jueves, 18 de febrero de 2010

¿Quién es ese hombre?



"Un estúpido nunca se recupera de un éxito", dijo tío Oscar (Wilde) en uno de sus aforismos más lúcidos- lo cual ya es decir, de una cabeza tan ingeniosa que los alumbraba a cientos-. Ahí arriba vemos el rostro prototípico de la mediocridad satisfecha: don José María Aznar Álvarez, una persona que debería de considerar plenamente recompensada su vanidad con el ejercicio de la presidencia de su comunidad de vecinos, haciendo un gesto de desprecio, desafío, chulería y, sobre todo, zafiedad, a la chusma que ha osado discrepar de sus disparates.


Hagamos un sucinto resumen del personaje: artículos de tinte falangista contra la Constitución y el Estado de las Autonomías en sus años de mocedad, para calentar motores. Diálogo político con el grupo ETA ( calificando a éste de Movimiento de Liberación de la Nación Vasca), y escándalo hipócrita cuando los demás hacen lo mismo. Austeridad oficial de boquilla y bodas imperiales en el Escorial. Colegueo con el otro unineuronal norteamericano (George Bush junior) a cuenta de miles de cadáveres de inocentes que viven en un país con el pecado de tener petróleo. Utilización sin escrúpulos de víctimas del terrorismo con intenciones electorales. Mentiras ("tienen armas de destrucción masiva", "la responsabilidad del atentado es de ETA, que me lo dijo el primo de Mariano que es científico"), alardes chulescos (nadie puede decirle a Él las copas que puede tomar antes de conducir un coche), desprecios y groserías varias (como introducirle un boli por el escote a una periodista); la boca llena con la palabra "democracia" para acto seguido "elegir a dedo" a su sucesor (por supuesto, el más servil ante sus estupideces)...


En una de las películas de sus primeros años como director, Woody Allen crea un personaje - "Zelig"- que poseía la particularidad de identificarse con el interlocutor que tenía delante, de forma desmesurada, en un intento permanente de agradar (la falta de personalidad es lo que tiene). O sea que si hablaba con un negro se convertía en negro, y le salía una larga barba si lo hacía con un ortodoxo judío. Esta es también una característica del personajillo a quien me estoy refiriendo : "!Estamos trabajando en ello!" vomitó pretendiendo inyectarle a esa chorrada un acento tejano. Naturalmente, los mediocres ejercitan "el síndrome Zelig" con los poderosos; con los vulnerables, débiles, golpeados por la vida, perdedores en general...todo lo contrario: !a la hoguera con ellos!: "Había un problema y se solucionó" fue su piadoso comentario cuando unos mendigos extranjeros fueron drogados e introducidos en un barco por la autoridad incompetente. Y mañana a misa con Ana y la mantilla, que es domingo.




¿A quién realiza el gesto don José María, el especialista en ademanes indecorosos - no olvidemos su foto con las patas sobre la mesa y babeando en compañía de su jefe Bush- , en la imagen de arriba?: no a la gente que le abucheaba en Oviedo. El dedo hacia arriba es la respuesta permanente que la insensatez hace a la cordura, lo irracional a lo ilustrado, la cutrez al saber estar, la mediocridad atrevida (perdón por la redundancia o pleonasmo) a la humildad, en este mundo en que vivimos (o quizá más bien dormitamos).



Llaman la atención estas salidas de tono en gente que siempre ha puesto la pompa y circunstancia por delante de la decencia, el lucro privado por encima de los más elementales derechos públicos, los ornamentos de clase frente a los esfuerzos de los desclasados. Gentuza que se escandaliza por los improperios maleducados de la plebe y hacen la ola orgiástica ante jubilaciones de 80 millones de euros.


De la misma forma en que diferenciamos la pobreza material de la miseria moral, uno cree oportuno no confundir la violencia inherente a la vida (ya al nacer nos dan una buena hostia para que sepamos a dónde llegamos) necesaria para que el agua circule y no se detenga, con la brutalidad que bendice - término apropiado, teniendo en cuenta los cómplices- un sistema político en el que los palacios se edifican a través de las chabolas.




En una escena de la película "Casablanca" le preguntan a Bogart: "¿Me desprecias?" . Respuesta: "Si me pudiese permitir perder el tiempo pensando en tí, seguramente".

Pero J.M.A. no corre el peligro de que sus admiradores le condenen al ostracismo: los adultos permanecemos en el mundo de Peter Pan cuando necesitamos fetiches - que a menudo son fantoches- con quienes identificarnos. Con frecuencia escogemos los más vulgares, para que su nivel no nos haga sentir disminuídos. La mediocridad que exhiben es sólo la imagen, en el espejo, de sus fervorosos seguidores.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Suicidios



En un corto espacio de tiempo (lo que va del verano a estos días) dos personas decidieron suicidarse en este país arrojándose por la ventana -en ambos casos, un octavo piso- encontrando en su trayectoria a pacíficos peatones que discurrían por las aceras. En el caso más reciente - hace una semana - el impacto evitó la muerte del suicida vocacional, una joven de 18 años, pero produjo el fallecimiento del peatón (una mujer de 89 años que venía de comprar el pan leyendo el Marca).


El asunto del suicidio siempre me ha inspirado un profundo respeto, disintiendo rotundamente de esas manidas opiniones que lo consideran una cuestión de cobardía, de huir de la vida por incapacidad para enfrentarse a sus dificultades. "Es bueno naufragar para ser buen navegante", dijo Séneca. "Pero siempre que no te ahogues", dice Marquesín.


Como en tantos otros temas, distintas culturas ven la cuestión con un enfoque diferente. Liv Ullman, actriz recurrente en las películas del famoso director sueco Ingmar Bergman y pareja suya durante años, comentaba hace tiempo la posibilidad de que su ex compañero estuviese planteándose el suicidio - finalmente falleció de muerte natural - y lo hacía con la naturalidad con que comentaría que estaba pensando cambiar de coche. Sin alejarnos del mundo cinematográfico, los cinéfilos recordarán la película "La balada de Narayama" (hubo al menos dos versiones) en la que, en una aldea del Japón, los ancianos se retiraban al cumplir los 70 años a un monte a esperar la muerte, una especie de excursión de elefantes de ojos rasgados en un fin de semana perpetuo.


En el caso al que me he referido al principio, y dejando a un lado el rocambolesco infortunio de la víctima (ya es mala suerte que fallezcas por un intento de suicidio ajeno, y quizá después de toda una vida cuidando el colesterol, los triglicéridos, la tensión arterial y haciendo ejercicio moderado) lo que me llama profundamente la atención es el personaje de la suicida frustrada.
Teniendo en cuenta que pertenece a lo que convencionalmente llamamos "el primer mundo", en el que las necesidades materiales básicas, mal que bien, suelen estar atendidas suficientemente, sorprende que la vida haya conseguido dibujar un paisaje tan desolado en las entrañas de una persona de tan sólo 18 años. Que el azar vestido de anciana le haya otorgado una segunda oportunidad es, además de un banquete de la reina casualidad, fascinante. Ahí tenemos un reportaje sugestivo, de los considerados "de interés humano". ¿Hacia qué derroteros orientará su vida: enfrentará su existencia con renovadas energías, acaso de misionera en África o corriendo el París-Dakar? ¿Volverá a intentarlo de nuevo, esta vez utilizando una técnica distinta para abandonar el mundo - quizá paseando contínuamente por la acera-? ¿Tal vez calmará su tendencia insaciable practicando "puenting"?.
Permanezcamos atentos a la pantalla.

P.D:: La foto que he puesto arriba es de un ilustre suicida de este país, Mariano José de Larra.

viernes, 29 de enero de 2010

J. D. Salinger



Hacia mediados del siglo XIX apareció la obra literaria "Bartleby el escribiente", del escritor Herman Melville (autor de "Moby Dick"). En ella, un escribiente, ayudante de abogado, se niega a realizar cualquier labor que le reclame su jefe, mediante la expresión "Preferiría no hacerlo".


Esta actitud nihilista, cínica, pasiva o como queramos considerarla, instauró lo que posteriormente dió en llamarse "el síndrome Bartleby", aplicado en la literatura a todos aquellos autores que, habiendo escrito uno o dos libros valiosos, desaparecen definitivamente de la escena literaria y de la vida pública. Uno de los casos más conocidos es el del mexicano Juan Rulfo, autor de "Pedro Páramo" y "El llano en llamas"; pero, sin duda, el escritor más "bartlebyano" de la historia es J.D. Salinger, fallecido esta semana a la edad de 91 años.



Jerome David Salinger, nacido en el año 1919 en Nueva York y fallecido este miércoles a los 91 años, fue autor de cuatro libros, el primero de los cuales- "El guardián entre el centeno" (1951) - le dio fama universal. Hasta su fallecimiento, escribió otros tres libros de relatos, viviendo en una suerte de clausura personal, en un severo alejamiento de la vida pública que alimentó todo tipo de sórdidos rumores, a los cuales no fue ajena una de sus hijas, que aprovechó para sacar un libro lleno de detalles truculentos que darían para llenar varios programas de esos de teleporquería que tanto abundan.



"El guardián entre el centeno" es una historia de adolescencia contada en primera persona, con sus dosis de rebeldía, inmadurez pero también lúcido escepticismo ante el mundo de los mayores. Salinger acierta de lleno en el tono de la narración y de ahí que millones de lectores de todo el mundo se hayan sentido identificados en su etapa juvenil con el protagonista (curiosamente, suele ser el libro de referencia de muchos asesinos en serie -que nadie se dé por aludido-).



En estos tiempos en los que tanto se diluyen las fronteras de la vida pública y privada, en que los programas televisivos se nutren sin pudor de vísceras domésticas, cadáveres familiares en el armario y carnaza de vivos y muertos, no deja de resultarme atractiva la actitud de quien, habiendo alcanzado la gloria con una primera obra, se retira sigilosa y educadamente de la pasarela mundana. En cuanto a que si me gustaría enterarme de la sombría existencia de J.D. Salinger en plan de anacoreta y sus vicios privados... " preferiría no hacerlo ".

jueves, 21 de enero de 2010

Trenes



Con frecuencia utilizo el tren, unas veces para trasladarme a Grado donde un curso de informática tritura las escasas neuronas que me quedan, otras a Oviedo intentando capturar alguna película que merezca la pena, algún libro descatalogado (como yo). El ferrocarril es mi medio de transporte favorito -dejemos a un lado las sustancias alucinógenas- y quizá no sea ajeno a ello la multitud de películas y libros que situaron en él sus historias; sin embargo, al llegar a la estación de San Román de Candamo -mi pueblo- no puedo evitar una sensación de disgusto teñida de melancolía: ausencia de personal ferroviario, sala de espera cerrada, ninguna información acerca de posibles anomalías en los horarios...
Si bien este conjunto de circunstancias propicia una sensación de incomodidad, es la ausencia en sí misma de antiguos jefes - y jefas, la corrección política ante todo- de estación lo que más duele. Durante años, no sólo habían realizado su labor con exquisita profesionalidad (tanta, que en ocasiones yo viajaba más motivado por el origen del trayecto que por el destino del viaje) sino que también habían desarrollado el arte sutil de enraizarse con la población; nada extraño : Lucía, Natalia, Susana, María José y Javi, cálidos y cercanos, lograban el sortilegio, recibiendo a un vulgar tren de mercancías y transformándolo en el Transcantábrico.
La utilización de estaciones y trenes como metáforas de la vida es bien conocida. Se habla de "perder el tren" dándole el significado de dejar escapar una ocasión única; por otro lado pienso que las estaciones, como la propia vida, son lugares de paso, sitios en los que recibimos y despedimos seres queridos; espacios en los que lo provisorio - no en vano los protagonistas son "pasajeros"- otorga un aura de irrealidad, entrando en la categoría de lo onírico (y "la vida es sueño", dejó dicho el clásico).
Trenes con recorrido monótono y ajeno, encarrilados doblemente en las vías y la rutina, como atolondrados seres humanos apresados en estrechos y convencionales caminos; raíles próximos y paralelos, soportando violentas cargas, necesitándose mutuamente y que nunca se han de juntar, como personas vulnerables y solitarias, con el corazón devastado en una eterna noche de invierno.
La vida, juguetona y caprichosa, nos empuja con sus azarosas circunstancias a subirnos a un tren y no a otro, viajeros ignorantes de dónde venimos y a dónde vamos que a menudo encontramos el ferrocarril necesario cuando ya no tenemos acceso al andén ni posibilidad de sacar el billete.
Cuando esto sucede es el momento - siendo conscientes del apeadero donde nos hallamos- de desear el mejor viaje para un tren que no está a nuestro alcance.

viernes, 8 de enero de 2010

Nieve


El año nuevo llegó con traje níveo, como un visitante ilusionado e ingenuo vestido con ropajes de pureza. Los que estamos vacunados contra la uniformidad y la rutina - esas dos amantes omnívoras de efectos castradores- recibimos expectantes la llegada de la nieve que, contundente y silenciosa, impone una tregua en un mundo acelerado y sin rumbo, como esas gripes febriles que durante unos días nos apartan del torbellino invitándonos a reflexionar acerca de dónde estamos.

En estos primeros días del año, en los que asoman proyectos y deseos que suelen quedar arrumbados en el desván de los objetos inútiles, la nieve cae apacible y discreta, en una suerte de silenciosa protesta frente al ruidoso y hueco peregrinaje del hombre contemporáneo. Una nieve que ya no puede convocar el hechizo de la sorpresa, cautivo de la sobreinformación meteorológica que llueve sobre el ciudadano en gotas de tecnología.

La nieve, un fenómeno más emocional que físico, cae en un abrazo cálido, como azúcar endulzando el café amargo de nuestras vidas, rescatando en nosotros un vestigio de mirada límpida, devolviéndonos fugazmente nuestra infancia, en una peculiar operación retorno en la que el accidente más grave es un simple resbalón. Otras caídas, irremediables y dolorosas, llegarán más tarde, después de que la nieve desaparezca sin despedirse.

Mientras tanto, en su presencia, levantamos la vista hacia el cielo: una nube blanca, fiel reflejo del manto que nos rodea, nos sonríe. En ella quisiéramos situar a los seres queridos que nos dejaron, y hacia allí dirigir nuestro próximo viaje.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Belén Esteban y Proust



Estaba en la tarde de ayer tomando un café con magdalenas, delante del televisor, cuando salió en la pantalla Belén Esteban hablando de Proust. "¿Será posible?" me dije. Me pregunté si la transformación que estaba presenciando era en realidad una alucinación mental propia de mi avanzada edad, si tal vez el programa exhibía un refinado espectáculo del reputado mago D. Copperfield o si, simplemente, el frío de estos días me había llevado a pasarme con las gotas de coñac en el café. Sea como fuere, presté atención: "Prefiero a Stendhal; al principio me resultó más áspero, pero ahora no puedo prescindir de su compañía". "De todas formas, no hay día de paseo por el parque en el que no lleve conmigo a los dos; cada uno tiene su atractivo y, en el fondo, me sirven de apoyo". "Lo que me resulta más duro es quitárselos a mi hija Andrea (la niña de mis ojos); creo que en lo de sensible es igual que su madre".

No salía de mi estupor. "!Seas quien seas, sal de su cuerpo!" me dije, lamentando que mi atávico agnosticismo me impidiese reclamar los servicios del necesario exorcista. "Por lo visto, su nuevo aspecto ha trascendido al interior, proyectando en él una nueva personalidad", pensé boquiabierto (para introducir una magdalena). Tal vez eso es lo que, en el fondo, buscan quienes se meten en los temibles quirófanos a enfrentarse a gratuitas - en la necesidad, no en el bolsillo- operaciones estéticas: dejar de ser quienes son, insatisfechos consigo mismo, incorporando una nueva personalidad a golpe de talonario.

Seguí escuchando: "Y es que mi Alain era muy cariñoso; aburrido, sí, pero la pareja más cariñosa que he tenido en toda mi vida. Si no fuese por esa manía tan rara que tenía de pasarse horas y horas leyendo...Tengo muy buen recuerdo suyo de él: ya ves que hasta le puse el nombre de sus dos escritores favoritos a mis perros, a pesar de que Andrea estaba empeñada en ponerles Kevin y Borja Mari".

Terminé de merendar, dando paso a la digestión, y me dije que la vida , esencialmente, no era la simple acumulación de años sino el adecuado metabolismo de lo que se ha introducido en ellos, y que un rostro que renuncie al mapa de sus vivencias es como una de esas carpetas que tenemos guardadas en nuestro ordenador, vamos al apartado "Documentos", la abrimos... y resulta que está vacía.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Memorias de ultratumba




Cuenta Eduardo Galeano que en un cuartel de Sevilla ponían a un soldado de guardia delante de un banco. Llevaban haciéndolo treinta y cuatro años. Un día un comandante se preguntó la finalidad de esa medida y, revolviendo papeles en su despacho, encontró la resolución del enigma: resulta que, hacía más de tres décadas, lo habían pintado y, para evitar que alguien se sentase en él, habían establecido el servicio de guardias. Y así seguían. Esta anécdota ilustra muy bien el sinsentido y la rutinaria vulgaridad del mundo cuartelero.

Tenía pendiente una entrada en el blog para referirme al servicio militar. El título de arriba, "Memorias de ultratumba", lo robo de la obra de Chateaubriand, para evitar ese otro tan socorrido de "Historias de la puta mili". Si el temible alzheimer es una amenaza cobijada en un futuro más o menos distante, la desmemoria selectiva es una bendición que nos permite echar por la borda obstáculos y aflicciones que entorpecen nuestro viaje. Pese a su benéfica compañía, rescato aquí algunas escandalosas imágenes que fotografían un poco aquello tan absurdo como patético conocido con el nombre de servicio militar obligatorio.



Andén de la estación de la Renfe de Oviedo, julio de 1976: mientras que el país se viste de calor y esperanza, un grupo de chavales forman en dos filas custodiados por un sargento vocinglero que patea la gramática, adelantado del celebérrimo Tejero. Una isla sin derechos civiles, en medio de un enjambre apresurado que nos contempla con curiosidad: "¿Pepe, esos van presos? -"Seguramente; serán demócratas o algo peor" "¿Compraste el Marca?". En un intento de alejarme lo más tarde posible de mi condición de persona civil, llevo en la mano un libro de Francisco Umbral, "Memorias de un niño de derechas", que acabo de comprar.

Campamento de Camposoto (Cádiz): hacemos ejercicio de tiro con unas armas en condiciones de precariedad absoluta -como nuestros ánimos-. Delante de mí, sale una ráfaga que se estrella contra el suelo, rebota y se instala en el abdomen de un pobre chaval. Ante la tragedia, los mandos deciden un cambio de planes; abandono del escenario y, en un elemental tratamiento psicológico de choque ("evitemos que piensen"), nos ponen a conquistar un hipotético territorio enemigo infestado de avispas. Por unas horas, los cerebros se desplazan del compañero moribundo a las molestas picaduras.

Había un joven unos cuantos años mayor que los demás que había postergado la entrada en el servicio militar al estar realizando estudios de literatura en París (nada menos que en la Sorbona). Hacía unos días que me había pedido el libro de Umbral, y se encontraba a mi lado en formación mientras el teniente coronel - habían echado mano de un alto cargo, la cosa era grave- nos arengaba utilizando (en el sentido más peyorativo y obsceno que se pueda concebir) al chaval que agonizaba: "estuve visitándolo en el hospital, y me dijo que lo único que sentía era no poder jurar bandera con vosotros y servir así a la patria". Y continuó : "los que nacimos para mandar..." En ese momento, el sentido cívico del que estaba a mi lado, empapado de aroma francés, no pudo aguantar y dijo." !Quería más que se hubiese cagado en mi madre!".

Nuestro compañero falleció dos días después.



Al campamento llegaron unos legionarios realizando una campaña de propaganda para captar gente para su cuartel: tenían un permiso extra de recompensa a partir de cierto número de "convencidos". Pusieron diapositivas ensalzando el espíritu aventurero, descamisado y veloz de la Legión, rematando el discurso con un argumento que a nadie dejaba indiferente (y más en nuestras circunstancias): los legionarios cobraban más. Que "cobraban más" se pudo comprobar enseguida, en el barco que trasladaba a los voluntarios recorriendo el estrecho de Gibraltar. Concretamente, a un vecino de mi pueblo le rompieron un tímpano y, con las complicaciones subsiguientes, pasó más de un mes en el hospital. Lamentablemente, de los asturianos que habíamos llegado al campamento se fueron para la Legión un ochenta por ciento. Como siempre pensé que lo más sensato de esa institución era la cabra, me dispuse a ir para donde me tocase. Y ese "donde" fue Regulares de Tetuán, nº 3, Ceuta.

Era un cuerpo militar de gran tradición, creado con tropas indígenas, en donde había estado Franco de teniente. Precisamente en mi compañía - no pretendo decir que Franco estuviese conmigo, la "compañía" era la palabra que designaba a un grupo de soldados que convivían bajo el mismo techo- había una foto del susodicho enfrente de mi cama; fue entonces cuando cogí la costumbre de dormir boca abajo. Las actividades de un día normal consistían en gimnasia, instrucción militar y salida al monte "a pegarse barrigazos" . La comida del mediodía era aceptable; el desayuno, líquido turbio desconocido; a la cena, ni se iba..!pa qué!. De todas formas, la calidad de lo que comíamos dependía totalmente del capitán encargado de supervisarla cada mes y estaba directamente relacionada con su mayor, menor o nula honradez. De hecho, dependiendo de a quien le tocase de "capitán de cocina", ya sabíamos con anticipación qué tal íbamos a comer. El presupuesto para comida era inalterable, pero la honestidad mudaba.

La higiene dejaba mucho que desear; abrir el grifo y que no saliese agua era lo habitual. Como había que afeitarse, lo hacíamos con Casera (!no íbamos a hacerlo con cerveza!). No muy lejos del cuartel había una peluquería con unas duchas, que ingresaba mucho más dinero por este servicio que por el corte de pelo.

El corte de pelo que obligatoriamente teníamos no era, naturalmente, por higiene: era, como todo lo demás, una medida destinada a despersonalizarnos, a uniformarnos: llevábamos uniforme para no distinguirnos individualmente, la instrucción y el desfile consistían en hacer todos los mismos movimientos al mismo tiempo -desde fuera se veía una masa sin distinguir sus componentes- y el razonamiento, la lógica y el preguntarse por qué eran algo tan admitido como un solomillo en una reunión de un club vegetariano. Objetivo claro: arrebatarte todo tipo de personalidad, que el individuo dejase de ser un ente como tal y se transformase en cosa masificada. Obediencia ciega a la jerarquía cerril, semianalfabeta, que se llenaba la boca con la palabra patria; servicios a la patria eran, por ejemplo, que uno que ejercía de fontanero en la vida civil fuese a arreglar las averías del agua a casa del comandante...sin cobrar, claro. Había ocasiones en las que las cañerías averiadas eran de todo tipo y la cosa se complicaba, ya se sabe lo delicado que es la infiltración del honor en el terreno militar.

Algunos compañeros escogidos formaban el S.I.M. (servicio de inteligencia militar). Se encargaban de infiltrarse en las conversaciones de la gente, vistiendo ropajes de camaradería, para denunciar a aquellos sospechosos de ideas separatistas, revolucionarias, independentistas o que pudiesen atentar contra el orden establecido. Los vascos les daban mucho juego. Si conseguían buenos resultados, es decir, si denunciaban a muchos compañeros, se ganaban permisos extras.

Teníamos un veterano que no había podido disfrutar de su permiso: había coincidido con la "Marcha verde" sobre el Sáhara y se tragaba la mili entera, sin tregua. Este se escribía cartas a sí mismo. "La soledad era esto" tituló años después Millás una de sus mejores novelas. También había un andaluz, estragado de fatigar el campo, que ganaba cien pesetas en cada apuesta por comerse lagartijas...!vivas!. Pienso que este hombre sería hoy en día la atracción central de un programa de máxima audiencia en televisión.

Finalmente, muchos años después y mucho más viejos, nos licenciábamos: los cabos primeros, un día antes, para no coincidir en el mismo barco que los compañeros soldados; de lo contrario, el buque se convertía en el escenario de un ajuste de cuentas largamente esperado. Ya se sabe que para medir la catadura moral de un individuo basta con verlo mandar sobre alguien.

Se le atribuye al inmenso Goethe esta frase : "Prefiero la injusticia al desorden". Esta majadería fascistoide resulta, en el fondo, consoladora: no sólo los mediocres decimos estupideces. Tal vez le faltó entrar en detalles: "Prefiero la injusticia al desorden, salvo que la injusticia me atropelle a mí". Desde mi antiautoritarismo visceral (colegio de San Luis y Regulares de Tetuán son escenarios de los que no se puede salir indemne) me gustaría preguntarle :¿Qué clase de orden se puede construir desde la injusticia? Quizá el de la arbitrariedad caprichosa, tal vez el del despotismo, acaso el del gran hermano de Orwell...