Es lo mismo que, con otros medios, pretenden conseguir los gobiernos de turno: neandertales sociales, inoculados con el virus de la resignación infinita.
En espera de inmediatos y profundos acontecimientos, solacémonos con el fino humor de Urdangarín, cuya chabacanería parece ser proporcional a su codicia. Un neandertal sin clase, residente en una lujosa cueva de Alí Babá.

lunes, 21 de enero de 2013

Enfermedad


Estaba enfermo: una enfermedad crónica. Los médicos le habían suministrado el tratamiento habitual en estos casos, sin resultado alguno. Así que, cinco días a la semana -de lunes a viernes- se enchufaba a la máquina, en busca de la transfusión. Al acercarse a ella, notaba cómo aumentaba la frecuencia de sus latidos (nada importante, la taquicardia habitual); luego, hacía "doble click" y abría el correo electrónico: allí estaban los e-mails de ella, arterias que conducían los glóbulos rojos (las palabras de cariño) a su organismo. De esta forma sobrevivía, ya que vivir en plenitud no estaba a su alcance.
Los médicos le habían recetado, por pura rutina, grandes dosis de sentido común. Era inútil: un caso perdido, enfermo incurable de amor, que se enchufaba al ordenador con la ansiedad de un comprador compulsivo en época de rebajas.

miércoles, 16 de enero de 2013

El tonto del pueblo

Eran tiempos oscuros de escuela, iglesia y cuartel, y calla que te doy una hostia. En la escuela había todo un arsenal de armas de tortura: palos, reglas, gomas del butano formaban la pedagogía del binomio conocimientos/sangre. En los bares se prohibía "blasfemar y hablar de política". La censura del cine llegaba a ser  surrealista, modificando diálogos, convirtiendo una relación adúltera en incestuosa ("Mogambo"). El campesino que cometía el desatino de trabajar su tierra en domingo, desafiando el Día del Señor, se arriesgaba a la multa subsiguiente. La mujer llevaba un burka social: necesitaba permiso de su marido -su dueño- para trabajar fuera de casa o abrir una cuenta corriente en un banco. La guardia civil clausuraba una romería o decidía la hora de cierre de un chigre, en función de la gratuita pitanza recibida. Libros prohibidos, músicas en exilio forzoso, lenguas perseguidas. Había detenidos en las comisarias que salían por las ventanas, sindicatos verticales y penas de muerte.
En este ambiente sórdido e irrespirable, la función del tonto del pueblo era terapéutica; de alguna forma, estaba subvencionada. Un país reprimido, inevitablemente, desemboca en el  humor zafio y cruel de reirse del débil, del vulnerable (la otra cara de la moneda es el baboseo peloteril ante el poderoso); de inteligente supervivencia, el humor deviene en sadismo encanallado. El tonto del pueblo era, pues, una figura entrañable, y realizaba una importante labor social, lenitiva y lubricante.
De aquellos años, de una dictadura militar tan añorada por algunos, hemos pasado, por el puente de una transición fraudulenta, a una dictadura financiera. ¿Ha desaparecido el personaje del tonto del pueblo, en estos tiempos de Internet y Jorge Javier Vázquez?, se preguntarán mis lectores de allende el Atlántico. Veamos: si tú coges, agarras y dices a un sueco -un suponer- que alguien ha calificado la mayor catástrofe ambiental de la historia del país como "unos hilillos de plastilina", que ese mismo individuo ha dicho que el cambio climático no existe "porque me lo ha dicho mi primo, que es científico", y que dicha eminencia se ha pronunciado sobre el problema del paro diciendo que "tengo las soluciones escritas en el papel, pero no entiendo mi letra", el sueco de marras te dirá que le estás hablando del tonto del pueblo.
Pues, no. Bueno, sí. Lo que pasa es que ahora el tonto del pueblo es el presidente del gobierno. En Europa han necesitado sólo dos tardes (aquellas en las que Jordi Sevilla mostraba a ZP los rudimentos de la economía) en advertir sus dos capacidades esenciales: incompetente y mentiroso. Bueno, vale, admitamos haragán como animal de compañía.
Lo malo es que el gobierno piensa que el tonto  del pueblo es el pueblo. Y en esas estamos.

jueves, 3 de enero de 2013

Erotismo desaforado

Mientras meriendo un café con suspiros (y con magdalenas), veo en la televisión asturiana un resumen de las noticias del año. En Mondoñedo (Lugo), detienen a una pareja por hacer el amor en un parque público, al lado del monumento a Queipo de Llano; veo el reportaje escandalizado, como toda persona de bien: ¿qué hace la estatua de un militar golpista en ese lugar de pacífica convivencia ciudadana?. Recuerdo, una vez más, la magistral frase de Francisco Umbral sobre la supuesta ejemplaridad de la Transición: "la Banca se ha comprado una democracia".
A continuación, en unas imágenes acerca del Día de Asturias, asisto abochornado a otra exhibición de erotismo fuera de lugar: el alcalde de Cangas de Onís besa, untuoso y servil, el dedo, el anillo y todo lo que puede al Arzobispo. De nuevo las personales inclinaciones libidinosas llevadas a un espacio que no les corresponde.
Finalmente, como prolongación de tanta pasión descontrolada: en China, un individuo sorprende a su esposa en la cama con su amante; su reacción ha sido subirse a un árbol, del que no piensa bajarse hasta que no le presenten disculpas. Aún no se ha bajado. El hecho sucedió en marzo. Desde entonces vive allí, un trasunto de lo que contaba Italo Calvino en "El barón rampante".
Piensa uno que esta última noticia tal vez pueda devenir en metáfora de la situación de nuestro país. Tal vez la única actitud a adoptar por los sufridos ciudadanos ante la escandalosa y vergonzante infidelidad de este gobierno, que nos está poniendo los cuernos con los plutócratas, la Iglesia y la Banca, en una orgía escandalosa, sea la de subirnos todos a un árbol, y no bajarnos hasta que dimitan.
¿Habrá árboles en cantidad suficiente?.
Para comenzar bien el año, elijo una preciosa canción de amor de Silvio Rodríguez: "Quién fuera".