jueves, 1 de agosto de 2019


   






LA EDUCACIÓN PÚBLICA


El gran escritor Albert Camus nació en Argel, en el seno de una familia humildísima. Su padre había muerto en la guerra; su madre y su abuela eran analfabetas. Un ángel, en forma de maestro de escuela, le dio clases gratuitas para incorporarlo al liceo, contra la opinión de su abuela, que quería que Albert se pusiese inmediatamente a trabajar. Camus tenía apenas once años; treinta y tres años más tarde recibió el nobel de Literatura. Esta es la conmovedora carta que escribió entonces a su querido maestro:

"Querido señor Germain:Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido. Lo abrazo con todas mis fuerzas"

Cada vez que se recorta en inversión en la Educación pública, cientos de futuros Albert Camus se lanzan por la borda de este barco a la deriva, esta sociedad que tiene en un pedestal al futbolista y menosprecia al maestro de escuela.
Entre tanto, leamos a Camus, gran escritor y
todo un referente moral: eso de lo que hoy en día andamos tan escasos.

sábado, 27 de octubre de 2018

SCORSESE EN EL JOVELLANOS



Aunque ya estoy curado de espantos -tengo espejos en casa-, aún me sorprenden algunas cosas. El miércoles fui al Jovellanos, al encuentro que Scorsese tenía con el público. Un acto muy interesante y de realización impecable.
A la entrada, se me abalanzó una persona con un papel en la mano, pidiéndome un autógrafo. "Me parece que se equivoca", le dije. Como respuesta, me preguntó cuántos kilos había engordado para rodar "Toro salvaje". Fue entonces cuando advertí que me había confundido con Robert de Niro.
Naturalmente, me sorprendió: lo habitual es que me confundan con George Clooney.


    Por lo demás, estos premios suelen recaer en unos galardonados admirables, gente de altura (el mismo Pau Gasol), que habitualmente protagonizan actos de interés en su contacto con el ciudadano. Para completar la oferta, se ofrece la posibilidad de manifestar una abierta hostilidad frente a la monarquía a todos aquellos obtusos republicanos que no saben apreciar el estilismo de Leti ni la preparación de Lipe.
En el discurso que le escribieron, Lipe habló mucho de Constitución, libertad y democracia. Yo que él, pediría a los escribientes que no abusaran en sus panfletos de la palabra "democracia". Es un término muy cercano a urnas, sufragios y votaciones: todo lo que contradice la existencia de un Jefe del Estado impuesto al pueblo.

BIBLIOTECAS PÚBLICAS



Me parece que el 24 de octubre es considerado el Día de las Bibliotecas. Voy a ellas desde niño, cuando aún Jordi Hurtado no presentaba "Saber y ganar". Estar rodeado de libros, hojearlos a mi antojo, poder llevármelos a casa, leer periódicos y revistas, utilizar un ordenador: en definitiva, allí está el templo de quien, como yo, es agnóstico en momentos de optimismo y ateo en horas oscuras.
No concibo la vida sin la lectura. Leer es, para mí, muchas cosas. Comenzó siendo, ante todo, una manera de dar un portazo a una realidad que, con frecuencia, me incomodaba. Zambullirse en las aventuras que narraban Salgari, Jack London, Mark Twain, Stevenson y tantos otros, me permitía habitar una realidad paralela mucho más apetecible. Cada página me llevaba volando a la siguiente en alas de la imaginación, postergando todo lo posible el momentáneo abandono de la lectura, necesitado de saber qué pasaba después de lo que estaba pasando.
Siempre he detestado la propaganda utilitarista que, de vez en cuando, se endosa al maravilloso acto de leer. Aún recuerdo aquel eslogan franquista: "Un libro ayuda a triunfar". Naturalmente, el franquismo desconocía a Borges, que había dicho por entonces, con su lucidez habitual, que el éxito y el fracaso eran dos impostores. Para mí leer es, por encima de todo, un placer: leo para disfrutar. De nuevo Borges lo expresó con meridiana claridad: "El verbo leer, como el amar y el soñar, no admite el imperativo". 
Un buen libro exige una lectura concentrada, profunda, lejos de la habitual mirada tecnológica, tan veloz como superficial. Un buen libro pide la complicidad del lector, para establecer con éste un diálogo. Los buenos libros leídos son como los amigos: forman parte de nosotros y, en parte, nos hacen como somos.
A lo largo de mi vida, he conocido muchas bibliotecas. En todas ellas me he sentido espléndidamente tratado por unos excelentes profesionales. Desde mi niñez, en la de Grao, hasta la actualidad, en las de Gijón, siempre he encontrado una exquisita amabilidad y una dedicación a prueba de recortes.
¡Feliz Día de las Bibliotecas públicas para todos los lectores y, más aún, para tod@s l@s
bibliotecari@s!

sábado, 21 de julio de 2018

FRANKENSTEIN Y EL AÑO SIN VERANO

El año 1816 fue conocido como "el año sin verano": la erupción de un volcán en Indonesia cambió la meteorología, influyendo en lugares tan lejanos como Suiza. Allí, a orillas del lago Lemán, en la mansión de lord Byron, se refugió Mary Selley,  escribiendo entonces su famosísimo "Frankenstein".
Hace unas semanas, poco antes de la llegada de otro verano, una moción de censura justa y necesaria desalojó del Gobierno al Partido Popular. Sus publicistas crearon el mantra de "gobierno Frankenstein" para aludir al heterogéneo conjunto de grupos políticos que se habían unido para repudiar al partido más corrupto de Europa.
¿Es la  erupción volcánica de la trama  Gürtel, desde Madrid, la responsable de la ausencia de verano en  Asturias? No es descartable: según la teoría del caos,el vuelo de una mariposa puede tener  serios efectos en puntos lejanos; la recuperación de un derecho laboral puede hacer variar el Ibex 35 (por no salirnos del caos).
No son pocos los que se refieren a "Frankenstein" confundiendo el nombre del monstruo con el de su creador: ¿les ocurre algo parecido a los propagandistas del Partido Popular? ¿Están identificando el efecto (la inevitable moción de censura) con la causa (la insoportable corrupción de su partido)?
Mary Shelley tituló su libro "Frankenstein o el moderno Prometeo". Como sabemos, Prometeo entregó el fuego a los seres humanos. ¿Será el gobierno de Pedro Sánchez, endeble y voluntarioso, capaz de devolver el fuego de la ilusión a la política? Veremos.
De momento, hemos salido del invierno.

lunes, 5 de febrero de 2018

LA QUE SE AVECINA



LA QUE SE AVECINA

Parece ser que, a finales de los años ochenta del pasado siglo, el capitalismo se fue de rebajas a las boutiques de Reagan y Thatcher -tras dejar a los niños al cuidado del mayordomo Gorbachov-, compró unas botas estilo neo-nazi muy alabadas por los economistas de Chicago y, después de sacarles brillo con el betún de la caída del muro de Berlín, comenzó el laborioso y metódico esfuerzo de liquidar el Estado de Bienestar. En esta especie de IV Reich, el término "pobres" sustituye al colectivo homosexual/ gitano/ judío.
Lo cuenta E. Gibbon en su obra "Declive y caída del Imperio Romano": ante la propuesta de un senador de uniformar a los esclavos, se alzó rápidamente otro respondiendo: "¡Ni se te ocurra! Entonces se darían cuenta de cuántos son, y de la fuerza que tienen". Los hilos de la dignidad se enhebran en el telar de la solidaridad, un telar que intenta desmantelar el poder. A este no le gusta que la unión haga la fuerza: es más partidario de que la fuerza deshaga la unión.
Cuando al poder económico todo le está permitido, y el político tiene un papel testimonial, la liturgia del voto cada cuatro años alcanza el valor de democracia degradada. El ser humano, que se dignifica en la reflexión, en el pensamiento propio, que se desarrolla en el contacto con los demás, necesita de la autonomía de la política, y que la ley sea un arma contra el abuso del poder.
La "crisis" ha alcanzado sus objetivos: una sociedad con menos derechos para la ciudadanía, con salarios más bajos, con el Estado debilitado, con servicios privatizados, y con la socialización de la deuda privada (a la que se esconde eufemísticamente bajo el manto de "la deuda soberana"); la resignación sin alternativas, el miedo paralizante, la religión economicista a quien hay que sacrificar decimales humanos en una liturgia de ofrenda al dios Consumo.
La suspensión de la política por imperativo económico es un medio imprescindible para consagrar -y aumentar- los privilegios de los que más tienen. La mal llamada crisis es, en palabras de David Harvey, "un golpe de Estado que distribuye la riqueza hacia arriba".
Tras el capitalismo industrial, estamos ante un capitalismo financiero, virtual, volátil y ubicuo, que ejerce en el casino global con habilidades de trilero.

Para colmo, la aparición de Ultravox, hijo natural del Partido Popular, aporta un plus de lógica inquietud, ante la amenaza de regresar a tiempos que ya creíamos felizmente superados. Una oferta demandada por aquellos que consideraban a Rajoy como un traidor a la causa, y a su lectura cotidiana, el Marca, como el Mundo Obrero. 

Vox, ya digo, es ese hijo natural -muy parecido a su progenitor- que dice palabrotas. Un hijo que, con su zafio ímpetu fascista, gusta mucho a aquellos desencantados de un PP mariano, metido en carnes, que había renunciado a los abdominales de Aznar.

Por otro lado, la llamada izquierda se encuentra buscando el gps perdido entre escenografía, luchas intestinas y culto a la personalidad, mientras que el errático Pedro Sánchez lidia con una compleja situación, entre el soberanismo catalán y el parque jurásico de su partido.

Tal vez no sea mala idea recuperar a Gramsci y oponer, al pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad.

Mientras tanto, ante la cita del 28 de abril, cabe esperar que la ciudadanía se dé cuenta de cuánto se juega. A algunos no nos apetece volver a ver el NODO, sea éste con Franco pescando salmones o con Abascal cazando ciervos.

lunes, 4 de diciembre de 2017

A dos velas



Llega el invierno, y de nuevo tendremos que asistir a la trágica muerte de esa anciana, quemada en un domicilio iluminado por dos velas. Una tragedia que ya es todo un clásico navideño, como el turrón, el sorteo de la lotería o las campanadas de fin de año. Detrás de la mal llamada "pobreza energética" está el negocio de las eléctricas, recordándonos, una vez más, que ninguna necesidad básica del ser humano debería de ser objeto de especulación, que al interés general no debería poder hincarle el diente el negocio privado.
Un país que convierte a la pobreza en enfermedad mortal, es un país mortalmente enfermo. "Estar a dos velas" se hace literal sin perder su sentido metafórico: dos velas que radiografían esta sociedad, alumbrando sus rincones más sombríos, como dos faros en la noche de un mundo que ha perdido la luz de la decencia.
El dios de la codicia exige el ritual sacrificio de sus víctimas. Frente a la escenografía obscena de la revista Forbes, contra la oscura liturgia del Ibex 35, la verdad conmovedora de esta anciana emerge, incontestable, como un río de agua límpida que arrastra la mierda del ruido y la mentira.
Uno piensa que esa anciana es siempre la misma, repetida, una viejecita que vuelve cada Navidad para inmolarse religiosamente en la hoguera de las vanidades financieras, y expiar así nuestra indiferencia, ocupados como estamos en el diario afán de banales espejismos.
Esa vieja que muere calcinada esta Navidad, en la soledad de una vivienda con la luz cortada, en una ciudad engalanada de luces y villancicos, explica el estado de la Nación con el rigor que no llegan a alcanzar las gélidas estadísticas, con la veracidad que los interesados gráficos tratan de esconder, con la claridad que la charlatanería de los diputados oculta. Una anciana que quizá no sabe dónde está Panamá, que nunca estuvo en Suiza, ni tampoco en Gibraltar, ajena a estos y otros paraísos, pero que conoce muy bien el infierno cotidiano.
Una anciana ha muerto, rodeada de llamas de soledad y de silencio. 
 Altiva, vana, indiferente, en la ventana del vecino ondea una bandera.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Pon un móvil en tu vida...





Considerar imprescindible el teléfono móvil, y no necesitar un móvil en la vida, es no mirar la luna y sí el dedo que nos la señala.
Con frecuencia, mi teléfono móvil se queja, me dice: "Necesito un respiro", y me hace llevarlo al balneario que, en su caso, es la tienda de reparaciones. Supongo que las aplicaciones, los whatsapps, la ingente cantidad de música que le incorporo, son para él vivencias análogas a nuestros achaques, decepciones, pequeñas alegrías. Son sus "vivencias tecnológicas". 
Y, ahora que no me escucha -lo tengo apagado- tengo que decir que vivo perfectamente sin él. Otra cosa es el móvil vital: ¿cómo vivir sin pasión, sin algo que tire de nosotros? Aquel que no se apasiona es un objeto con forma humana e interior vacío. Voltaire lo afirmaba respecto a la tesis central del Quijote: "A cierta edad, hay que inventarse pasiones para ejercitarse". Es decir, para estar vivos. En mi caso, zambullirme en un buen libro, ver una película que me emocione, pasear por la playa y ver el mar, y su reflejo en los ojos de los perrinos que por allí juegan, una botellina de sidra bien conversada con un amigo (si es amiga, mejor), dejar que el azar me regale momentos inesperados... 
El siempre recordado José Luis Sampedro decía que, llegada una edad, uno se planteaba más "vivir para quién" que "vivir para qué". Supongo que ambas cosas son compatibles. "El quién" - "la quien"- que me apasiona se beneficiará de mis pasiones, espero. 
Marcho a dejar el móvil en la tienda. Elsa Pataky no responde a mis llamadas.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Me duele todo



"El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad", dice Gabriel García Márquez. Si Gabo tiene razón, espero una ancianidad confortable. Para Margarite Yourcenar, "a cierta edad, para todo hombre la vida es una derrota aceptada" (Memorias de Adriano). Seguramente son comentarios emparentados. Lo que nos da la vejez es una colección de achaques, físicos y mentales. Perdemos audición y, sobre todo, capacidad de escucha; necesitamos gafas para cerca, gafas para lejos, gafas para encontrar las gafas. La mirada se vuelve torcida, esto es prejuiciosa. Bebemos cada vez menos y vamos a mear cada vez más; en lugar de interlocutores ("hablar entre"), pretendemos receptores pasivos (alguien dijo una vez que a Felipe González le cambiabas el interlocutor y no se enteraba...).

Nuestra presencia se vuelve difusa para los mayores e invisible para los jóvenes. La dictadura física nos impone virtudes ortopédicas. Nuestros mantras favoritos son: "en mis tiempos", "antes", "en mi juventud". Somos antepasados de nuestros antepasados. En la calle, la rubia de caderas ondulantes nos deja atrás con su ritmo de serpiente escurridiza y, no pudiendo seguirla, nos engañamos parándonos frente al escaparate de la tienda de pimientos morrones, que nos interesan menos que el nombre de los ansiolíticos que consume el logopeda de Rajoy.
Retornamos a la infancia y su catálogo de celos, vulnerabilidad, pretensión desaforada de reafirmación y protagonismo, sin viaje de vuelta, en tanto el tren del mundo continúa su trayecto, indiferente a unos espectadores reumáticos y atribulados. La memoria se va y...¿qué te estaba diciendo?.
Instalados en el otoño/invierno de la vida, "es benigno" son las palabras más bellas que podemos oír, según Woody Allen. Claro que eso lo dice un diplomado en hipocondría, que desayuna un plátano cortado en siete partes, desde que lo hizo por primera vez y no le sucedió nada malo. Una tontería: yo siempre lo corto en cuatro trozos. "¡Qué bien te veo!" no es un elogio, aunque necesitemos asumirlo como tal, sino la constatación de que estamos cerca de quien lo dice.
Una amiga me pregunta: "¿Cómo te encuentras?". "Con un GPS", estoy a punto de responderle. Pero la sinceridad se impone: "Me siento muy bien. Lo malo ye pa levantame".


sábado, 28 de octubre de 2017

Tener o ser


"Repártelo con tu amigo, o te doy dos hostias". Esta frase, pura "pedagogía" de la generosa solidaridad, escuché yo el otro día en el parque. La dirigía una madre a un pitufín de unos tres años.
A principios de los años setenta leía uno al psicólogo social Erich Fromm: "El miedo a la libertad", "Tener o ser"...En este último, Fromm decía que si te empeñabas en que un crío repartiese una manzana con su hermano, el guaje odiaría al hermano, a la manzana y a quien le impusiese el reparto.
Fromm afirmaba que había fases naturales -el egoismo en los primeros años, por ejemplo- que había que pasar, y que estas fases naturales se convertían en patológicas cuando se realizaban a destiempo. Gatear en los primeros meses es natural y necesario para posteriormente caminar. Pero si gateas con veinte años -las salidas extemporáneas de los pubs en algunas madrugadas, no cuentan-, entonces tenemos un problema.
Es decir, Fromm aseguraba que el egoísmo era intrínseco, consustancial a los primeros años. Pero ese egoísmo, instalado en una sociedad adulta, la hacía ser patológica: una sociedad egoísta es una sociedad enferma. 
No hace falta ser muy lúcido para acertar en el diagnóstico del mundo en el que vivimos. Lo malo es que no parece haber laboratorios que generen la medicina adecuada que acabe con la epidemia.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Especular



En uno de los magistrales relatos de Jorge Luis Borges, se puede leer esta frase devastadora: "...los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres". Aunque mis numerosos naufragios nunca me han llevado a la isla Misantropía, vislumbro que la relación del ser humano con el espejo es complicada.
¿Qué vemos cuando nos vemos? Se cuenta que, en China, un campesino marchó a la ciudad para vender su cosecha de arroz, y allí compró un espejo. A su regreso, lo dejó sobre la mesa y salió al campo. Su esposa lo cogió y comenzó a llorar desconsoladamente. Al verla, su madre le preguntó qué le ocurría. "Mi marido me engaña con otra", contestó. "A ver..." dijo su madre mientras cogía el espejo. "No te preocupes: es muy vieja"...
Cuando nos sumergimos en una obra de arte, de alguna manera nos enfrentamos a un espejo, que nos interpela y nos habla de nosotros mismos.
Es curioso que el término "especular" que, entre otras cosas, remite a la actividad medular de este casino global en el que se ha convertido el mundo, nos sirva también para referirnos a aquello que es relativo al espejo. Si algo positivo puede tener la monumental estafa a la que estamos asistiendo es la posibilidad de enfrentarnos, en un espejo virtual, a nuestro sistema de valores, y replantearnos la validez de ciertos dioses que se pretenden inmutables.

Valle Inclán, en "Luces de bohemia", nos habló del esperpento: "Los héroes clásicos reflejados en espejos cóncavos dan el Esperpento". Con el mundo zozobrando en la tormenta capitalista, estrellándose contra obscenos arrecifes financieros, surge la figura de Donald Trump: un personaje de historieta que alcanza la Historia para instalar una plutocracia decadente. Trump no llega de un planeta remoto, de una lejana galaxia: el esperpéntico Trump es nuestra imagen deformada, reflejada en los cóncavos espejos del dinero y del poder. Cada vez que vemos al inmigrante como problema, a la mujer como objeto, al refugiado como peligro, al negro como inferior, en definitiva, al Otro como amenaza -el miedo paga sus peajes-, estamos alimentando un esperpento que no se nutre de héroes clásicos, sino de patanes contemporáneos.

En este tiempo convulso y vertiginoso, ya muy lejos del confortable "Hoy es siempre todavía" machadiano, somos espectadores perplejos de una mediocre obra de teatro, en la que Trump ocupa el centro del escenario. Un protagonista que -lo repito- no es un alienígena.

Aunque, por su peinado, pueda parecerlo.

lunes, 2 de octubre de 2017

Adolescentes


La adolescencia es una fase vital en el ser humano. Vital, en su doble acepción de fundamental y relativa a la vida.
Un terreno fértil que facilita la siembra de influencias de todo tipo. Una época en la que cimentamos la persona que seremos.
El adolescente es un vendaval de generosidad, inseguridad y hormonas. Con frecuencia pretende esconder su inseguridad bajo un entrañable manto de supuestas certezas: está aún lejos de descubrir que los años no le descifrarán los misterios esenciales, que el adulto es otro desvalido que simplemente ha aprendido a relativizar su naufragio, a hacer un pacto honesto con sus dudas, con su ignorancia.
Yo diría que el adolescente privilegia la vista en detrimento del oído: le calan ejemplos y le resbalan sermones.
Hace unos meses, vi una película nórdica, con protagonista adolescente, llena de delicadeza. Se titula "Sparrows". En cuanto a la literatura, cómo no citar a ese clásico de Salinger, "El guardián entre el centeno", lleno de sensibilidad y de frescura.
Compartir momentos, escuchar, comprender, evitar moralizar y, sí, también establecer límites, supongo que serán algunas de las actitudes que los adultos podemos enhebrar para que el adolescente encuentre, en el camino de la vida, su propio paso.
Por mi parte, mi advertencia al adolescente de turno es:"A tu edad, yo... tenía tus años".

sábado, 30 de septiembre de 2017

Ethos, pathos, logos...y Mariano



En la Grecia de Aristóteles, ethos, pathos y logos eran tres instrumentos, tres medios de persuadir al otro, de seducir a la audiencia. Diríamos hoy, coloquialmente, de "vender la moto". Ethos implicaba conmover a los presentes desde la moral, desde la integridad del orador: creer en su decencia. Pathos, desde la emoción, suscitando empatía: compartir sentimiento. Logos, mediante la palabra, a través del razonamiento: convencer con argumentos.

Desde dónde encandila Rajoy a sus feligreses? Veamos. No parece posible que sea desde el ethos: preside el partido más corrupto de Europa. 
Tal vez desde el pathos? Si algo no transmite Mariano es emoción: leyendo el Marca, realizando marcha como un mecano convulso, viendo el Tour en Pontevedra... Es difícil empatizar con alguien cuya característica más notable es la ataraxia, la imperturbabilidad; alguien que, en la mayor catástrofe ambiental de España sólo vio "hilillos de plastilina". Y el logos? La dialéctica de Rajoy se nos presenta, a menudo, como la de un Groucho Marx pasado de albariño: "Es el vecino el que elige al alcalde, y es el alcalde el que elige al vecino...", etc.
La política, hoy en día, cada vez tiene más de publicidad, de eslogans que arrastran a un votante convertido en feligrés, en consumidor, en cliente. El respeto a la inteligencia ciudadana ha huido en la patera de la manipulación mediática. Ética, emoción, razonamiento: helenismos obsoletos.
¿Desde dónde seduce Mariano a sus clientes?: tal vez, desde la mediocridad compartida.

Café, democracia y...¡unos polvos!


En una sesión del Parlamento inglés, una rival política de Churchill le espetó: "Señor Churchill, si fuese su esposa le echaría cianuro en el café". Churchill respondió: "Señora, si usted fuese mi mujer me lo tomaría con gusto".
Para Churchill, la democracia era "el peor de los sistemas políticos, si excluímos a todos los demás". También aseguraba que la devoción por el sistema democrático desaparecía cuando uno charlaba cinco minutos con el votante medio.
Borges, que no prestaba especial atención a las cuestiones políticas -y eso le costó el Nobel de Literatura, con lo que perdió más el Nobel que el escritor- aseguraba que la democracia era simplemente una superstición estadística. Una opinión reaccionaria que convive mal con otra del mismo autor, en la que decía que esperaba que algún día el ser humano no necesitase gobiernos, algo que irradia un optimismo que a su vez se contradice con lo que Borges pone en boca de un personaje de uno de sus magistrales relatos: "El coito y los espejos son abominables, porque reproducen el ser humano" (cito de memoria, o sea con inexactitud). Esto último no lo comparto: soy un náufrago a quien la marea de la vida nunca ha dejado varado en la playa Misantropía.

Paso por delante de una tienda en la que se anuncian "Productos esotéricos". Efectivamente: pasar el agua, curación por el iris, relajación con música de Perales, etc,. Curiosamente, más abajo ponen que se utilizan "polvos exotéricos". Un cambio ortográfico que no sé si se refiere a que los productos que utilizan son extraños, mientras que los polvos son comunes, o si ello se debe a un error en el uso de la ortografía. Sospecho lo segundo: hoy en día, atareados en la lucha por la vida, los polvos suelen ser más esotéricos que exotéricos, más esporádicos que diarios.

En cuanto a la democracia, proclamo solemnemente que soy un súbdito con aspiración a ciudadano que cree en una profunda democracia.

Aunque estoy dispuesto a reconocer que lo de España también puede funcionar. Conciliador que es uno...

miércoles, 22 de marzo de 2017

Woody, Sócrates y una botella de sidra



Voy a ver la última película de Woody Allen, "Café Society". De camino, paso por delante de un gimnasio; veo gente sudorosa, jadeando sobre bicicletas estáticas, cintas rodantes. Pienso que es una metáfora de la vida: un interminable, inútil y absurdo pedaleo sobre algo que no nos lleva a lado alguno. Y, además, hay que pagar...
"Café Society" es una de tantas obras menores de Woody. No obstante, tal como suele estar la cartelera, una de sus obras menores es más interesante que la mayoría de las películas que nos ofrecen las salas comerciales. Su llegada, en las postrimerías del franquismo, supuso un soplo de aire fresco frente al humor casposo y zafio de la época, en muchos casos una sociología de la represión.
Unas pocas de las ocurrencias de Allen me vienen ahora mismo a la memoria:
"Los Ángeles es una ciudad muy limpia: la basura la reciclan y la convierten en programas de televisión".
"Tengo mucho cariño a este reloj: me lo dio mi abuelo en su lecho de muerte. Y a buen precio".
"Cuando tenía trece años, me secuestraron. Mis padres tomaron medidas inmediatamente: alquilaron mi habitación".
"Mi ex mujer era muy infantil. Acostumbraba a ir a mi bañera y hundirme los barquitos".
"¡Mucho tráfico hay hoy¡ ¿Vendría el Papa, o alguna otra figura del espectáculo?"
"Haz conmigo lo que quieras, pero prométeme que cuando llegue el embalsamador no me quite la sonrisa de la cara" (ante Charlize Theron).
En "Café Society" incluye una reflexión de Sócrates: "Una vida no examinada, no merece ser vivida". Particularmente, prefiero el aforismo de Schopenhauer: "Los primeros cuarenta años nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario".
Mi filosofía particular me lleva a corregir el citado pensamiento de Sócrates, en este sentido:
"Una botella no escanciada, no merece ser bebida". De sidra, naturalmente.

viernes, 16 de octubre de 2015

Antes del fin, Ernesto Sabato



Fue en un café de Retiro donde te acercaste a pedir unas monedas y yo te pregunté si querías sentarte. Eras uno de esos tantos que mendigan su inocencia como ángeles excluidos de algún cielo perverso y extraño.Desde luego, no me conocias, y me reconfortó compartir el encuentro. Porque vos, con tu corta edad, llevabas la mirada envejecida por esas atrocidades que, en breve tiempo, realizan en el cuerpo y en el alma la devastación que traen los años.
Cuando en alguna oportunidad me vuelvo al mismo café, te he buscado con el deseo de saludarte. Ya no estabas, pero te descubro en otros chicos cuando, al regresar de noche a casa, los veo hurgar entre las bolsas de basura, hundiendo en la inmundicia sus pequeñas manos, destinadas a los columpios y a las calesitas. Y no sé por qué, entonces pienso en Rimbaud, que en las calles de París se alimentaba con los mendrugos que sacaba de la basura y que dormia en la noche acurrucado en los portales.
Y, encerrado en este viejo estudio, sentado al borde de la cama, vuelvo a ver el dibujito de la casa que me regalaste y que yo supuse que era la casa de tus sueños, con flores, pequeñas ventanas y cortinas...toda esa magia encantadora de los niños que ni la miseria parece borrrar.
He estado escribiendo estas líneas que probablemente nunca leerás. Querría resguardarte de alguna manera. ! Qué horror, el mundo!

miércoles, 24 de junio de 2015

¿Hay alguien ahí?

¿Existe Dios? ¿Y  el más allá?  No sólo eso...¿es un personaje real el logopeda de Rajoy?.
Luis Buñuel, en su amena autobiografía "El último suspiro", afirma que es "ateo gracias a Dios". Tampoco Woody Allen cree en el más allá pero, por si acaso, "siempre anda con una muda limpia" (no se refiere a su pareja). Para el filósofo Nietzsche, es el hombre quien, pretendiendo huir del desamparo -pero, evidentemente, éste es más rápido- ha hecho a Dios a su imagen y semejanza.
Al respecto, es muy conocida la teoría de la tetera, del filósofo y matemático Bertrand Russell, una de las mentes más lúcidas del siglo XX (aún no había nacido Paquirrín). Decía Russell que si él sugiriera que hay una tetera en el Universo, girando alrededor del Sol, nadie podría decirle que no era cierto, siempre que él afirmase que era demasiado pequeña para ser vista. Y que si tal aseveración se publicitase cada domingo, y se inculcase en las mentes de los niños desde las escuelas,  aquel que dudase de ella sería considerado un excéntrico, objeto de psiquiatra o, peor aún, del Tribunal de la Inquisición.
Por mi parte, escéptico/pesimista por naturaleza (y por la nefasta influencia de los espejos, todo sea dicho), confieso que ya me cuesta creer la existencia real de Charlize Theron, como para meterme en otros berenjenales metafísicos. Simplemente, comparto la sensación del poeta César Vallejo: "Nací un día en el que Dios estaba seriamente enfermo".

lunes, 22 de junio de 2015

La nueva religión

Estaba yo merendando un café con suspiros -y con galletas- cuando lo oí: el FMI, Fondo Monetario Internacional  (o tal vez Fábrica Masiva de Indigentes), reclama a España contención salarial, subida del IVA y mayor flexibilidad laboral (de eufemismos, andamos sobrados). ¡Más madera! En la película "Los hermanos Marx en el Oeste", se utiliza la madera de los vagones del tren para alimentar la locomotora. La escena siempre me pareció una mordaz crítica al capitalismo, tal vez involuntaria; o tal vez no: este otro Marx (Groucho)  también era muy listo.
El siglo XXI ha amanecido aportando otra religión más a las ya tradicionales: el Economicismo. A las catedrales, mezquitas, sinagogas...se añade ahora el templo religioso de la posmodernidad: Wall Street (y sucursales). Esta nueva religión, el fundamentalismo económico, promete, como todas, la redención a base de sacrificio; la flagelación, el martirio, como medios de alcanzar un incierto paraíso (el tangible, el fiscal, se lo reservan los popes de este nuevo evangelio). Y su reino, de igual forma, no es de este mundo: las ventajas no se ven por lado alguno.
Tenemos, así, que la antigua Economía, aquella ciencia abstrusa con peligrosa inclinación a considerar a las personas como decimales humanos, se ha transmutado en pura Teología, exigiendo del sufrido feligrés, como siempre, la fe ciega (toma pleonasmo) que en España, naturalmente, desarrollamos en forma de fe "Mariana". Y no olvidemos, con Borges, que la teología es "la perfección de la literatura fantástica".
El discurso/propaganda de la nueva religión global encuentra el campo abonado en todos aquellos sitios en los que las religiones tradicionales han sembrado: halla ahí un humus de culpa, en el que se cotiza el dolor y se estigmatiza el placer, el goce de la vida. El hedonismo, en fin, como temible catecismo pecador que nos arrastra a los infiernos.  La expresión "Por mi grandísima culpa", todo un apogeo masoquista de la culpabilidad, es utilizado por la escuela neoliberal, prolongándolo en  el mantra "vivir por encima de mis posibilidades". Ya en el siglo XVI Étienne de la Boétie habló de ello en su obra "Discurso sobre la servidumbre voluntaria".
Para no salirse del mensaje esperado, se nos dice igualmente que no hay salvación fuera de su doctrina. Pero algunos escépticos, irremediables partidarios de la vida, del ser humano, pensamos todo lo contrario. Algunos radicales incurables somos más partidarios de la mitología griega.
 

miércoles, 3 de junio de 2015

Pérez Reverte, Arturo

Los lectores de poca lectura, aquellos que permanecen estáticos -que no extáticos- en las ciénagas de las listas de libros más vendidos, lo llaman Reverte. No conocen a Javier Reverte, ni mucho menos a Jorge M. Reverte, escritores que, aún siendo menos populares, le dan mil vueltas a Arturo. Basta con leer cualquiera de los libros "viajeros" del primero (pongamos "Corazón de Ulises"), o alguno de los de Jorge sobre la reciente, y tristísima historia de nuestro país (un ejemplo, "La furia y el silencio"), para llegar a la conclusión de que las novelas de Arturo Pérez Reverte son de segunda fila.
Arturo Pérez Reverte avanza por la intrincada selva literaria a golpe de testosterona. Uno ve en él a la cabra de la Legión avanzando, impertérrita (pero, eso sí, marcando el paso ante las autoridades), jaleada por el populacho. Muchas de sus novelas, de capa y espada decimonónica, no son otra cosa que un Alejandro Dumas a quien Arturo le ha hecho un lifting. En ellas vemos mucho soldado español, casquivano pero valiente,  con una honestidad basada en principios inmutables (vamos, los de toda la vida) enfrentado a pérfidos foráneos, cobardes y lameculos. Al cocido literario le echa un poco de corruptelas de los que mandan; como Cid Campeador, Arturo proclama "qué buen vasallo si hubiese buen señor".
En su faceta opinante como columnista/tertuliano, Pérez Reverte es un moralista justiciero escandalizado por la incultura y corrupción del país en el que vive. Ahí introduce mucho exabrupto, calculado para fabricar esa imagen rompedora, ese personaje prefabricado que dice las verdades al lucero del alba (sobre todo si da réditos la nocturnidad). El taco, que oportunamente puede perseguir  una frase, perfilándola, dándole brillo, se transmuta aquí de complemento en protagonista: primero se suelta el "gilipollas "(un suponer) de turno, y luego ya se verá con qué palabras lo arropamos.
En definitiva, Arturo Pérez Reverte me resulta, como escritor, un autor de novelas prescindibles, y como personaje todo un engaño (un "montaje" diríamos en estos tiempos) muy oportuno para la simple visceralidad de aquellos que "lo tienen todo muy claro". ¡Qué lejos estoy yo, pescador de sueños en un mar de dudas!.

viernes, 29 de mayo de 2015

Erostratismo

Eróstrato fue un pastor de la antigüedad que para conseguir fama, para que se hablara de él, incendió el templo de la diosa Artemisa (o Diana); estamos hablando del año trescientos y pico antes de Cristo. Las autoridades de aquel tiempo prohibieron, bajo pena de muerte, que se le citara públicamente. Han pasado un montón de siglos: ha habido guerras de religión, guerras económicas (todas), inventos, supersticiones y hallazgos científicos, revoluciones y contrarreformas...incluso ha dado tiempo a que Leticia Sabater recupere la virginidad. Pero, dicho con la contundencia de Arturo Pérez Reverte -un autor a quien siempre relaciono con la cabra de la Legión-, la gente sigue perdiendo el culo por cinco minutos de fama. Y no me refiero a la fama como negocio comercial, como proyecto de vida (Paquirrines, Belenesestebanes y demás fauna), sino que hablo de aquella persona de la calle que se transmuta en friki delirante, ante el bochorno de sus allegados, con tal de que la tele de turno rellene unos minutos vacíos, destinados al contenedor donde habitan los vídeos vergonzosos.
No sé si la ley ofrece amparo a los familiares más cercanos de estos sujetos: ciertas compensaciones económicas, el derecho a renunciar a la relación de parentesco, la protección ante el saludo callejero del susodicho...De no ser así, algo habría que hacer...
El tema del erostratismo debería de ser tenido muy en cuenta desde los medios de comunicación; pienso ahora en el reciente asunto del piloto que decidió suicidarse haciéndose acompañar del resto de la tripulación del avión. Un suicidio bien alejado del anonimato que otros desesperados escogen para poner fin a su vida: tal vez la idea de viajar al más allá en grupo, y con ello hacerse famoso (aunque sea una especie de fama póstuma), resulte tentadora en la intrincada mente de algunos sujetos. El derecho a (y la obligación de)  informar, debería separarse escrupulosamente del amarillismo con el que suelen  tratarse estos casos, en los que, en la búsqueda de la audiencia a cualquier precio, se manipula la primaria visceralidad de la manera más zafia.

lunes, 6 de abril de 2015

Vespasiano y las bragas de Belén Esteban

Hace unos días se realizó una encuesta, preguntando a la gente su opinión sobre la PPR introducida por el Gobierno (prisión permanente renovable, no confundir con Partido Popular Radical), un eufemismo -otro más- para no llamar a las cosas por su nombre: en este caso, cadena perpetua. El resultado fue de más de un setenta por ciento favorable a su aplicación. No hay como tocar las vísceras del personal para que su visión se transforme de justa en justiciera: ¿Y aquellos que firman, en un despacho, la sentencia de muerte para cientos de miles de inocentes, porque en su país hay petróleo? Estadistas con PPR (pensión perpetua renovable): conferencias, firma de libros, asesoría de multinacionales.
 Pero lo curioso fue que cuando, al echar números y saber a cuánto ascendía el gasto de mantener tantos años en la cárcel a los delincuentes, la opinión cambió de forma radical: poco más del treinta por ciento estaba de acuerdo con un castigo tan "desmesurado". La economía, el vital metal, de bastardo inquilino en el edificio de la justicia.

Hoy mismo, leo en el periódico la polémica levantada en algunos estados de EE.UU. acerca de leyes que marginan al mundo homosexual (sí, en EE.UU., en el año 2015). Gente que por una suerte -que en el fondo es desgracia- de objeción de conciencia, se niegan a vender productos a gays y lesbianas, o incluso a admitirlos en sus establecimientos, aduciendo motivos éticos o religiosos. Que conste que los religiosos los entiendo. Al fin y al cabo, las religiones son lo que son (esta frase es digna de Mariano Rajoy). Lo mejor del asunto es que las quejas ante este atropello a la dignidad  del colectivo homosexual han surgido desde las agrupaciones de grandes empresarios, unos gremios, en  principio, poco afines a sus reivindicaciones. ¿Cuál es el motivo de esta inesperada solidaridad?: una vez más, la pasta, el dinero. No son pocos los homosexuales con profesiones liberales, de alta capacidad adquisitiva, que resultan una clientela muy apetecible para cualquier empresario.

Abundan las personas para quienes la discreción, la defensa de la intimidad, de la vida privada, es esencial. Nada que objetar. Lo curioso es que muchas de ellas sigan programas de televisión vomitivos, verdaderas orgías del exhibicionismo más obsceno -pongamos que hablo de"Sálvame deLuis"-, con la regularidad con la que Cristiano Ronaldo se mira en el espejo. Para saber de qué va el asunto, vi uno de esos engendros, hace un par de meses. En él, Belén Esteban, al grito de que a ella nadie la llamaba "cerda", agitó unas bragas delante de la cámara, diciendo que ella las tenía más limpias que nadie. Cuando lo comento con sus admiradores, tan celosos ellos de la privacidad, su argumento es elemental: la susodicha gana en un mes lo que un mileurista (hoy en día, un potentado) en veinte años.  De nuevo, el dinero como patente de corso para justificar comportamientos.

El emperador Vespasiano, en la antigua Roma -yo no estaba-, decidió imponer una tasa a la orina que se vertía en las letrinas. Cuando su hijo Tito le recriminó este impuesto, y el origen nauseabundo del dinero recaudado, su padre le dio a oler una moneda de oro, y le preguntó si le molestaba su olor. Al responderle Tito que no, Vespasiano le recordó de dónde procedía. A esa anécdota se atribuye la frase latina "Pecunia non olet": "El dinero no huele". 
Lo que no estoy seguro es de que a Vespasiano no le oliesen las bragas de Belén Esteban.