viernes, 14 de mayo de 2010

"Couldina"



Empujó la puerta con suavidad; como todas las mañanas, la sonrisa franca de Ana le daba los buenos días:

-"¿El Mundo, La Razón, ABC...?"

-"¡Qué ganas tienes de comedia! ¡Anda, dame La Voz de Asturias!"

-"¿Qué tal de prejubilao? ¿No te aburres?"

-"¡Qué va! Teniendo aficiones, imaginación... Por ejemplo, ahora mismo cojo el periódico y me voy a leerlo a un banco del parque"

-"Bueno. ¿Y mañana?"

-"Imaginación: cojo el periódico y lo leo en otro banco distinto".

-"¿Ya recuperaste de la gripe?"

-"Claro. De eso hace ya tres meses. Por cierto, gracias a la "Couldina" que me pasaste".

-"Siempre me pregunto por qué, teniendo al lado de casa un quiosco de prensa, te desplazas tan lejos para comprar el periódico"

-"Recomendación médica"

-"¿Caminar?"

-"No, verte a diario"

-"Eres un caso"

-"Y estoy en el ocaso. ¡Hasta mañana!"

-"¡Hasta mañana!"

Dos horas más tarde, un grupo de jubilados percibió a un hombre tendido en un banco del parque. Cuando se presentó el médico, sólo pudo certificar su fallecimiento. En los bolsillos llevaba, junto a la cartera y el carnet de socio del Sporting de Gijón, un tubo vacío de "Couldina".
























































































miércoles, 12 de mayo de 2010

Kafka y la muñeca viajera




Es una anécdota conocida, al menos entre aquellos que estamos poseídos por el "vicio" de la lectura. Parece ser que el gran escritor checo Franz Kafka estaba un día paseando por el parque berlinés de Steglitz acompañado de su pareja, cuando oyeron llorar a una niña. Al preguntarle los motivos de su llanto, ésta les respondió que había perdido su muñeca. "¡Qué va, se ha ido de viaje!", le contestó Kafka. "¿De viajeee...? ¿Y tú cómo lo sabes?". "Porque me ha escrito y me lo ha dicho"."¿Y dónde está la carta?". "La tengo en casa". "Pues tráemela para que pueda leerla". "Ven mañana al parque y te la traeré. La leeremos juntos".
Aquella noche escribió la carta y se la enseñó a la niña al día siguiente. Le contaba que quería ver mundo, y que le perdonase por no habérselo dicho. La niña se mostró interesada en el viaje, haciéndole muchas preguntas. Él siempre le respondía: "Precisamente eso es lo que me cuenta en la carta de hoy". Durante un montón de semanas, hizo viajar a la "niña-muñeca", conocer a otro muñeco guapísimo, que le gustaba mucho....hasta que al pasar el tiempo la niña perdió el interés; entonces, Kafka "casó" a la muñeca y la envió a un país lejano, mientras que avisaba que no escribiría más. Esta anécdota la cuenta Paul Auster en uno de sus libros, creo que en "Brooklyn Follies". También la utiliza el escritor Jordi Sierra i Fabra en su obra juvenil "Kafka y la muñeca viajera".
Los libros de Kafka han sido siempre objeto de múltiples interpretaciones: autor que reflexiona sobre la alienación del ser humano, analista de los entresijos del poder, existencialista....Seguramente la escritura del checo es todas estas cosas y otras más; la anécdota del parque da un toque de ternura a la imagen pública del creador de una obra tan influyente como inquietante.
Para terminar, las recomendaciones del día, para mis lectores de allende el Pacífico: un libro, "El proceso", de Kafka: el individuo, en manos del absurdo poder arbitrario; una música, la canción "River of tears" (qué se va a hacer, uno es genéticamente melancólico) del gran Eric Clapton; finalmente, una película: "Tiempos modernos", una obra genial de un genio, Charles Chaplin: humor, ternura, reflexión, análisis del presente y anticipación del futuro, sensibilidad con mayúsculas, el ser humano cono referencia constante... en definitiva, el no va más. Debería ser de visión obligada en las escuelas.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Desencuentros

En "El extranjero" de Albert Camus, el protagonista Mersault asesina a un hombre. Motivos: que hacía mucho calor. Y lo mata, paradójicamente, con la mayor frialdad del mundo.
Los mecanismos íntimos que nos hacen reaccionar de una u otra manera siguen siendo, pese a todos los avances científicos y tecnológicos, un misterio. Leo en el último libro de la biblioteca pública, "La bailarina y el inglés" de Emilio Calderón - finalista del Planeta y, sin embargo, un libro estimable- este proverbio: "La familiaridad produce deprecio". Es, naturalmente, inglés: el carácter adusto, la moderación expresiva, el trato distanciado, los sentimientos hibernados u ocultos bajo el ropaje de las formas correctas, son signos prototípicos del anglosajón. No causa por lo tanto sorpresa este aforismo cargado de misantropía.
Aun en las antípodas de esa forma de existir, los latinos decimos más o menos lo mismo: "La confianza da asco". ¿Qué hace al ser humano embestir a lo cercano, incluso a lo cálido y amable, y poner un manto de rosas al paso de lo distante? Ni idea.
Los neurofisiólogos nos hablarían de sinapsis, enzimas, hormonas; los psicoanalistas teorizarían sobre infancias, traumas, vacíos existenciales; los sociólogos, dirigirían su mirada al entorno vital y sus circunstancias. Si bajamos a un terreno menos intrincado, un preparador físico nos dirá que todo estímulo demasiado frecuente o que no varía su complejidad , al cabo de cierto tiempo no produce una respuesta (no entrena ) en el entrenado. Quizá sea este último y humilde punto de vista el que más se acerque a la realidad: finalmente, depreciamos (no valoramos) lo que tenemos demasiado visto. El gran Marx (Groucho) parecía saberlo muy bien cuando, en una de sus frases memorables, avisó a la excelente Margaret Dumont de que iba a azotarla con el abanico de su indiferencia.
Afortunadamente, existen también - y mucho- relaciones de amistad (ese amor no posesivo) en las que el cariño convive en buena armonía con el respeto y la admiración. Pasa uno varios días sin ver a esa gente y nos falta todo.
Finalmente, mis recomendaciones de hoy para los que me leen allende los Pirineos: una música, la melodía de la película "Somewhere in time", envolvente como todas las del gran John Barry. Un libro, "La peste" del excelente Albert Camus, que incluso podemos leer como metáfora de lo que está cayendo. Por último, una película: "Dersu Uzala", de Akira Kurosawa; una preciosa historia de amistad entre un cazador de la taiga siberiana y un topógrafo militar.


P.D. : ¿Para cuándo un Navarro Óptico que nos enseñe de verdad a ver mejor lo que tenemos al lado?

martes, 4 de mayo de 2010

En la playa



Desde la carretera, miró la playa: la arena había desaparecido bajo un manto de cuerpos que compartían la tortura de un sol candente y el deseo de ganar un color que el mes de octubre había de llevarse. Bajando las escaleras, atisbó un hueco a mano derecha; una chica mascaba un chicle, enfrascada en la lectura de un libro.


- "¿Puedo...?"


- "¡Claro! ¡La playa no es mía!"


"Miles de personas y me voy a poner al lado de la más borde ", pensó él. Extendiendo la toalla, contempló el paisaje: sombrillas, niños, tumbonas, barrigas cerveceras; unas chicas en top-less centraban la atención de un grupo de jubilados, acodados en la barandilla del paseo.


- "¿Vienes a menudo?" ( nada más decirlo, se arrepintió de usar algo tan trillado).


- "A diario, mientras que pueda leer", contestó ella, sin despegar la vista del libro.



A lo lejos, un velero navegaba perezoso bajo la entrometida mirada de una bandada de gaviotas. Por unos momentos, el muchacho quiso ser gaviota, quiso ser velero, incluso quiso no ser. Un cansancio venido de muy dentro lo desolaba. Pensó en la metáfora social de Eduardo Galeano sobre los patos: vuelan en V, todos tienen su momento de ir delante, todos tienen su momento de ir detrás, todos son importantes.

-"Perdona". La chica había cerrado el libro, dejándolo a un lado.

-"¿Sí?"

-"Discúlpame, estoy pasando una mala racha"

-"No te preocupes, sé lo que es eso"

-"Mis viejos se separaron el mes pasado, y ayer lo dejamos Rafa y yo"

-"Rafa... ¿tu novio?"

-"¡ No, Rafa Nadal! ¡Pues claro que mi novio!"

-"Las relaciones de pareja no son fáciles"

-"Eso mismo me dijo mi madre. Al menos ellos duraron 19 años..."

-"Yo lo tengo más difícil", dijo incorporándose. "¡A veces me dan ganas de tirar la toalla...!" exclamó cogiéndola por una esquina y sonriendo.

-"Pues cualquier chica podría enamorarse de tí"

-"Ya tengo pareja" dijo el chico con timidez. "Me voy; que tengas suerte", indicó.

-"Espera; me llamo Ana, ¿y tú?"

-"Yo, Pablo"

-"¿Y tu pareja?"

-"Se llama Jorge", dijo mientras comenzaba a alejarse.

En tres zancadas, Ana alcanzó a Pablo y le besó : un beso hecho con los restos de un naufragio de dos almas gemelas, solas en un mar de soledades, en la era de Internet.







lunes, 3 de mayo de 2010

La música del azar



"La música del azar"

El muchacho pedalea, obsesivo y febril. Aún recuerda aquella tarde en la que, buscando el río, el sonido de una melodía de amores contrariados ("ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo..") le llevó a la casa y se encontró navegando en unos ojos de luz y lejanías.
Entre tanto, frente al espejo, ella examina su aspecto, complacida. Entonces el ruido de la bicicleta la empuja hacia el porche, toma un libro y, sentándose de cualquier manera, improvisa la actitud de la lectura.
Con gesto ensayado, desenvuelto, el joven salta de la bici, cogiendo la cesta; sus ojos buscan el rostro que es el centro de su vida, los rasgos que dan sentido a su existencia, la imagen que habita siempre en su cabeza. Escondiendo todo eso, hay un libro en el que adivina un título, "Invisible", y su autor, Paul Auster.

- Cambio truchas por sonrisa.

- ¡Ah, qué sorpresa! No tenías que molestarte.

- No es molestia. Hoy cogí un montón. Por cierto, Paul Auster es uno de mis favoritos.

- ¿Te gusta?

- Sobre todo, "La música del azar". Es mi preferido.

Y, abriendo la cesta, le entrega una bolsa:

- Toma, hoy se dio bien el día.

- ¡Muchas gracias!

- ¡Hasta pronto!

Se mantiene en el porche hasta que la imagen del muchacho desaparece en la distancia; después abre la bolsa examinando, minuciosa, su interior. Con una sonrisa en su semblante, despega una pequeña tira de papel: "Pescados Eladio. 1.800 grs. 9 euros".
En un cajón del armario encuentra la caja de "Mermeladas La Fama"; allí guarda el ticket, junto a los otros, comprobando que el kilo de amor ha subido 70 céntimos en la última semana.

jueves, 29 de abril de 2010

Despedidas



El otro día vi en televisión, por azar, una película japonesa titulada "Despedidas", del director Yogiro Takita (más o menos). Es un film distinto, que se llevó hace pocos años el oscar a la mejor película extranjera. Cuenta la historia de un violonchelista de una orquesta que se acaba de disolver, que consigue un trabajo de embalsamador - con el disgusto inicial de su esposa- y se consagra a ello con delicadeza y entrega, logrando impregnar luminosidad en cuerpos ajados, y dignidad a lo que fueron vidas grisáceas y tortuosas. Es un tipo de cine poco visto (por desgracia), alejado del palomitismo y la coca-cola. Cine que revuelve interiores y expresa mucho con lo mínimo. De miradas y no de alaridos (éstos van por dentro). En definitiva, de ese orientalismo cuidadoso del detalle, respetuoso con la liturgia del ceremonial, de silencios que hablan y no de voceríos que aturden. Y en él aprendemos que la batalla más épica es la que nos ganamos a nosotros mismos.



Curiosamente, el director de esta película llevaba una amplia trayectoria dedicada al cine porno, lo cual seguramente daría para un sabroso comentario del mordaz Woody Allen, quien decía en una de sus obras ante la espectacular Charlize Theron: "Haz conmigo lo que quieras, pero prométeme que cuando llegue el embalsamador no me quite la sonrisa de la cara".



Finalmente, tres recomendaciones (para mis múltiples lectores de allende el Atlántico): una música, la canción "Dear Old Friend" de Patty Griffin dedicada a las víctimas del huracán Katrina en Nueva Orleans - está en youtube.com con unas imágenes impactantes-; un libro, los "Cuentos esenciales" de Guy de Maupassant - hay edición de bolsillo a 12,95 euros- que incluye, por supuesto, el magistral "Bola de sebo"; finalmente, una película, "El secreto de sus ojos" que contiene, como casi todas las grandes obras , una estupenda historia de amor. Bueno, en este caso, dos.

jueves, 8 de abril de 2010

Raros magníficos


Recuerdo una vez que vi a uno con una camiseta que ponía: "Raros somos todos". Efectivamente, solemos considerar rareza aquello que no coincide con nuestras costumbres, aficiones, inclinaciones... en definitiva solemos tener una inclinación a edificar un mundo uniforme a nuestro alrededor, como aquellos turistas que salen de su entorno con los ojos cerrados y el alma mustia, pretendiendo llevar en su espíritu la hamaca de la comodidad: el complejo ante lo distinto (lo distinto que, por cierto, tanto nos enriquece como seres humanos). Lo raro suele tener una connotación peyorativa, un sentido negativo. Es cierto que hay gente muy rara: aquellos que, acomplejados, no aceptan la diversidad, ni individual ni colectiva; aquellos que pontifican, ignorantes de todo y sabios en nada, de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte; aquellos en los que no merece la pena perder el tiempo hablando de ellos. Pero de los que yo quisiera hablar aquí es de los raros en el sentido de excepcionales, de muy poco frecuentes. Los raros en el sentido positivo. Son raros porque son una minoría. De no ser así, el mundo sería otro y mejor.
Al grano. Mañana cumplo 55 años; los de la cosecha (la palabra "cosecha" no es aquí del todo inocente) del 55 cumplimos 55 este año, y me apetece -sería más exacto decir "necesito"- referirme a aquella gente que, después de que he nacido, me ha dado la vida. Ahora mismo estoy pensando en una persona - nunca la nombraría aquí, ella sería "capaz de matarme"- que se levanta todas las mañanas con el piloto automático puesto para mejorar su entorno. Cariñosa, responsable, inteligente, sensible, me pone la mano en el hombro y no hay actimel que lo iguale: alimenta inyectando ilusión para vivir. Si no la viese con frecuencia, sería como no poder respirar. A un ateo como yo esto le produce dudas. Siento ser un torpe con las palabras y no poder expresar con claridad cuánto le debo, y cuánto la quiero.
Muy cerca de ella, un "santo-laico" me llena de cultura y me acompleja (por comparación: me digo," !pero qué desastre soy!"). Los miras y te dices que , en ocasiones, la vida es un regalo.
Hay un mundo real, el que no sale en la tele, gente que alienta frente a la desazón, que se incorpora cuando parece que la esperanza tiene orden de alejamiento; el mundo de los que no parecen sino que son. Algunos de ellos tengo la suerte de tenerlos como amigos. Saben lo que pienso de ellos, pero, sobre todo, saben lo que siento por ellos.
El nivel de masoquismo que evidencian al soportarme es algo que paso por alto.
Son mi familia.